Coronavirus

Coronavirus: 100 días que fraguaron un nuevo mundo

La enfermedad ha plagado de incógnitas un futuro que se vislumbra incierto: en poco más tres meses estamos ante la peor pandemia conocida en un siglo

Thumbnail

Nada será igual. Veremos por cuánto tiempo. Lo que comenzó con varias decenas de personas enfermas de una rara neumonía en China, hace apenas tres meses, ha derivado en la peor pandemia conocida en un siglo. Ni siquiera el sida, responsable de más 700.000 muertes y con no menos de 37 millones de personas infectadas, fue capaz de provocar las convulsiones sanitarias y económicas del Covid-19.

Según Pekín, los primeros enfermos llegaron un 29 de diciembre. En apenas una semana quedó claro que el causante de las raras neumonías era un virus hasta entonces desconocido. Los investigadores secuenciaron su genoma el 7 de enero, el 12 la información fue compartida con la comunidad internacional y a mediados de mes ya había los primeros casos fuera de China.

El 30 de enero la OMS alerta de una emergencia sanitaria a nivel internacional. Ese mismo día Donald Trump comentó que la enfermedad estaba perfectamente controlada. «Tenemos muy pocos casos en este país en este momento: cinco», dijo, «Y todas esas personas se están recuperando con éxito». Un mes y medio después, el 11 de marzo, la OMS declaraba una pandemia, es decir, un brote epidémico que afecta a varios continentes. De hecho, a mediados de ese mes, se habían detectado casos de coronavirus en 100 países. Los números de contagios y muertes no dejaban de crecer. Ayer, eran 1.657.771 positivos y 102.726 muertos, posiblemente muchas más, habida cuenta la enorme dificultad de contar con las causas de muerte en miles de casos, que requerirán de una investigación ulterior.

En EE UU, que acumula 18.777 muertos, nadie sabe cuándo volverá la normalidad. Solo en Nueva York hubo 783 muertos en un día, mientras el gobernador Andrew Cuomo brilla consagrado como la estrella política del momento. Ha eclipsado a un Joe Biden desaparecido en combate y a un Trump devorado por sus comparecencias de King Kong, que a ratos parecen fruto de un exceso etílico, aunque solo consume refrescos carbonatados, y que tienen a sus asesores científicos al borde del ataque de nervios. En su comparecencia diaria Cuomo explicó que el número de muertos «se está estabilizando de alguna manera, pero a un ritmo horrible. Son unos números increíbles, que representan una pérdida y un dolor increíbles».

Por no hablar de las pérdidas económicas y la inevitable transformación de miles de oficios. Algunos, como los relacionados con el ocio, los eventos deportivos o la restauración, y que requieren de grupos de gente inevitablemente reunida, otean un futuro atroz. Otros, como la educación, tratan de sobrevivir mediante el teletrabajo, que parece imponerse en muchos de los oficios mejor considerados y pagados. En ciudades como Nueva York, con más de 60 millones de turistas al año, en países como España, el peligro económico resulta evidente.

A nivel mundial queda claro que el uso del Big Data ha jugado un papel esencial en aquellos países como Corea del Sur que fueron capaces de ver lo que llegaba antes de que los hospitales y las unidades de cuidados intensivos comenzasen a saturarse. Del otro lado está el temor a que la geolocalización, el control de los teléfonos móviles o unos teóricos análisis de sangre que permitan distinguir a los inmunes de los que no erosionen los derechos fundamentales y acarreen una merma de las libertades.

Las denuncias han llegado de la mano de una serie de filósofos incapaces de pensar más allá de la boutade, encerrados con la quiminova de la pandemia como si en lugar de una oleada de enfermos o muertos el mundo asistiera a un encierro espiritual y un renacimiento del alma individual y/o colectiva. Pero también cabe añadir que juristas y pensadores poco dados a la sobreactuación y el exceso escriben estos días sobre la necesidad de que los sistemas constitucionales regulen lo que sea necesario sin permitir que el populismo aproveche para derribar los complicados y delicadísimos engranajes jurídicos que protegen las libertades.

Podemos estar en ciernes de un futuro en el que se considere normal que el ciudadano tenga que entregar sus datos médicos cada poco, con las empresas obligadas a medir la temperatura de los empleados y las autoridades sanitarias expidiendo certificados o pasaportes de salud que discriminen a los más débiles de los ancianos a los inmigrantes. Desde luego que el ejemplo de gobiernos con tentaciones iliberales, como Hungría o Rusia, o directamente de dictaduras como la China, no pronostican un futuro demasiado brillante.

Y sí, hay ballenas junto a la costa en Marsella, las fotografías de los satélites retratan un planeta mucho más limpio de contaminantes en la atmósfera y el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, ya avisa que los colegios no abrirán de nuevo este curso. Desde luego que las aguas de Venecia, perpetuamente contaminadas, brillan como nunca desde hace siglos. Pero la crisis de industrias como la de la aviación, que ha perdido el 97% de los vuelos, barrunta tiempos oscuros si los parámetros pasan de la salud de la biosfera a las cuentas corrientes de los trabajadores. Qué decir de los cruceros, con buques por todo el mundo que no tienen dónde atracar al tiempo que se multiplican los contagios.

Trump, encerrado en la Casa Blanca, le ha pedido a Dios que le ayude a tomar la decisión correcta. Los empresarios, los inversores y los economistas estiman que vamos hacia la ruina sistémica si EE UU no abre de forma inmediata. Los científicos y los médicos alertan de que si el país retomase la normalidad el 1 de mayo, a mediados de julio la epidemia volvería a situarse en los números de principios de abril. Y son terroríficos. Un estudio del «New York Times», a partir de datos del Centro para la Prevención y Control de Enfermedades, demuestra que el número total de muertos entre el 4 de marzo y el 4 de abril duplica la cifra normal para estas fechas; lo triplica de atender a las últimas dos semanas. Los 9.780 muertos en 30 días incluyen posiblemente muertos por otras enfermedades, incluido cáncer y accidentes cardíacos. Pero el crecimiento es tan bestial que no se veía nada semejante desde la gripe de 1918. Asoma otra verdad terrible: muchos de los muertos por patologías no relacionadas con el coronavirus seguramente no habrían muerto de no estar saturado el sistema sanitario, si las ambulancias no estuvieran ocupadas por enfermos de coronavirus.

El único negocio que parece florecer es de la fabricación de material sanitario y el del contrabando de alcohol higienizante y guantes de látex. En las horas de la gran epidemia la amapola y la coca son sustituidas por mascarillas e hidroxicloroquina.