América

Victoria ajustada

Lula vuelve al poder en Brasil y América vira a la izquierda

El ex sindicalista regresa a la presidencia del país más poblado de la región doce años después de su retirada con la reunificación del país como el principal reto en una sociedad altamente polarizada

Con el 50,90 por ciento de los votos, Lula gana en Brasil y será por tercera vez presidente de la República, doce años después. Nunca antes nadie consiguió semejante marca. Bolsonaro, con el 49,10 tendrá que abandonar el Palacio de Planalto, siendo el primer mandatario brasileño que no consigue repetir. Lula se impuso con un resultado mucho más ajustado de lo que vaticinaron las encuestas, que daban al ex sindicalista una diferencia de entre 4 y 6 puntos, cuando al final se quedó en menos de uno. El primer reto del vencedor tendrá que ser la reconstrucción de un país herido por la campaña más polarizada de la historia.

En su primer discurso, Lula se comprometió a restablecer la paz en un país dividido. Su principal problema es que carece de mayoría parlamentaria suficiente, por lo que se verá obligado a pactar con los partidos del Centrâo. La mayoría de los gobernadores del país (13 de 27) también serán de la oposición.

La victoria del petista confirma, en cualquier caso, el giro político de América Latina, en cuyos principales países han ganado las opciones de izquierda. Las calles de las principales ciudades brasileñas se tiñeron anoche del rojo de la bandera del partido de Lula. Macron, Sánchez, López Obrador, Petro y Fernandez, entre otros, se apresuraron a resaltar la victoria del petista. Al cierre de esta edición, Bolsonaro no había emitido reacción alguna al resultado de las urnas.

En su primera alocución tras la victoria, Lula hizo un importante discurso leído de integración y unidad. “Brasil desea más democracia, respeto entre nosotros, igualdad y fraternidad”, dijo tras proclamar que gobernará para 215 millones de brasileños, no para un partido o un sector, recalcando que “ha llegado la hora de unir a las familias, de superar la actual situación de permanente estado de guerra”. Tras recordar que “me intentaron enterrar vivo”, subrayó su “compromiso urgente de acabar con el hambre”, aunque reconoció que “me toca gobernar este país en una situación más que difícil.”

Seguidores de Lula en Rio de Janeiro tras el resultado
Seguidores de Lula en Rio de Janeiro tras el resultadoBruna PradoAgencia AP

El principal problema de Brasil es que, pese a que el pronunciamiento ciudadano a través de las urnas ha sido claro, la confrontación en el país no ha acabado. Tal vez incluso estemos en una nueva fase de esa ideologización extrema, visualizada perfectamente el pasado viernes durante el debate entre ambos candidatos, cuando se insultaron reiteradamente e incluso abandonaron los estudios de Globo sin despedirse. Más preocupante aún es que también en las calles la brecha entre «amarelos» y «vermelhos» es casi irreconciliable.

Bolsonaristas y lulistas ha protagonizado episodios violentos casi a diario. El último, a pocas horas de que se abrieran las urnas. La diputada aliada del capitán Carla Zambelli persiguió a un afrobrasileño partidario de Lula en mitad de una calle del adinerado barrio de Jardins. Zambelli, tercera más votada en el estado de Sao Paulo, dijo que los partidarios del PT la persiguieron, insultaron y agredieron cuando salía de un restaurante, por lo que usó la pistola para asustarles. El problema es que el empleo de armas de fuego estaba prohibido en esa jornada, algo que el petismo aireó ampliamente por las redes sociales, transformando el caso en munición para Lula.

Un episodio de violencia más dentro de una campaña en la que ha habido incluso asesinatos políticos en regiones alejadas, amén del tiroteo protagonizado por Roberto Jefferson, ex diputado ex aliado de Bolsonaro que utilizó hasta granadas de mano para impedir que le detuviese la Policía. El país está roto. Por eso el primer y más importante reto del ganador ha de ser disminuir la polarización, algo difícil dado que el rescoldo de odio y resentimiento persiste, pues las elecciones han terminado pero el enfrentamiento, no.

Votantes de Bolsonaro anoche tras saber que su candidato perdió las elecciones
Votantes de Bolsonaro anoche tras saber que su candidato perdió las eleccionesToni MolinaAgencia AP

Tiene Lula una tarea complicada. Por todo lo anterior pero además porque no va a contar con respaldo parlamentario suficiente para desarrollar su programa electoral, al carecer de mayoría tanto en el Congreso como en el Senado. En el Parlamento brasileño tienen representación 27 formaciones políticas diferentes. Tras los resultados de la primera vuelta, la minoría mayoritaria dentro del mismo va a ser el Partido Liberal (PL) de Bolsonaro. Pero tampoco el PL cuenta con poder suficiente.

El poder real en el Congreso de Brasilia, desde los tiempos de José Henrique Cardoso (PSdB), lo administra el Centrâo, suerte de agrupación de intereses que maniató también a Lula, Dilma, Temer y Bolsonaro. En la medida en que ninguno de los presidentes tenía apoyo legislativo suficiente, acabaron todos inevitablemente entregados al Centrâo.

¿Y qué es el Centrâo?. Es un bloque de partidos medianos y pequeños que tiene el poder real dentro de la Cámara para apoyar al presidente de turno, pero siempre a cambio de recibir lo que pide. Lula y Dilma llegaron a tener hasta 40 ministerios para contentar a los diferentes líderes del Centrâo. Al menos un ministerio para cada uno que lo pide. Algo hay que dar para lograr el apoyo a las diferentes iniciativas presidenciales. Y si no son ministerios, como hicieron los petistas, habrán de ser leyes o fondos para sus iniciativas regionales, que es lo que hizo Bolsonaro.

La realidad de Brasil es que el Presidente tiene poderes cada vez más limitados. Quién decide qué leyes se aprueban o no es el Centrâo, cuya ideología es ninguna, apenas los cargos y el dinero. Su jefe de filas en el Congreso se llama Arthur Lira (PP), y en el Senado Rodrigo Pacheco (PSD). Ambos le van a decir al nuevo presidente qué tiene que hacer para no verse expuesto a un «impeachment» como el de Dilma. Eso seguro.

Quién manda en Brasil

El otro poder real de Brasil es el Judicial. El Supremo Tribunal Federal (STF) le hizo la vida imposible a Bolsonaro, y lo normal sería que dejara de tener protagonismo en el pin-pan-pum de la política, de manera ocupe sin más su papel de valedor de la Constitución. El presidente de la República nombra a los magistrados miembros del Tribunal, que permanecen en sus puestos hasta la jubilación. En la anterior etapa, Bolsonaro solo pudo nombrar dos.

En los próximos cuatro años corresponde nombrar otros dos. En cualquier caso, la mayoría de vocales designados por Lula (ahora son 9 de 11) está garantizada. Habrá que ver si el STF se siente cómodo volviendo a su papel tradicional de Tribunal meramente judicial, sin gozar del protagonismo político de tuvo hasta hoy.

Sí que tiene capacidad de decisión el presidente de la República en política exterior, y ahí es donde el inquilino de Planalto podrá ejercitar sus poderes para que Brasil brille con mayor o menor intensidad. Zapatero llegó el pasado jueves a Sao Paulo y declaró aquí a la Prensa que espera que el país vuelva a liderar la opción de la multipolaridad, frente a la actual división de bloques, una especie de tercera vía que recuerda mucho al Movimiento de los No Alineados, que en realidad nunca llegó a cuajar.

Normalidad electoral

Por lo demás la normalidad fue la principal característica de la jornada electoral de ayer, un día de mucho calor en todo Brasil. Bolsonaro votó en Rio y Lula en Sao Paulo. Bolsonaro había llamado a sus fieles y simpatizantes a ser «fiscales» del proceso electoral en los colegios. No volvió a la carga contra las urnas electrónicas ni con nuevas sospechas de parcialidad. Pero sí pidió a sus incondicionales que estuvieran presentes en los Colegios, abiertos desde las 8 de la mañana y cerrados a las cinco de la tarde en todo el país. «Estén pendientes de cuanto ocurra allí dentro», exhortó el capitán en un video divulgado por los gerentes de su campaña.

Esa actuación de sus afines como «fiscales de urnas» está prevista en la legislación brasileña, aunque se les prohíbe «generar conflictos, dificultar el trabajo de los miembros de la mesa de la votación o intimidar a los electores». Bolsonaro ha puesto en duda reiteradamente la legitimidad de las urnas electrónicas, que el país utiliza desde 1996, e incluso dijo varias veces que no reconocería el resultado en caso de derrota. Algo matizado en los últimos días de la campaña.

A la pregunta de si respetaría el resultado, llegó incluso a decir a la cadena Globo el pasado viernes, tras finalizar su último debate con Lula, que «no existe la menor duda. El que tenga más votos, ganará. Eso es democracia».