Las víctimas invisibilizadas de Evo Morales

Las tiranías socialistas versus las tiranías conservadoras en Iberoamérica

La impunidad con la que actúa una corriente ideológica asociada a la izquierda marxista en relación con cualquier alternativa democrática, es algo que merece ser estudiado con miras a solventar una de las discriminaciones más injustas que puedan existir, la del sufrimiento humano. Porque al no haber condena a las tiranías socialistas, sus víctimas quedan ya no solo indefensas, sino también invisibilizadas.

Para un latinoamericano basta con revisar las diferencias en el tratamiento de la opinión pública mundial que han tenido las dictaduras de Pinochet en Chile y la de Castro en Cuba, a pesar de que la primera ya se superó y se juzgó mientras que la segunda sigue vigente. El problema es que al no ser catalogado el régimen castrista como lo que es, una dictadura absolutista de pensamiento único de más de medio siglo, sus víctimas quedan condenadas al olvido. Y peor aún, esa impunidad ha generado la proliferación de otros regímenes que con la misma franquicia someten hoy a otros pueblos.

En su obra “El Conocimiento Inútil” Jean-François Revel a finales del siglo pasado reflexiona sobre “cómo y por qué una civilización nacida del conocimiento y que depende del mismo se ensaña en combatirlo o en abstenerse de utilizarlo”, llegando a conclusiones contundentes que estamos obligados a revisar hoy. Resumo a continuación algunos de los argumentos del ensayista francés: “Las democracias en el siglo XX han sido amenazadas en su existencia por dos enemigos totalitarios, decididos, por doctrina y por interés, a hacerlas desaparecer: el nazismo y el comunismo. Han conseguido deshacerse del primero, al precio de una guerra mundial. El segundo subsiste. No cesa, desde 1945, de aumentar su poderío y de ampliar su imperio. En los países democráticos se han negado durante mucho tiempo a ver en el comunismo un totalitarismo. Según esa visión de las cosas, el totalitarismo no subsiste más que en su versión fascista, sostenida y favorecida por el «imperialismo», el cual no puede ser más que norteamericano. ¿Amigos del Tercer Mundo o amigos de los tiranos del Tercer Mundo? Es curioso que los sufrimientos de los pueblos pobres no susciten indignación más que cuando pueden ser imputados a Occidente. Antiguas colonias han sido sustraídas a la dominación extranjera para caer bajo la de tiranos surgidos de sus propios pueblos, y cuyas crueldades y rapiñas parecen, por este hecho, legitimadas por la independencia. No veo, pues, que haya sido superado el prejuicio que concede a los regímenes definidos, en pura teoría, como progresistas, una inmunidad especial, que les dispensa, a la vez, de la democracia, del respeto de los derechos del hombre y de asegurar la subsistencia de sus súbditos”.

Esa “inmunidad especial” puede constatarse hoy por ejemplo con el caso de la corrupción. Mientras que Pedro Pablo Kuczynski tuvo que renunciar a la presidencia de Perú bajo la condena de la opinión pública mundial (incluyendo la del Santo Padre que denunció la corrupción en su visita a ese país) por estar involucrado en el famoso caso de Odebrecht sin que a nadie le importe ahora su reclusión preventiva, la libertad del ex presidente de Brasil Lula da Silva se ha convertido en un clamor entre los líderes socialistas de los países más civilizados, a pesar de ser éste el principal protagonista de la misma trama de corrupción que no sería tolerada en ninguna de esas democracias avanzadas. Del mismo modo que solo se condena una tiranía solo si no es de izquierdas, también los corrupción se condena de un solo lado del espectro ideológico, entendiendo además que todo lo que no es socialismo es de “derechas” y por tanto sospechoso de fascismo.

Por eso es que cuando Hugo Chávez cambió la Constitución de forma fraudulenta dos veces para perpetuar su mandato, nadie de la intelectualidad occidental advirtió que la reelección indefinida en un régimen presidencialista de instituciones débiles era el comienzo del fin de la democracia. Pero no solo obviaron el dato objetivo y todos los tratados sobre los límites del poder existentes, sino que tampoco hubo aprendizaje cuando Venezuela devino en la tragedia que es hoy. Al contrario, se avalaron todas las imitaciones que se dieron en la región al punto que la ONU llegó a decir que la reelección indefinida de Evo Morales en Bolivia era un “derecho humano”, a pesar de que la Constitución de su país lo prohíbe y perdió el referéndum popular sobre el tema.

Por eso Evo Morales pudo inscribir su candidatura para un cuarto mandato consecutivo intentando luego perpetrar un fraude descarado comprobado por la OEA en auditoría, que generó una auténtica rebelión popular en nombre de la democracia. No faltará ahora quien diga que se trata de un golpe de Estado contra Evo, en vez de condenar su pretensión totalitaria y su fraude continuado. ¿Con qué derecho Evo Morales, los Castro, Daniel Ortega, Chávez y Nicolás Maduro, gobiernan de forma vitalicia y sin límites institucionales sus países? ¿Qué pasaría si Donald Trump, Sebastián Piñera o Iván Duque alegaran ese mismo derecho luego de acabar con la separación de poderes en sus respectivas naciones?

Pero así como según la tesis de Revel, ha sido inútil el conocimiento sobre el modelo democrático liberal que no deja lugar a dudas que las libertades ciudadanas y la igualdad ante la ley sólo pueden ser garantizadas por un Estado de derecho constitucional donde se limite el poder en ámbito, tiempo y potencia; también es en vano el sufrimiento de los pueblos que padecen estas tiranías no condenadas en la opinión pública, pasando desapercibida muchas veces su lucha por la libertad.

Ahora que se celebran los treinta años de la caída del muro de Berlín y vuelven a oírse las historias sobre las más inauditas formas de pasar del lado del comunismo al lado de la libertad, dejando un saldo de muertos y detenidos, es oportuno que se reivindique la épica de los pueblos de América Latina que se resisten a vivir bajo el mismo depositamos estalinista que se superó hace décadas en Europa.

El éxodo cubano y más reciente el venezolano contienen un sinfín de historias de sacrificios y dolor humano que demuestran la valoración de esos pueblos sobre la libertad y la democracia. Igualmente son innumerables las marchas pacíficas y masivas, así como los miles de presos políticos y perseguidos, que han dejado las resistencias contra las tiranías de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia que suman juntas más de un siglo, en medio de una escandalosa complicidad mundial. Es hora de que caiga el “muro de La Habana” y que se le conceda a los países latinoamericanos el mismo derecho de su madre Europa a vivir en democracias pluralistas con alternancia en el poder y vigencia plena de los derechos humanos y las libertades civiles.

Termino con Revel: “Hoy, como antaño, el enemigo del hombre está dentro de él. Pero ya no es el mismo: antaño era la ignorancia, hoy es la mentira”.