“La transición en EE UU no está asegurada si Trump pierde las elecciones”

El presidente ha puesto en duda en más de una ocasión la legitimidad de un resultado que le fuera contrario

Donald Trump durante un mitin este jueves en Tampa (Florida)PETER FOLEYEFE

Una de las principales características de las democracias es el traspaso de poder pacífico y ordenado entre el perdedor y el ganador de unos comicios. Es uno de los pilares de un sistema liberal basado en el pluralismo político. Y, sin embargo, esta transición no está asegurada en Estados Unidos si se diera el caso de que el presidente Donald Trump perdiera las elecciones del próximo 3 de noviembre. Se plantearía, pues, una crisis política, institucional y constitucional como nunca se habría vivido en el país, con permiso de la Guerra de Secesión de 1861.

En más de una ocasión, el presidente republicano ha puesto en duda la legitimidad de un resultado que le fuera contrario. En diversos discursos durante esta larga campaña electoral, el presidente estadounidense ha expresado ante las cámaras y ante su público la convicción absoluta de vencer, ya que «la única forma en que perderemos estas elecciones es si se comete fraude».

El caso es que Trump se ha negado a asegurar que aceptaría los resultados electorales en caso de que no le fueran favorables. De hecho, las únicas respuestas claras sobre el tema datan del año 2016, cuando se negó a reconocer que perdió el voto popular ante Hillary Clinton, a quien falsamente acusó de haber facilitado el voto a tres millones de inmigrantes ilegales. Asimismo, durante la campaña llegó a asegurar que aceptaría los resultados electorales, añadiendo a continuación el condicionante: «Si gano». Además, durante toda la presente campaña, Donald Trump ha criticado abiertamente el voto por correo, llegando a calificarlo como una herramienta fraudulenta de los demócratas. Y es que, en un año de pandemia, muchos ciudadanos estadounidenses han preferido optar por esta legítima forma de ejercer su derecho al voto. Más de 60 millones habrían votado anticipadamente o por correo, augurando una altísima participación en estos comicios.

La particularidad del voto por correo en Estados Unidos es que tarda varios días en ser contado, lo que daría la oportunidad a Trump a cuestionar los resultados si estos fuesen en su contra. Aquí entrarían en juego las diferentes artimañas legales que podrían dar al traste con el proceso, incluso llegando a bloquear la elección de un nuevo presidente y que llegado el día 20 de enero obligaría a la presidenta de la Cámara de Representantes a ser nombrada presidenta de Estados Unidos en funciones. Este escenario, además de resultar complejo y tener graves consecuencias políticas y constitucionales, es inverosímil. Aun así, no es descartable la entrada en juego de los tribunales. Ya en las elecciones de 2000, el Tribunal Supremo decidió parar el recuento de los votos en Florida, Estado que Bush ganó por apenas 573 votos. El 23 de septiembre, en una reunión con senadores republicanos el presidente Donald Trump afirmó que «este fraude acabará en el Tribunal Supremo» y que un resultado de empate a cuatro «no es una buena situación».

Entra en juego la confirmación exprés de la nueva juez del Tribunal Supremo, Amy Barrett. Tras el fallecimiento de Ruth Bader Ginsburg a finales de septiembre, tanto el presidente como la maquinaria republicana en el Senado se apresuraron a asegurarse un Supremo más afín, en caso de que el «fraude» quedara en manos de esta institución.