La dinastía Trump: La familia, primero

El presidente de EE UU ha gobernado estos cuatro años asesorado por un círculo íntimo compuesto por sus hijos y su yerno, al margen del criterio de los expertos

El presidente de Estados Unidos besa a la primera dama Melania Trump antes de dar un mitin en Tampa, FloridaJONATHAN ERNSTREUTERS

Donald Trump trajo la familia a la Casa Blanca con un ímpetu desconocido. No la imagen «Reader´s Digest» de la primera dama junto al comandante en jefe. No la esposa discreta y admirada, dedicada al lujo, la caridad, las horticultura orgánica o los índices de lectura entre los niños pobres. No Eleonor Roosevelt, Jackie Kennedy, Laura Bush o Michelle Obama. Ni siquiera una Melania Trump tan sensata como elegante.

El sello Trump, disruptivo también en cuestiones de sangre, consistió en situar a la familia nuclear como paraguas del poder, como partera de decisiones y consejería in pectore. Una familia que incluye a los hijos y yernos. Con ellos a su lado, especialmente con Ivanka Trump y su marido, el multimillonario Jared Kushner, Trump gobernó influido por sus consejos. El presidente de EE UU ha gobernado estos cuatro años asesorado por su círculo íntimo, al margen del criterio de los expertos. Siempre dispuesto a dejarles pilotar asuntos tan cruciales como el proyecto de una paz justa y duradera en Oriente Próximo, negociado de un Kushner que en los últimos meses ha cosechado éxitos notables. Hasta tal punto que podría forjarse una dinastía con vistas a 2024.

Si durante la primera convención republicana Tiffany Trump enamoró a la audiencia con un candor que maquillaba la brutalidad retórica del padre, en 2024 Ivanka podría pelear por la presidencia. Despide demasiado carisma como para no tratar de aprovecharlo. Siempre ha demostrado que la política le interesa más que a ninguno otro de sus hermanos. Claro que en su contra pueden jugar acusaciones como aquella auditoría interna, publicada por «The Washington Post», que reveló que había escrito desde su correo a decenas de departamentos y agencias gubernamentales.

Un proceder aparentemente similar al que metió en graves problemas a la demócrata Hillary Clinton. Sobre todo cuando arrecian sospechas de injerencias externas. En 2016, siendo secretaria de Estado, Clinton envió cientos de correos profesionales desde una cuenta personal, lo que propició una investigación del FBI que dirigía James Comey. En el caso de Ivanka la aludida respondió que «no estaba familiarizada con algunos detalles de las reglas» y su abogado, Peter Mirijanian, comentó que «durante la transición al Gobierno, hasta que la Casa Blanca le brindó la misma información que a otros que habían comenzado a trabajar antes que ella, la Sra. Trump a veces usaba su cuenta privada, casi siempre para [asuntos relacionados con] la logística y la programación de su familia».

El incidente se solventó sin mayores problemas. Pero pertenece a la clase de deslices que pueden magnificarse si Ivanka presenta su candidatura. Han sido muchas las ocasiones en que han chocado los negocios personales de la familia Trump y su quehacer político. En el caso de Jared lo cierto es que nadie o casi nadie ha vuelto a recordarle los pecados del padre, el también millonario Charles Kushner, condenado por evasión fiscal, manipular testigos y ofrecer donaciones ilegales a las campañas políticas. Jared ha logrado redimir el apellido paterno. Compró propiedades multimillonarias en Manhattan, hizo buenos negocios, tocó las teclas correctas, demostró ser un aliado fiable, forjó una familia con Ivanka y, por fin, comenzó a asesorar a su suegro durante la campaña de 2016. Una maquinaria electoral que Jared modernizó.

También ha terminado pilotando la histórica normalización de relaciones diplomáticas entre Israel y Emiratos Árabes Unidos. Dado el precedente de Hunter Biden, el escasísimo peso que el teórico escándalo ha tenido en estas elecciones más allá de los medios de comunicación más cercanos a Trump, no parece que una renovada ola de acusaciones de nepotismo, dirigida contra los Trump, influya en el ánimo de unos votantes embelesados con la suave sonrisa y el aura de una Ivanka que parece concebida en los departamentos de imagen de una agencia de Hollywood.

A diferencia de tipos tan bruscos como Chris Christie o Steve Bannon la dupla formada por Jared e Ivanka, Ivanka y Jared, aporta los necesarios contactos empresariales, los imprescindibles conocimientos del big data y del mundo, una mundanidad, incluso un brillo, compatibles con la inteligencia.

Durante cuatro años Ivanka ha representado a EE UU en Corea, ha acompañado a su padre a la India y dejado algunas de las mejores frases de las convenciones previas a los comicios mientras Jared alcanzaba unos cuantos éxitos más que sonados en el empeño para aislar a los islamistas del Golfo y lograr el reconocimiento de Israel, única democracia consolidada de la región. Quién iba imaginarlo: el presidente más aislacionista, enfrentado a la doctrina de los conservadores neocom, podría ser sucedido por una pareja que ha cosechado sus mejores bazas en el exterior.