La presidencia de Biden: Obama II

El ex vicepresidente se rodea de fieles con experiencia en los gobiernos demócratas anteriores. Nombrará a más veteranos de la era Obama para los puestos clave

El ex presidente Obama junto a su entonces «número dos», Joe Biden, en 2012M. Spencer GreenAP

Recuperar algo parecido a una normalidad institucional, sin olvidar las políticas y discursos de los años de Barack Obama. Poner en pie algunas de las regulaciones medioambientales y los cortafuegos bancarios, devolver a EE UU, al multilateralismo, reforzar el Obamacare y, de paso, profundizar en la necesidad de limar los monopolios tecnológicos de los gigantes de Silicon Valley. He ahí algunos de los objetivos esenciales de Joe Biden para los próximos dos años.

Nadie en su equipo aspira a cambiar el sistema desde dentro ni a lograr grandes saltos legales. De hecho, los demócratas difícilmente sacarán adelante ninguna ley si no ganan antes los dos puestos al Senado en Georgia, el 5 de enero. Parecen conformarse con reconducir algunas líneas maestras. Volver a Obama pero sin Obama; aunque sea el Obama con las manos esposadas en el legislativo. Con eso y con disolver los peores temores del electorado centrista sería más que suficiente.

Durante meses, Donald Trump avisó de que un hipotético gobierno de Biden serviría como cabeza de puente de la izquierda woke, las hordas identitarias, los mensajeros de antifa, los partidarios de Alexandria Ocasio-Cortez, los veteranos del activismo que llevan meses argumentando que hay que cortarle los fondos a la Policía, los iconoclastas consagrados a derribar estatuas y cuantos que llevan años aplicados a recortar la libertad de expresión en los campus universitarios. Todos esos son elementos ligados o cercanos al Partido Demócrata; agentes más o menos notorios, más o menos ruidosos. No su centralidad, ni su «establishment». Tampoco los genuinos representantes de unos votantes con visos de estar mucho más escorados al centro político.

Con 77 años, un carácter que le ha valido acusaciones de muelle y cobarde y un rico historial de pactos con los republicanos, Biden, eterno defensor de la iniciativa privada, poco sospechoso de simpatizar con teoremas anarcoides, ha sido diana tanto de los demócratas más a la izquierda como de los nacionalistas y nativistas escorados a la derecha. De ahí que hubiera mucha expectación respecto a sus primeros nombramientos.

Dos de los nombres han llamado la atención por bien justificadas razones. Al apostar por Ron Klain como jefe de Gabinete, Biden demostraba su disposición a tirar del hilo de los gobiernos demócratas anteriores, tanto del de Bill Clinton, donde Klain sirvió como jefe de Gabinete del vicepresidente Al Gore, como del propio Obama, en el que Klain ejerció de jefe de Gabinete de Biden. Que Klain sirviera en 2013 como Zar para el ébola, coordinando la respuesta política y sanitaria, subrayaba también que la nueva epidemia, la del coronavirus, que ayer mismo marcaba otra vez máximos históricos de contagios en EE UU, modela la agenda más inmediata.

Algo evidente después de que Biden también haya nombrado a Rick Bright –que fue destituido por Trump– como director de la Autoridad de Investigación y Desarrollo Avanzado Biomédico, para formar parte del proyectado consejo asesor de expertos contra el coronavirus. Pero más allá de Klain y Bright el equipo no ha movido más fichas. Al contrario, el viernes anunció que no piensa dar más nombres mientras la Administración Trump no ponga en marcha los mecanismos que faciliten el traspaso de poderes, de momento bloqueado.

Lo que Biden sí ha hecho pública es su lista de personas para trabajar en la transición. De momento no pueden hacer nada, están a expensas de que el Gobierno Trump dé luz verde al comienzo de la nueva era, pero ya están dispuestos. Muchos de ellos acumulan años de experiencia en anteriores gobiernos. Por normal que pueda parecer, que el presidente entrante anuncie nombramientos tan necesarios como grises, resulta novedoso, casi rompedor, después de que a partir de 2016 la Casa Blanca haya dejado sin cubrir multitud de puestos o haya mantenido a ejecutivos y funcionarios de manera interina.

Entre los nombres anunciados están veteranos de las Administración de Obama y Clinton como Chris Lu, que irá destinado al departamento de Trabajo; la astronauta y coronel de la Fuerza Aérea, Pamela Melroy; la almirante Michelle Howard, ex comandante de las fuerzas navales en Europa y África, que irá al departamento de Defensa; la ex asesora del Departamento de Comercio, Geovette Washington, que vuelve a su vieja oficina; el abogado de la American Civil Liberties Union, Andrea Flores, asignado al departamento de Seguridad Nacional, o Justin Jackson, destinado a la CIA, donde trabajó 28 años.

Todos ellos son nombres con un aroma inconfundible al periplo 2008-2016. Todos o casi todos trabajaron con Biden, están bregados en los mecanos de la administración pública y lucen un perfil menos político, más pragmático, de los habituales de Trump. El ex vicepresidente, el hombre que el 3 de noviembre logró más votos que ningún candidato en la historia, 77 millones, 5 millones más que su rival, aspira a que ocupen sus plazas y arranquen un proceso similar al vivido entre los gobiernos de George W. Bush y Obama, o entre el de Obama y el de Trump. Para que eso suceda debe disolverse el humo reciente. La sombra de una corrupción sistémica que haría de Biden un presidente ilegítimo y de EE UU, un estado fallido.

A rebajar la tensión y acelerar la llegada del nuevo gobierno pueden contribuir los reveses legales de este viernes. Cuando los tribunales de varios estados desestimaron una serie de demandas presentadas para intentar paralizar la proclamación de un vencedor a nivel estatal. Así, en Detroit, los jueces tumbaron el intento de revertir la victoria de Biden, negándose a detener el proceso de certificación; en Michigan Biden había ganado por más de 150.000 papeletas de distancia.

En Arizona fueron los propios representantes legales de la campaña de Trump los que han retirado su demanda para intentar que los votos sean contados de nuevo. Consideran que la diferencia en favor de Biden es tan abultada que el número de votos sospechosos de haber sido mal contados, menos de 200, en ningún caso serviría para enjuagar ya la distancia, favorable a Biden por 11.000 votos a falta de contar otros 10.000.