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De la sexualidad de Rocío Jurado a los vaivenes de Carmina: lo que Mariñas se dejó en el tintero

Se llevó con él muchos secretos que no podrían publicarse sin pasar por el juzgado. Contaba mucho pero se callaba más

Jesús Mariñas
Jesús Mariñas FOTO: Archivo jesús mariñas

El de la lengua afilada y el verbo arpío, el señor de los sinónimos, el hombre que siempre estaba ahí por lo que pudiera pasar para luego contarlo, el perenne gobernante de la prensa rosa, Jesús Mariñas, se nos fue esta semana cuando todavía guardaba en su cabeza tantos comentarios cabrones como noticias sin publicar. Cuando empecé a colaborar con él para que escribiera sus memorias («Jesús por Mariñas, La Esfera de los libros) fue el verano prepandémico. Tras el encierro, sin fiestas a las que criticar, sin ningún teatro para merodear -Mariñas era un magnífico «voyeur» de camerinos- Jesús bajó un peldaño hacia el final que esperaba y al que de vez en cuando se enfrentaba entero, aunque a veces, le provocaba tanto miedo como mala leche. Un día fue a una revisión médica. Le hacían preguntas inoportunas para él, como si se acordaba del día en que vivía. «Es miércoles». «No, es jueves», le dijo el doctor. «Pues qué más da que sea miércoles o jueves», espetó el periodista. A aquellas memorias le faltaban páginas. «Tendremos que hacer una segunda parte» decía, a sabiendas de que si para la primera fue remolón, la segunda nunca vería la luz.

Él mismo censuraba historias por respeto a las querellas -había tenido unas pocas-, en otras ocasiones se lee entre líneas para el que sepa interpretarlas, y otras fueron desechadas por los abogados de la editorial que miraron con lupa cada frase.

Album particular de Jesús Mariñas
Album particular de Jesús Mariñas FOTO: Jesús Mariñas Jesús Mariñas

De Carmina, del que fue íntimo amigo, habló mucho desde su sofá y escribió poco porque una demanda que había ganado Fran Rivera no se lo permitía. Con quién se veía en la corte de Marrakech, por ejemplo, donde reinaba su belleza, y la rivalidad que en un momento tuvo con Lolita, la misma que ha confesado a Calleja con espontaneidad su gustito, el de Lolita, por la cocaína. Conservo esas grabaciones, que nunca oirá nadie, como el mejor legado de un difunto al que admiraba, más por lo que tenía que contar de él mismo que por los chismes con los que se vestía. Hablaba de la identidad del amante de una de sus grandes divas, Nati Mistral, junto a Montserrat Caballé, «que parecía tonta», pero... en tiempos tuvo cuerpo de bailarina; Sara Montiel -la enamorada del amor-, la mujer cuyos hijos no la merecían, y Rocío Jurado. De esa familia, inmersa en la crónica social de hoy casi como fenómeno sociológico, lo sabía todo. Qué hubo entre Encarna y Rocío. Qué hacía Ortega Cano cuando abandonaba la casa de la más grande. Qué escondían (o no) Rocío Carrasco y Antonio David Flores con los que coincidió en un memorable y descacharrante viaje a Nueva York cuando la cantante ya se había casado con el protector torero.

Algún político de corazón putero y buena parte de la alta burguesía de Barcelona, (la que rodeaba a Samaranch y Bibi Salisachs y el conde de Lacambra, entre otros) donde despegó su carrera y vivió treinta años, debería presignarse mirando al cielo porque su lengua ya es ceniza. Las señoras que presumían de las amantes de sus maridos en la platea del Liceo. Como cierta marquesa de Madrid que bebía los vientos por Plácido Domingo.

Album particular de Jesús Mariñas
Album particular de Jesús Mariñas FOTO: Jesús Mariñas Jesús Mariñas

La Casa Real

En los años de Marbella, donde recibió el puñetazo de Camilo José Cela, vio cómo se desarrollaban leyendas en bañador que hoy tal vez no quieran recordar su pasado. La madre de Carmen Cervera, antes de ser baronesa Thyssen, tuvo su momento de gloria. Y de ahí a los entresijos de la portada en la que compartieron cama Mar Flores con el conde Lecquio. De la que Mariñas tenía una versión diferente a la que sostiene con vehemencia en televisión Kiko Matamoros. O un viaje de misses, lejos, muy lejos, a las que pillaron con algo más que exceso de equipaje. También podríamos preguntarnos para qué le llamaba Don Juan Carlos (a quién siempre fue leal) además de para estar al tanto de la calle, que decía Jesús. ¿Tenía el periodista información privilegiada sobre lo que se hacía y deshacía en la Casa Real? Los viajes a Londres de Doña Sofía, por ejemplo.

«Nunca he recurrido al ‘según se dice’. Yo afirmaba, Si no tenía esa seguridad, no lo contaba o no lo comentaba. Y eso me causaba muchos problemas», afirmaba Mariñas en el templo funerario de su casa, rodeado de los retratos de todas sus divas. Mariñas contaba mucho, pero se callaba más.

Isidro y Elio, los dos amores de un corazón acelerado

«Hace más de un año volví a Sitges. Los dueños de un restaurante me advirtieron: ‘Isidro está en una residencia’». Fui a verlo y sentí una muerte anticipada. Aquella visión del que fue mi amante en la decadencia de su días me clavó un estoque» . Así relataba Mariñas la impresión que le produjo ver por última vez, al que fue su amante de juventud durante dieciséis años en Barcelona. Continúa Mariñas: «Un día fue guapo: tenía un cierto parecido a Gilbert Bécaud. Lo recuerdo con gozo y con dolo. estaba tan mal que cuando volví po allí, no me atreví a ir a verle, tan grande fue el impacto». Isidro tenía catorce años más que Jesús. Llevaba la librería «Novecents» en la plaza de San Jaime y viajaba con frecuencia para encontrar libros de viejo. Con él empezó a viajar al extranjero, cada verano se escapaban a Saint-Tropez, en un Simca 100 granate, en la época en la que en la Costa Azul se podían encontrar con Jeanne Moureau, Roman Polanski o Brigitte Bardot. No llegaron a vivir juntos. Jesús solo compartió techo con Elio al que conoció una noche en la Gran Vía mientras paseaba precisamente con Isidro que había ido a Madrid a la Feria del Libro Antiguo en Recoletos. Casualidades de la vida. El antiguo amante y el que sería el nuevo se llegan a conocer. «Con Isidro -recordaba Mariñas-era yo el joven que se comía el mundo y ahora me había convertido en el hombre que toma el relevo para pasárselo a Elio, como si así estuviera escrito».

Sin Elio no podría entenderse la trayectoria última de Mariñas, fue su gran apoyo y el mejor guardián de sus secretos. Elio venía de Venezuela y al final encontró en Madrid su destino. Lo contaba con tanta gracia, como casi todo lo que relata, que a veces uno no sabe si es la realidad la que habla con acento vaporoso o vamos de hipérbole en hipérbole. En aquellos días había saltado el escándalo de Marta Chávarri, que fue fotografiada sin ropa interior, y Jesús trabajaba en la Cope, donde Elio conoció a Federico Jiménez Losantos. Desde entonces se tienen admiración mutua.

Según Elio, Jesús era «tremedoooo», desaparecía de casa, le llegaban facturas o demandas y no se enteraba. Elio vino a poner orden y desorden a la vez en una relación poliamaorosa, que dicen ahora los cursis que inventan palabros «cool». Dos meses después de aquel encuentro en la Gran Vía empezaron a verse en el apartamento donde vivía Jesús en la calle Castelló y desde allí hasta la casa de Ópera y la de Callao, sus últimas moradas, hasta hace unas semanas. Se casaron el 18 de julio de 2016. «Me he casado porque se lo debía a Elio», declaró Mariñas a «Diez minutos». Ha sido el hombre que le cuidó hasta el último minuto y que aguantó, sabiendo que no había vuelta atrás. Hasta la mesilla del hospital se llevó su figura de San Francisco Javier. Igual lo encontramos delgado, con barba luenga, de profeta en Goa, malmetiendo con la jerarquía.