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Arancha

Tiempo de lectura 4 min.

06 de febrero de 2012. 21:25h

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7/2/2012

Arancha Sánchez Vicario fue nuestra heroína durante dos décadas. Hizo por el tenis femenino español lo que Manolo Santana por el tenis en general. Tuvo la suerte de coincidir con Conchita Martínez, otra gran tenista. Arancha, que en sus tiempos de deportista en activo no estaba tan estilizada como ahora, le ganó nada menos que a Steffi Graf su primera final del «Roland Garros». Ganó más grandes torneos, y su mejor partido, en la que fue derrotada por la misma alemana, lo disputó en Wimbledon, una final portentosa.

Arancha siempre cayó simpática. Su coraje, su fuerza, su clase y su familia. La creíamos acompañada, y al cabo de los años, hemos sabido que esa agobiante compañía familiar era una vigilancia del negocio. El negocio era ella, pero lo administraban otros. El padre parecía un hombre discreto y reservado, y su madre, doña Marisa, una fiel compañera de su hija por todas las ciudades del mundo. Un castillo de arena. Ahora Arancha nos revela en un libro que está en la ruina, y que los, aproximadamente cincuenta millones de euros que ganó honesta y bravamente en las pistas de tenis durante diecisiete años, han volado. Que no se habla con su familia, la causante de su ruina, y que está perseguida por deudas oficiales y particulares.

Cincuenta millones de euros son, más o menos, ocho mil quinientos millones de pesetas. ¿Dónde han ido a parar? Se sabe de administradores que juegan con el dinero de sus administrados y los limpian sin misericordia. Pero en el caso de Arancha, la tragedia se agiganta. Han sido los suyos, los más cercanos, los encargados de arruinarla mientras ella se vaciaba en las canchas de tenis y a ella, sólo a ella, le llovían las ofertas y los derechos de las marcas publicitarias. Es decir, que doña Marisa y su esposo no se alegraban de sus triunfos como tales, sino como medios que les proporcionaban los premios económicos que su hija, con su sacrificio y genialidad, ganaba en las pistas. Arancha tenía diecisiete años cuando empezó a ganar millonadas, y era menor de edad, y a eso se le puede calificar de explotación de menores. Pero no se centra ahí mi tristeza. Que unos padres administren el dinero de sus hijos nada tiene de extraño. Que se queden con el dinero de sus hijos, resulta más chocante. Que arruinen a sus hijos, es pavoroso. Que dejen a sus hijos arruinados en manos de Hacienda, de los acreedores y del cobrador del frac, se me antoja devastador. Y que más de ocho mil millones de pesetas, conseguidos honradamente por una deportista de la élite, se volatilicen, me suena a insoportable. Se criticó mucho a Arancha cuando ésta fijó su residencia en Andorra. También, según Arancha nos relata, fue idea de sus padres.

A mí, personalmente, que Arancha haya ganado ese dineral haciéndonos disfrutar con su tenis y sus victorias, me parece de perlas. Pero que ese dineral se lo hayan quedado, según Arancha, sus padres, aquellos que veíamos como una pareja ejemplar y algo pesada acompañando a su hija, me produce arcadas.

Me figuro que algo les quedará de esos cincuenta millones de euros. Es mucho dinero para perderlo en su totalidad. Ya es hora de que devuelvan las migajas del enorme pan a quien les alimentó y los sostuvo con su sacrificio personal.

Si tengo que ser sincero, siempre confié más en el padre que en la madre, tan ploma y absorbente. Pero según se desprende del relato de Arancha, tanto montaron la una como el otro. Esta mujer no merece pasar por tan larga angustia. Esa angustia hay que trasladársela a papi y mami. Inmediatamente.

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