Johnson se enfrenta a la hercúlea tarea de completar el Brexit y aplacar a Escocia

Con 365 escaños, logra el triunfo conservador más holgado desde Thatcher para salir de la UE. Los «tories» se apoderan de feudos históricos de la izquierda en el norte y centro de Inglaterra. La subida de los separatistas escoceses reaviva la amenaza sobre la integridad territorial

Boris Johnson cumplió su sueño. El líder populista de ambición sin límites que soñaba con ser primer ministro desde los años escolares, donde su verborrea le permitía improvisar al mismísimo Shakespeaker, ha conseguido la ansiada mayoría absoluta que necesitaba para ejecutar el Brexit para el 31 de enero, llevando al Partido Conservador a un triunfo que no se vivía desde los tiempos de Margaret Thatcher en 1987. La Dama de Hierro, por cierto, adoraba sus crónicas desde Bruselas, donde el excéntrico político estuvo trabajando como corresponsal para el The Telegraph.

Aterrizó en ese rotativo después de haber sido despedido del The Times por inventarse una cita. Posteriormente también fue suspendido durante una época de las filas tories por mentir sobre sus relaciones extramatrimoniales (en Wikipedia llegan a poner entre signos de interrogación el número de hijos que tiene). En definitiva, se puede decir que el inquilino de Downing Street tiene una tormentosa relación con la verdad que ya quedó en evidencia cuando se convirtió en estrella de la campaña del referéndum del Brexit en 2016, cuando abogó por la causa euroescéptica más por impulsar su liderazgo que por convicción.

El tory tiene una personalidad que despierta tantas filias como fobias. Pero, gracias o a pesar de ella, ha arrasado en los comicios que los británicos celebraron el jueves cuyos resultados no se supieron hasta ayer por la mañana. En una declaración ante las puertas del Número 10, el premier se comprometió ayer a trabajar “como amigos e iguales en soberanía” con la UE para “construir una nueva relación” en 2020.

De los 650 distritos que estaban en juego, los conservadores consiguieron 365 escaños (+47 respecto a 2017) frente a los 203 (-59) de los laboristas de Jeremy Corbyn, quienes cosecharon los peores resultados en más de 80 años. Y el batacazo fue doblemente doloroso, porque en la recta final de la campaña, las encuestas les llegaron a recortar mucho las distancias con los conservadores, vaticinando incluso un Parlamento sin mayorías. Nada más lejos de la realidad.

En estos comicios, donde la participación fue del 67,23% (menor que el 68,7% registrado hace dos años), Johnson no ha logrado porcentualmente muchos más votos de los que obtuvo Theresa May en 2017, cuando fue humillada al perder la mayoría absoluta (43,6% frente al 42,4%). Pero la clave ha estado en la caída sin red de la oposición, tremendamente significativa en el conocido como “muro rojo”.

De las cerca de 50 circunscripciones que hasta ahora habían sido bastiones laboristas, solo un puñado permanecieron fieles. Otras como Blyth Valley, que habían votado por laboristas desde su creación en 1950, abandonaron a Corbyn al sentirse traicionadas por su ambigüedad respecto a la UE y su promesa de un nuevo referéndum.

El mayor reto al que el primer ministro tendrá ahora que hacer frente es al desafío soberanista, tanto en Escocia como en Irlanda del Norte. Porque si los separatistas de Nicola Sturgeon han conseguido 48 de los 59 escaños reservados a Escocia en Westminster, los partidos nacionalistas católicos de Irlanda del Norte (aquellos que abogan por la reunificación con la República de Irlanda) han logrado, por primera vez, más asientos que los unionistas protestantes.

La ministra principal escocesa afirmó ayer que los resultados “refuerzan” su reivindicación de un segundo referéndum independentista, entre otras cuestiones porque considera que Johnson no tiene “mandato” en Escocia. En este sentido, anunció que tan pronto como la próxima semana se pondrá a trabajar en su hoja de ruta. “No es una petición al Gobierno central, es una ejecución de nuestros derechos y Johnson no puede interponerse en nuestro camino”, recalcó.

La victoria del SNP al norte de la frontera llegó hasta tal punto que arrebataron el escaño a la líder de los liberal demócratas, Jo Swinson. La que hace tan sólo dos meses fuera presentada como la heroína de la causa pro UE y la verdadera amenaza para el premier tan sólo acabó con 11 asientos de Westminster difuminando prácticamente del mapa a la formación que prometía revocar el Brexit sin tan siquiera celebrar un nuevo plebiscito.

Lo cierto es que, después de más de tres años con los ministerios prácticamente paralizados por el protagonismo absoluto de las negociaciones de divorcio con Bruselas, los británicos han dejado claro que quieren pasar página.

El Reino Unido abandonará por tanto el bloque en enero con el nuevo Acuerdo de Retirada que, contra todo pronóstico, el premier logró cerrar en octubre con la UE después de que el de su antecesora Theresa May fuera rechazado hasta en tres ocasiones en la Cámara de los Comunes. Con su holgada mayoría Johnson no tendrá ahora problemas en conseguir el beneplácito de sus señorías durante una tramitación que comenzará tan pronto como la próxima semana.

Los tres pilares del pacto no han cambiado: factura de divorcio para Londres de entre 40 y 45 mil millones de euros; garantía de los derechos de los alrededor de tres millones de comunitarios residentes en suelo británico (entre ellos los más de 240.000 españoles) y evitar frontera dura entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte para no poner en peligro la paz conseguida en el Ulster en 1998.

Johnson aboga por sacar al país de la unión aduanera para cerrar acuerdos comerciales con terceros, pero deja a Irlanda del Norte alineada con normativa comunitaria. El tory defiende que no habrá ahora controles en el mar de Irlanda, pero documentos gubernamentales señalan lo contrario.

La salida del bloque, psicológicamente será un gran paso para ambos lados del Canal de la Mancha. Pero en absoluto se dará carpetazo al divorcio. El 1 febrero comenzará el llamado periodo de transición donde el Reino Unido seguirá al menos hasta diciembre de 2020 siendo en la práctica miembro de la UE, con la libertad la libertad de movimiento que eso conlleva.

El manifiesto tory promete no ampliar este periodo más allá de diciembre de 2020. Y es entonces cuando, de nuevo, aparecerá el fantasma de la ruptura caótica. Se antoja materialmente imposible negociar en apenas once meses, unas relaciones futuras entre el Reino Unido y la UE que, aparte del pacto comercial, deben tratar otras áreas como seguridad o intercambio de estudiantes. Convenios comerciales menos ambiciosos entre el bloque y países como Ucrania, Canadá, Corea del Norte, Japón o Singapur han llevado una media de entre cuatro y nueve años para negociar y ratificar.