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Una biografía de María Jesús González describe la trayectoria intelectual del hispanista, su ascenso social y el Oxford en el que se desenvolvió

Vida íntima del curioso Raymond Carr

Raymond Carr no era todavía Raymond Carr, sino «el Carr», en abstracto, un grueso manual, usado y subrayado por sucesivos alumnos, que había por triplicado en los anaqueles correspondientes de la biblioteca de Humanidades de la facultad de Historia.

  • Raymond Carr
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    Raymond Carr
Madrid.

Tiempo de lectura 5 min.

08 de diciembre de 2010. 22:17h

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Madrid. 8/12/2010

Uno de esos nombres que, junto al de autores, como Ernst H. Gombrich, John Elliott, Lévi-Strauss o Hugh Thomas, fueron formando una mitología de maestros lejanos, inalcanzables para la mayoría de licenciados, destinada a abrir a los alumnos los diferentes paisajes del hombre y de su pasado. El azar ofrece de vez en cuando oportunidades y alguno de esos estudiantes tuvo la oportunidad de poner a «el Carr» la definición de un rostro y una complexión precisa, determinada.

En una habitación amplia, estrecha por el acopio innecesario de sillas y mesas bajas, el escritor se reveló como un hombre alto, espigado, de espalda algo vencida, pelo blanco y echado hacia atrás, que vestía un traje muy «british», un traje a rayas algo grande, un poco descuidado, que añadía centímetros a la estatura y adelgazaba aún más su figura. No paraba de fumar, hablar y sacudirse una impertinente ceniza que no cesaba de caerle sobre la ropa, mientras respondía las preguntas con inteligencia, un poso de ironía y simulaba una distracción que no lo era.

María Jesús González, profesora de Historia Contemporánea en la Universidad de Cantabria, nos trae ahora el retrato biográfico de este particular hispanista, uno de los más sobresalientes del siglo XX, en «Raymond Carr. La curiosidad del zorro» (Galaxia Gutenberg).

Una semblanza exacta, pegada al detalle y al contexto, que traza el recorrido vital de este intelectual y de su inusual ascenso de hijo de profesor de escuela secundaria (criado en un paisaje rural con nombres propios –Winfrith, Washford y Wooton–) a «warden» (rector) del College de St. Antony's y, más tarde, a Sir. «Provenía de una rama humilde, de una clase media/baja. Consiguió llegar a Oxford (y a su college más aristocrático), moverse con naturalidad en los ambientes de la alta sociedad, casarse con una Strickland descendiente de los Wyndham y los Charteris, y codearse con lords y ladies. Es algo  excepcional en la Inglaterra de entonces, que tenía el sistema más clasista y rígido de Europa», comenta la autora.

Una dieta «espantosa»

El intelectual, viajero, académico, explorador de la vida y de la historia, como lo define Paul Preston en el prólogo, nació el 11 de abril de 1919. Desde niño estuvo acostumbrado a las lecturas religiosas y jamás en su vida ha sentido arrepentimiento por esa defección de clase que protagonizó. Y aporta una razón comprensible, humorística, muy Wodehouse: «Fue la comida, la dieta era espantosa. Pobre, monótona y mal cocinada». Suficiente.

Lo cierto es que para que nadie lo observara como un «alien» en aquel Oxford de los años 30, el joven Carr tuvo que aprender el acento que le permitiría pasar desapercibido entre la aristocracia repitiendo la elocución «how, now, brown, cow» para practicar sus vocales. «Logró integrarse no sólo por su inteligencia. Se levantaba todos los días entre las cinco y las seis de la mañana y luego se incorporaba a la vida social como si no hubiera hecho antes nada. Hay que entender que no era el Oxford de hoy, en el que prima la excelencia investigadora.

Entonces Oxford era, por una parte, una especie de "guardería" de las élites y por otra una universidad de altísima calidad docente. En esos años primaba el conocimiento de humanidades (frente a la ciencia), y la docencia frente a la investigación. Era más importante enseñar o escribir un libro que hacer una tesis. Pero, sobre todo, era fundamental relacionarse bien», asegura María Jesús González, que describe con viveza ese mundo elitista y universitario, que aún sobrevive, prendido de clichés y estereotipos literarios, en nuestras conciencias.

Su paso por Francia le alejó de ideales revolucionarios y su estancia en una Alemania que se abría paso hacia el futuro con paso de oca, del totalitarismo. Pero, en ambos casos, Carr supo desenvolverse sin despertar recelo en esos ambientes antagónicos. «Va del Burdeos rojo al Friburgo nazi y en ambas ciudades se mezcla y se desenvuelve bien. Eso explica también que fuera capaz de salir de un medio pobre y rural y adaptarse a un ambiente aristocrático».

El accidente
En su juventud conoció a una chica sueca que le llevó a involucrarse en la historia de Suecia. Esa anécdota le sirvió para ilustrar el papel del «accidente» con el que explicaría sus motivaciones investigadoras y que también aplicaría a sus estudios. Algo similar le sucedió con España. Después de su casual viaje de novios a Torremolinos, cuando todavía no era este Torremolinos, y la negativa de  Gerald Brenan (con el que no tuvo un agradable encuentro) a escribir   sobre España, Carr se propuso  para esa tarea. «Este país le fascinó. El contraste entre la España del imperio que le habían enseñado en el colegio y la decadencia socioeconómica y hasta intelectual, junto a la contienda de 1936, son claves esenciales. Este país estaba en ese momento no sólo empobrecido y traumatizado, sino que era un campo historiográficamente virgen que carecía de estudios neutrales. Él dio una visión global desde el siglo XIX hasta la Guerra Civil. Su obra es muy importante para comprender nuestra historia.

El franquismo estaba en su apogeo. Los españoles no podían consultar los archivos ni publicar determinados asuntos. En cambio, un inglés de clase alta, bien relacionado y que hablaba español no tuvo problemas para acceder a la información. Además, era brillante, conocía las herramientas metodológicas y le sobraban dotes para examinar la documentación. A eso hay que añadir su capacidad narrativa, que le permitió llegar y ser entendido por un amplio público», comenta María Jesús González.

Una España real
Pero Carr no es sólo eso, como ella misma aclara: «Antes que él estuvieron aquí Ford y Brenan, entre otros. Daban esa imagen más romántica, de un pueblo sano y un gobierno "podrido"... Carr no es un romántico. No es un enamorado de España. Viene a nuestro país porque le interesa su historia. Es  más científico que sus antecesores. Se fija en las estadísticas, en las vías ferroviarias... rompe con los estereotipos. Estudia a España como se estudiaba a otros países, como una nación europea más. Saca a España de esa excepcionalidad de país diferente. Eso es una de las grandes ideas que aporta, junto a la capacidad de analizarla desde su desapasionamiento y sus pretensiones de neutralidad. La trata desde la atalaya del conocimiento. Por eso sus obras gustaban al conservador Ricardo de la Cierva y al marxista Tuñón de Lara. Es una historia basada en unos raíles de "verdad".

Luego, cada uno, según su ideología, escogía lo que le interesaba. Nadie había dado una visión tan orgánica de este país recurriendo a la sociedad, la política y la cultura».

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