Trump evoca por primera vez la victoria de Biden

El presidente se resiste a la derrota e insiste en el fraude electoral

Un tuit de Donald Trump descorchó todas las alarmas. ¿Sería posible que acabara de reconocer su derrota o, mejor dicho, la victoria de su oponente? El presidente en funciones acaba de escribir que [Joe Biden] «ganó porque las elecciones fueron amañadas». Ahí, en menos de cincuenta caracteres con espacios lucían todas sus obsesiones sobre los comicios. Si su rival había ganado, que está por ver, fue gracias al fraude.

El mayor y más escandaloso en la historia de unos EE UU que, entiende, camina junto al ventisquero de la quiebra institucional. De ahí que a continuación Trump repita una de los mantras de estos días, a saber, que «NO SE PERMITIERON OBSERVADORES y el voto fue tabulado por una empresa privada de la izquierda radical, Dominion, con mala reputación y un equipo de mala calidad que ni siquiera fue autorizado para Texas (¡que gané por mucho!)».

Se trata, por supuesto, de una acusación radicalmente falsa. La ley estadounidense garantiza que haya observadores de los dos partidos en todos y cada uno de los colegios electorales, con todas las herramientas y facilidades a su disposición para poder certificar la limpieza del proceso, y no hay noticia, ni prueba alguna, de que haya ocurrido algo distinto. entrevistado por la NBC, el gobernador de Arkansas, el republicano Asa Hutchinson comentó que «Fue bueno ver al presidente Trump tuitear que él [Joe Biden] ganó. Creo que es el comienzo de un reconocimiento. Es importante que aceptemos el resultado de las elecciones».

Trump, por su lado, contraatacó con otro tuit que deja menos espacio a las dudas y disuelve cualquier posibilidad de un final convencional a un periplo inédito. «Ganó porque las elecciones fueron amañadas. Sólo ganó a los ojos de los FAKE NEWS MEDIA. ¡No he concedido NADA! Queda un largo camino por recorrer. ¡Fue una ELECCIÓN AMAÑADA!». La magnitud de estas afirmaciones no puede ser ignorada.

El historiador de Yale, gran experto en el nazismo, Timothy Synder, ha advertido de que «La democracia se deshace desde dentro y no desde fuera y el mecanismo para deshacer la democracia suele ser una falsa emergencia, una afirmación de que los enemigos internos han hecho algo escandaloso» al tiempo que recuerda el «mito de la “puñalada por la espalda” por parte de enemigos internos», acuñado tras la derrota alemana en la II Guerra Mundial. «Persuadir a sus votantes de que el otro lado hizo trampas abre una espiral descendente», ha añadido el autor de clásicos como Tierra negra: el Holocausto como historia y advertencia, Sobre la tiranía y Tierras de sangre: Europa entre Hitler y Stalin.

Lo cierto es que la actitud de Trump contrasta severamente con la de Hillary Clinton en 2016, que reconoció la derrota durante la misma noche de las elecciones, sin esperar a que fueran contados todos y cada uno de los votos, esto es, en cuanto la aritmética demostró que su victoria era ya imposible. El gobierno del candidato Donald Trump, en cambio, sigue sin dar luz verde al proceso de transición; sigue sin cursar la protocolaria pero necesaria llamada a su oponente, Biden; no ha descongelado los fondos necesarios para arrancar el proceso que lleve a un nuevo gobierno y no comparte con el equipo del demócrata, entre otras cosas, los dossieres diarios de la inteligencia o los informes referidos al coronavirus.

Nada de esto sucederá en tanto que Trump no ordene a la administradora de la Administración de Servicios Generales, Emily W. Murphy, para que ponga en marcha la transferencia. Por su lado el escritor Andrew Sullivan, columnista de The Atlantic y The New Republic y una de las bestias negras de la izquierda woke, advierte que Trump «no cederá. No puede ceder, porque sufriría un colapso psíquico si lo hiciera».

Al mismo tiempo advierte a sus críticos. Una cosa sería el el espectáculo de un presidente «completamente incapacitado para ocupar el cargo que ocupa, mintiendo, mintiendo y mintiendo y esgrimiendo teorías de la conspiración paranoicas» y otra, muy distinta, el éxito de su muchas de sus políticas, comenzando por su defensa decidida de los cuerpos de policía, siguiendo por sus llamamientos, levemente nativistas, abiertamente protecionistas, obviamente nacionalistas, para denunciar y revertir el proceso globalizador, que considera responsable de la ruina económica de la industria estadounidense, y remantando al fin por su tajante negativa a ceder ante los delirios del identitarismo.

Su antecesor en el cargo, Barack Obama, que lo recibió en la Casa Blanca dos días después de los comicios de 2016 y lo trató con la deferencia debida al próximo presidente, ha advertido sobre el peligro de una fractura de consecuencias preocupantes, con la mitad de la población operando en base a unos hechos que la otra mitad no reconoce. El problema esencial de la estrategia de los aliados de Trump para impedir o retrasar la victoria de Biden tiene que ver con sus insuficiencias legales ante los jueces.

Una y otra vez han denunciado casos de corrupción de proporciones colosales y una y otra vez han sido incapaces de probar nada. Y los pocos casos de votos dudosos, o ilegales, no son suficientes para revertir unos resultados demasiado abultados. En Pensilvania, por ejemplo, la diferencia de votos en favor de Biden es de 65.866 votos; en 2016 Trump ganó allí a Clinton por 44.292 papeletas.

La distancia en Georgia, uno de los estado con unos márgenes mucho más estrechos, favorece a Biden por 14.122 votos. Una distancia tan pequeña que está en marcha un segundo recuento, a mano, que certifique estos resultados. Pero para ponerlo en perspectiva, y atisbar las posibilidades reales de que un segundo recuento voltee los resultados, conviene recordar que la distancia en Florida en el año 2000 entre George W. Bush y Al Gore fue de 537 papeletas. En Arizona, con un gobernador republicano, Biden ganó 10.377 votos y el equipo legal de Trump retiró una demanda por supuesto fraude en el condado de Maricopa.