El caudillo Ortega

La gran ironía del guerrillero marxista y su excéntrica pareja Rosario Murillo es que se han convertido en la némesis de quienes fueron sus adversarios y antagonistas ideológicos, la familia de los Somoza

Los analistas políticos han debatido largamente sobre si ciertas características de los regímenes políticos pueden ser exportables, transferibles o imitables
Los analistas políticos han debatido largamente sobre si ciertas características de los regímenes políticos pueden ser exportables, transferibles o imitables FOTO: Alfredo Zuniga AP

La crisis política en Nicaragua es la última de una cruenta serie de conflictos civiles que han dividido profundamente al país centroamericano desde su independencia en 1838. Las batallas ideológicas y las luchas entre familias, clanes y partidos han condenado a este gran país bendecido con una geografía envidiable y un potencial agrícola enorme a ser el segundo país más pobre del hemisferio occidental después de Haití. Un joven guerrillero marxista llamado

Daniel Ortega llegó al poder en 1979 tras desplazar a la dictadura de los Somoza, pero como suele ocurrir la revolución se convirtió en involución. Once años después, la presión de Estados Unidos arrastró al Frente Sandinista a unas elecciones democráticas en la que fue derrotado por una oposición unida en bloque en torno a la figura de Violeta Chamorro. Ortega pasó los siguientes 16 años maniobrando por detrás para retomar el poder. Dejó a su hermano, Humberto Ortega, ex comandante en jefe del Ejército Popular Sandinista y ex ministro de Defensa, como jefe de las Fuerzas Armadas. Ortega consiguió mantener prietas las filas en su partido y dividir a la oposición para medrar entre el ruido.

Lo consiguió. En 2007 ganó las elecciones con un aparente giro a la moderación. Un espejismo. El guerrillero marxista emprendió una deriva autoritaria corrompiendo las débiles instituciones nicaragüenses. Dejó de apoyarse en la cooperación para emplearse en la coacción y la exclusión.

Los analistas políticos han debatido largamente sobre si ciertas características de los regímenes políticos pueden ser exportables, transferibles o imitables. En un contexto geopolítico de retraimiento de las democracias, la exportación de los modelos políticos ha adquirido una enorme relevancia en la configuración de un nuevo orden. De esta discusión surge la «exportación de las dictaduras o los autoritarismos». Las autocracias copian estrategias, discursos o iniciativas legislativas que les garantizan la supervivencia. En el caso concreto de Nicaragua se observa una ascendencia del modelo ruso que probablemente esté enraizada en los años de la Guerra Fría. Tanto Daniel Ortega como Vladimir Putin encarnan la figura del «hombre fuerte». El nicaragüense es un caudillo clásico. Los dos llevan varias décadas en el poder –y otras aparado de él, pero conspirando para regresar–. Los dos pueden dar lecciones de cómo mantenerse en el cargo. Un caso claro de exportación de tácticas es la ley nicaragüense de Agentes Extranjeros aprobada en octubre de 2020 que es una copia de la ley rusa de ONGs. Moscú obliga a las asociaciones que reciben capital extranjero a que se registren como agentes extranjeros. Desde el pasado mes de enero, Managua castiga con multas o, incluso, el cierre a las organizaciones que no expliquen cómo usan las donaciones que reciben de terceros países.

Las protestas encabezadas por los estudiantes en 2018 en las que exigían el fin del mandato de Ortega y de su mujer Rosario Murillo hicieron saltar las alarmas. Murillo se lo tomó como un asunto personal. Había sido nombrada vicepresidenta y vio la revuelta como una contestación directa a su ascenso. La pareja presidencial ordenó una brutal represión que dejó centenares de muertos, decenas de presos políticos y miles de exiliados. Esta lógica de destrucción se retomó de cara a las elecciones del 7 de noviembre. Ortega busca su tercera reelección consecutiva en una cita sin rivales tras encarcelar a siete aspirantes opositores. En junio, Cristiana Chamorro, hija de Victoria, la mujer que le apartó del poder en los años 90 fue detenida. Permanece en un riguroso arresto domiciliario. A la opositora no le dejan ni salir de su habitación.

La gran ironía es que con su gobierno autocrático, su discurso divisivo y su persecución del disidente, Ortega y Murillo han terminado por convertirse en la némesis de sus antiguos adversarios y antagonistas ideológicos, la familia de los Somoza. Igual que ellos han utilizado los recursos públicos para el beneficio propio.