Alexei Navalni, el enemigo público número uno del Kremlin

El fracasado intento de asesinato con Novichoc no solo no ha acallado al líder opositor, sino que le ha granjeado mayor protagonismo internacional

Rusia.- El entorno de Navalni pide al TEDH que interceda para lograr su traslado a Alemania
La prioridad de Alexei Navalni son las elecciones legislativas de septiembre CELESTINO ARCE LAVIN / ZUMA PRES

De bloguero a abogado anticorrupción, de organizador de las mayores protestas desde la caída de la URSS a aspirante al Kremlin. El líder opositor, Alexei Navalni, se ha ganado a pulso en diez años de actividad política la vitola de enemigo público número uno del presidente ruso, Vladimir Putin.

En agosto de 2020 las autoridades dijeron basta y decidieron eliminar al político ruso con mayor tirón en Occidente. La operación secreta de los servicios especiales salió rematadamente mal y Navalni vuelve ahora a Rusia cual ave fénix para desafiar al líder ruso.

“Putin ordenó mi asesinato”, dijo Navalni, de 44 años, tras recuperarse en Alemania del envenenamiento con un agente tóxico de la familia Novichok.

Navalni era el opositor con más gancho electoral, pero tras ser víctima de un intento de asesinato a manos del Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB) se ha convertido en una celebridad en en el exterior.

Hasta entonces, ese honor, el envenenamiento con agentes tóxicos, había estado reservado casi exclusivamente para antiguos espías del FSB que se habían pasado el enemigo, como Skripal o Litvinenko.

Según pasaban los días y Navalni se recuperaba del intento de asesinato, su estatura política no dejaba de aumentar. La canciller alemana, Angela Merkel, no dudó en visitarlo en la clínica La Charité de Berlín. “Regresaré a Rusia, que es mi país, donde tengo un gran apoyo”, aseguró Navalni, sin aparente miedo a un nuevo atentado o encarcelamiento.

Navalni, un experto en el uso de las redes sociales, preparaba ya su venganza, que llegó en forma de dos comprometedores vídeos para el Kremlin.

Con la ayuda de Bellingcat y varios medios occidentales, Navalni logró recabar datos que prueban, según dice, la implicación del FSB en su intento de asesinato.

No se limitó a ello, sino que incluyó una conversación telefónica con uno de los presuntos participantes en la operación secreta que admitía que sus cómplices habían rociado Novichok en la ropa interior del opositor.

Todo ello no solo puso en evidencia al FSB y a Putin, sino que fueron vistos por más de 44 millones de personas, cifra que contrasta con los siete millones que siguieron la conferencia de prensa anual del presidente en esas mismas fechas.

Seguidamente, las autoridades lanzaron una campaña para impedir su regreso a Rusia, que incluye dos casos penales, uno por no personarse ante la autoridad por un antiguo caso penal y otro por supuesto fraude.

Ni se inmutó. Navalni anunció hace unos días su regreso a su país, ya que, según sus palabras, lo echa “de menos”. “Es una decisión valiente que merece todo el respeto. Atañe muchos riesgos, pero si quiere cumplir su principal misión en la vida, tenía que volver”, comentó a Efe el opositor Guennadi Gudkov, exiliado en Bulgaria.

Por delante tiene varios objetivos. Llevar a los tribunales a aquellos que le intentaron a asesinar y las elecciones legislativas de septiembre, en las que proseguirá su cruzada contra “el partido de los ladrones y sinvergüenzas”, como se suele referir al partido del Kremlin, Rusia Unida.

“Si se hubiera quedado en el extranjero, se hubiera visto privado totalmente de carrera política”, apuntó a su vez Serguei Mitrojin, dirigente del partido liberal Yabloko.

Todo comenzó en Yabloko, de donde Navalni fue expulsado por sus ideas nacionalistas. Pero su ostracismo duraría poco, ya que en las elecciones parlamentarias de 2011 logró organizar las mayores protestas antigubernamentales desde la caída de la URSS al grito de guerra “Rusia sin Putin”.

Al año siguiente dio el gran salto a la política al presentar su candidatura a las elecciones a la Alcaldía de Moscú, donde logró casi un tercio de los votos, un hito sin precedentes para la oposición extraparlamentaria.

La animadversión de Putin, que nunca le llama por su nombre, nace de las numerosas ocasiones en las que el opositor ha sacado a la luz las vergüenzas de aliados del Kremlin, a los que denuncia con su dedo acusador en las redes sociales lejos del alcance de la censura del Kremlin.

Para el látigo del Kremlin no hay tabúes a la hora de denunciar la corrupción en la administración pública. Sea el primer ministro, Dmitri Medvedev; el presidente del Parlamento o de un banco estatal, el fiscal general o la esposa del portavoz presidencial.

Navalni ya no era solo un incordio, sino una amenaza. Desde entonces, fue condenado a sendas penas de cárcel por presuntos delitos económicos, que le inhabilitaron como candidato al Kremlin, y ha sido atacado en varias ocasiones, la última de las cuales casi le cuesta la vida.

Eso no ha impedido que se haya convertido en el faro de la conocida como primera generación libre de la historia de Rusia.