África

Bienvenidos a Goma, la capital mundial del odio y del terror

El M23 se encuentra a 40 kilómetros de la gran ciudad congoleña y las autoridades han hecho pública esta semana la ejecución de 272 personas a manos de la temida guerrilla

Fuerzas kenianas patrullan una calle de Goma, en República Democrática del Congo.
Fuerzas kenianas patrullan una calle de Goma, en República Democrática del Congo. FOTO: Jerome Delay AP

Fue Arturo Graf, poeta y aforista italiano del siglo XIX, quien dijo que “el de la locura y el de la cordura son dos países limítrofes, dos fronteras tan imperceptibles que nunca puedes saber con seguridad si te encuentras en el territorio de la una o en el territorio de la otra”. Esta frase encuentra su representación física en la frontera entre República del Congo y Ruanda, entre las ciudades de Goma (RDC) y Gisenyi (Ruanda). Las líneas dibujadas hace siglos por los europeos se desdibujan aquí a raíz de los brotes de locura que germinan en la madreselva, estirando sus ramas para atrapar a todos los habitantes de esta tierra de frontera y enloqueciéndolos y sanándolos a una misma vez.

Gisenyi es una ciudad limpia y de aspecto acogedor. Al borde del lago Kivu se despliegan las terrazas de los bares donde grupos de jóvenes beben cerveza fría y estallan en carcajadas esporádicas. Las aceras, limpias de basura y asfaltadas correctamente, subrayan el sobretítulo que recibe Ruanda al ser calificada como “la Suiza africana”, y el ambiente se respira libre de residuos. Tras un primer vistazo, Gisenyi parece tener todo lo que necesita una floreciente ciudad fronteriza: un bullicioso mercado, aduanas efectivas con sus agentes vestidos de manera impecable, turismo, normas que se cumplen a rajatabla y el delicioso trajín de productos que van y vuelven de la línea que marca el inicio de RDC.

La cruz de la moneda

Goma es una de las ciudades más peligrosas del mundo. En su lado de la orilla del lago Kivu flotan remesas de basura, mientras los bares que había en Ruanda se ven sustituidos por mugrientos embarcaderos. Las aceras no existen en la ciudad. Sinuosos caminos de tierra irregular zigzaguean entre las chabolas de chapa, se encharcan en los meses de lluvias y generan verdaderos lodazales donde los niños arrastran los pies descalzos con la misma ilusión que un anciano que no consiguió cumplir sus sueños. Un millón de personas habitan este escenario. Basta un primer vistazo para comprender que Goma escenifica el estrepitoso fracaso de la civilización que trajo Bélgica a golpe de grilletes: los cristales de la aduana están agujereados por los disparos, el turismo aquí es inexistente, no existe la ley y el orden porque la ley y el orden cambian de un día para otro, según sucedan los acontecimientos. Y son de sobra conocidos los abusos que sufren las mujeres encargadas de transportar mercancías a un lado y otro de la frontera.

Goma es además una ciudad sitiada. A menos de cuarenta kilómetros, los rebeldes del M23 asesinan a decenas de civiles cada semana, mientras buscan alcanzar la ciudad y apropiarse de ella, tal y como ocurrió durante unos meses de 2012. Goma es hoy una ciudad militarizada en su máxima expresión. Tropas de cascos azules de MONUSCO (la misión de Naciones Unidas en el este de RDC) patrullan el barro en compañía de efectivos congoleños y miembros integrados en la reciente misión enviada por la Comunidad Africana Oriental (CAO) para frenar un desastre en ciernes, y los niños que arrastran los pies les miran pasar con el ceño fruncido, sin sonreír. Hace más de 20 años que la situación en Goma es insostenible y ya quedaron atrás los días donde los niños sonreían y soñaban con ser soldados cuando crecieran.

El odio que se respira aquí es asfixiante. Es un odio afónico e incrustado en su sociedad como los restos de comida en una sartén quemada, que no atiende a razones y se deja arrastrar por las muchedumbres. El habitante de Goma odia a todo lo que viene de fuera de su desolada ciudad. Odian a los rebeldes del M23 pero también a los cascos azules y a los soldados congoleños y a los soldados ugandeses y kenianos desplegados en la misión de la CAO. Odian a la MONUSCO porque lleva operando en su país desde 1999 sin que su situación haya mejorado. Es más, empeora por momentos. Odian a las fuerzas de seguridad locales por su ineficacia a la hora de defenderles y odian a las tropas africanas por su actitud altanera a la hora de tratar con ellos. Odian a los europeos por haber construido los cimientos de su drama. Odian con especial intensidad a sus vecinos, los ruandeses, porque les acusan de financiar al M23 y de robar el oro y el coltán que se extrae de RDC. Desde su lado de la frontera observan las calles impolutas de Gisenyi y su odio palpita a punto de estallar.

Ejecuciones en masa

15 de junio de 2022: una muchedumbre enfurecida se concentra en Goma para expresar su enfado ante los vínculos que guarda Ruanda con el M23. En un momento de éxtasis furioso, un alto mando congoleño sentencia que “si Ruanda quiere guerra, la tendrán”, y la multitud responde abalanzándose contra la frontera para intentar entrar en Ruanda y mancharse con la sangre de sus vecinos. 17 de junio de 2022: un soldado congoleño entra en el espacio fronterizo disparando su ametralladora al modo Rambo y hiere a dos militares ruandeses. Es abatido en el acto y se desangra en la línea de la imaginación. 26 de julio de 2022: la frustración de Goma se vuelca contra los cascos azules y estallan unas fuertes protestas donde los soldados de la ONU se ven obligados a abrir fuego. Los congoleños queman un vehículo militar y saquean las oficinas de Naciones Unidas en la ciudad. Tres cascos azules y al menos doce civiles mueren a lo largo de la jornada. 31 de octubre de 2022: los rebeldes del M23 toman la ciudad de Kiwanja, a 40 kilómetros de Goma. La sombra del horror se extiende. 19 de noviembre de 2022: un soldado congoleño repite la hazaña que intentó su compañero en junio y muere de idéntica manera. 1 de diciembre de 2022: cientos de ciudadanos se manifiestan en Goma contra la presencia de las tropas de la CAO y en mitad de los disturbios, un número indeterminado de periodistas son retenidos por la policía local para evitar que cubran los sucesos.

No hay que ser experto en psiquiatría para intuir que los habitantes de Goma están aterrados. Las noticias que llegan del frente, sazonadas con ejecuciones sumarias y violaciones, no son esperanzadoras. Se calcula que unos 30 civiles fueron asesinados entre mediados de junio y mediados de julio; el 2 de diciembre, el Ejército congoleño anunció que 50 civiles habían sido ejecutados por el M23 al principio de la semana en la localidad de Kishishe. Una cifra que pocos días después ascendió a las 272 víctimas. Suma y sigue. En Goma están aterrados porque ven la sombra que ya se acerca, es una sombra que reconocen de cuando el M23 conquistó Goma en 2012.

Y su odio nace del terror. Incapaces de hacer frente al enemigo, tiran piedras a quienes acuden en su ayuda, porque cada vez vienen más soldados extranjeros a ayudarles y cada vez están más cerca de caer en manos del M23. No entienden lo que ocurre, les atenaza el miedo, se difunden teorías de la conspiración, odian sin control. Son seres humanos, al fin y al cabo, entes diminutos asfixiados por una tragedia recóndita.

Cerramos con el testimonio de un joven comerciante de Goma, Christopher, que aguanta contra viento y marea la escasez de productos y la violencia callejera: “He enviado a mi hijo y a mi mujer a casa de mi hermana en Kinsasa. No quiero que mi hijo crezca rodeado de la violencia. Todo se está desmoronando aquí y la historia vuelve a repetirse. Igual que ocurrió en los años 90, los ejércitos africanos están librando una guerra en nuestro territorio, pero es una guerra que va más allá de nuestro país. Otra vez. Y ahora el resto del mundo mira para otro lado”.