Biden elige a un general afroamericano como jefe del Pentágono

Lloyd Austin, de 67 años, fue jefe del Comando Central, encargado de las operaciones en Irak, Afganistán, Yemen y Siria

Lloyd Austin III
Lloyd Austin IIIPablo Martinez MonsivaisAP

Joe Biden ha decidido que el general Lloyd J. Austin III sea su nuevo secretario de Defensa. Una elección con fuselaje de gran acontecimiento: por vez primera en la historia de EE UU un hombre negro dirigirá el Pentágono. Un movimiento audaz por cuanto Austin es militar, Con su hipotético nombramiento el presidente electo renueva la apuesta por un mando militar que ya realizó Donald Trump, cuando hizo lo propio con el general James Mattis.

Pero Trump está demasiado entretenido en su fantasiosa guerra para demostrar el teórico fraude electoral como para reivindicarse y aprovechar el caramelo político que le ofrece Biden. No en vano muchos senadores demócratas advierten de que no saben si permitirán la exención que Loyd requiere. Sin ella un hombre de uniforme, por mucho que esté en la reserva, no podría alcanzar la cima del Ejército.

Antes de Mattis, la licencia solo le fue concedida al general George Marshall bajo la Presidencia de Harry Truman. Los demócratas advierten de la sacrosanta necesidad de preservar la idea de que el Ejército esté comandado por un civil. Y el resquemor no viene solo desde el partido.

Rose Brooks, profesora de la Universidad de Georgetown, colaboradora de la Casa Blanca con Obama y autora de libros como «Como todo se convierte en guerra y lo militar se convierte en todo», ha puesto por escrito su malestar: «Me han encantado las selecciones de Gabinete de Biden... hasta ahora. Creo que Biden ha sido muy mal aconsejado. Estoy asombrada de que su círculo íntimo no vea el terrible mensaje que envía al nominar al segundo general recientemente retirado en cuatro años. Si Biden quiere restar importancia a los militares, nominar a un general de cuatro estrellas recientemente jubilado, que necesita una exención del Congreso para servir, envía el mensaje opuesto. Si se otorga una exención tan pronto después de Mattis, anulará el requisito legal de un período de reflexión de siete años».

En efecto, la ley, aprobada en 1947, dice que son siete los años que tienen que transcurrir entre que el militar cuelgue el uniforme y pueda aspirar a presidir el Departamento de Defensa.

En las páginas del «New York Times», en una pieza titulada «Lo siento, general Lloyd Austin, un general recientemente retirado no debería ser secretario de Defensa», Jim Golby recuerda que a finales de los años cuarenta los legisladores «que negociaron la ley de seguridad original creían que solo circunstancias únicas podrían dictar que un general o almirante recién retirado debería dirigir el Departamento de Defensa». Recuerda que estas preocupaciones fueron «reivindicadas por la historia» cuando el general Marshall estuvo «al margen mientras se desarrollaba lentamente una crisis cívico-militar entre Truman y el general Douglas MacArthur, antiguo compañero del Ejército de Marshall.

Marshall incluso trató de evitar el despido de MacArthur por insubordinación, relacionado con la política de la Guerra de Corea, antes de respaldar de mala gana la llamada del presidente». Golby teme que el corporativismo, las viejas lealtades, la amistad y los códigos compartidos dañen la gestión de Austin.

En términos de hitos históricos, Austin parece situarse a la altura de su anterior candidata, Michèle Flournoy, veterana de la Administración Obama que sonó con fuerza hasta que la polémica acabó con sus posibilidades. Flournoy habría sido la primera mujer en alcanzar el cargo. Pero fue acusada de «halcón por el ala izquierda del partido» y de situarse contra China por activistas como Norman Solomon, director del grupo de presión RootsAction.

La acusaron de ser «tristemente famosa por instar a una política militar potencialmente catastrófica con China». «Su enfoque peligrosamente agresivo hacia China es cualquier cosa menos un secreto». «Sin embargo», lamentaba, «en su lucha para dirigir el Pentágono ha recibido un apoyo inequívoco de numerosas personas que son respetadas en los círculos progresistas».

Entre los partidarios de Flournoy, estaba la presidente del Boletín de Científicos Atómicos, Rachel Bronson. Pero su apoyo no conmovió a Solomon ni a quienes, desde la plataforma Code Pink, hicieron «lobby» para tumbar su candidatura. Consideraban que Biden debía elegir a un secretario de Defensa sin un historial proclive a las «políticas militares belicosas» y sin «vínculos con la industria de las armas».

El problema se multiplica porque Austin ha sido parte del consejo de Raytheon, una de las diez corporaciones industriales y militares más grandes del mundo, con beneficios anuales de decenas de miles de millones de dólares y suculentos contratos con el Pentágono. Raytheon está detrás de hitos como la computadora guía del programa Apollo, esencial para navegar las naves, así como los misiles Patriot.

En unos tuits que dejan poco lugar a dudas, los activistas de Code Pink agradecen a las «más de 2.500 personas que tomaron medidas y contactaron al Senado para bloquear el nombramiento de Flournoy» y añaden: «Prepárese, general Austin, vamos a por usted».

Un respetado general de cuatro estrellas

Desde luego, y más allá de sus conexiones con la industria armamentística o el hecho de que requiera una exención, lo cierto es que el general de cuatro estrellas Lloyd Austin, de 67 años, tiene, como no podía ser menos, un imponente currículum. Jubilado hace cuatro años, Austin, nativo de Alabama, fue vicedirector de personal del Ejército, dirigió al ejército de Estados Unidos en Irak y ha sido el primer afroamericano en ejercer como comandante del Comando Central de los Estados Unidos (CENTCOM). Veterano, entre otras, de la legendaria 82ª Brigada Aerotransportada, donde en los años ochenta dirigió una compañía de combate, Austin es un hombre muy respetado por sus colegas y, desde luego, óptimo para el reto. Pero hay cuestiones más intrincadas que el puro historial a la hora de decidir sobre su futuro. En 2015, Austin salió mal parado de una audiencia en el Congreso en la que admitió que el Pentágono había gastado 500 millones de dólares en un programa para entrenar a combatientes opositores sirios que no sirvió prácticamente para nada.