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ELN: La última guerrilla de Colombia

LA RAZÓN se adentra en el campamento Che Guevara, al noreste del país. El comandante Uriel nos asegura que no van a cometer «los mismos errores que las FARC en las negociaciones», mientras sus guerrilleros se instruyen en el manejo de minas y explosivos. La paz, en esta parte de la selva, se antoja lejana

  • Guerrilleros del ELN en un entrenamiento de combate en la base de Omar Gómez/Foto: Mira-V/Damien Fellous
    Guerrilleros del ELN en un entrenamiento de combate en la base de Omar Gómez/Foto: Mira-V/Damien Fellous
Enviado especial.

Tiempo de lectura 8 min.

07 de febrero de 2018. 17:14h

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Ángel Sastre Enviado especial. 4/2/2018

El Puerto de Bajo Calima en el occidente del Valle del Cauca –Colombia–, es un caos. Hace tiempo que muchos lugareños emigraron por la violencia pero cuando amanece, la gente se concentra en el fondeadero. Hombres que descargan bolsas en barcas maltrechas. Otros se afanan por llenar las chivas –buses de hierro y colores chillones– hasta Cali. Es una villa pequeña de piratas y comerciantes. Chispea, los nubarrones se ciernen sobre nosotros. Relámpagos que rompen en el horizonte. La lancha espera, apenas se mantiene a flote. El capitán asegura, «aguanta más de lo que parece». Va a ser un largo viaje hasta llegar al encuentro del Ejército de Liberación Nacional –ELN–, la guerrilla en activo más grande de Colombia. Pero nadie dijo que fuera fácil. Son más de ocho horas de travesía, surcando el Río San Juan. Desembarcamos en una aldea perdida del departamento del Chocó. Barro, selva; sudor. El frente Che Guevara perteneciente al bloque Omar Gómez, ha decidido levantar una base allí, al lado de un río. Es un campamento instalado en un pueblo, con casas de madera y en donde los generadores, rugen para dar luz. Suena vallenato cuando cae el sol. Es imposible dormir.

El primer día amanecemos con los cánticos de los gallos para asistir a la clase de minado. Es un curso orientado a los guerrilleros que quieren ascender a oficiales. Por ahora no vemos explosivos, solo cableado, y cómo sueldan con estufas de gas los fatales artefactos. Casi el 40% de las más de 11.000 víctimas de minas antipersona en Colombia, el segundo país del mundo más afectado por este flagelo después de Afganistán, son civiles, entre ellos 1.142 menores de edad, según revela un informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (Cnmh).

El alto al fuego pactado con el Gobierno de Juan Manuel Santos terminó el 9 de enero, el proceso de paz que se lleva a cabo en Quito, Ecuador, pende de un hilo. Ninguna de las partes parece dispuesta a ceder en los puntos esenciales. «Somos escépticos del proceso, están dando malas muestras. Hasta hace poco éramos ocultados por el Gobierno, víctimas de una campaña de «invisibilización», incluso acciones que realizábamos nosotros se las atribuían a las FARC. Pero ahora que ya no existen las Fuerzas Armadas Revolucionarias, necesitan un enemigo. Entonces nos hemos vuelto los malos de todo. Por eso frentes como el Occidental Omar Gómez, nos abrimos a los periodistas. Consideramos también que las redes sociales son otra trinchera de combate en esta guerra de cuarta generación», explica el comandante Uriel.

Día dos. El suelo y la humedad devoran nuestros huesos. La mosquitera nos protege de los zancudos. Subimos la cuesta, las botas se hunden en el fango. Las suelas se despegan enterradas en el lodo. Llovizna de nuevo. Un helicóptero del Ejército sobrevuela la zona, «las pirañas» barcos militares armados, resuenan a lo lejos. Una especie de «aviso a navegantes», un asedio encubierto: Os estamos vigilando.

En la parte alta la doctora Julia atiende a otro compañera en un puesto bien equipado. «Aquí sobre todo el peligro es la malaria, más que las heridas de guerra. Es mortal Yo aprendí sobre el campo de batalla, otro doctor me enseñó», afirma. A varios metros Yeini prepara el AK 47 –fusil de fabricación rusa–. Al principio se niega a hablar pero después, nos busca entre el laberinto de madera, vegetación y tierra. Suena a catarsis. «Las mujeres en la guerrilla somos doblemente explotadas pero a la vez, también somos valoradas y luchamos con la misma gallardía que los hombres. Nos sentimos honradas, vamos al combate, sabemos hacer un explosivo...». Y el amor y la maternidad en la guerrilla, difícil, pero no imposible. Ylenia, de tez negra y cabello rizado, se asoma al portón con su pareja. Cómo casi todos en el campamento, portan el habitual pañuelo rojo y negro para ocultar su rostro ante nuestra presencia. Los dos se agarran del hombro, se miran, sonríen. Hay complicidad. Vemos sus ojos entrelazarse. «No es verdad que nos impongan a un hombre, elegimos. Tengo un hijo, y sí, a veces es difícil cuidarlo en estas circunstancias», admite. Las mujeres tienen permitido tener hijos a los tres años de estar militando, y siempre que lo hagan con una pareja estable. La mayoría de las madres se retira para engendrarlo, cuidarlo, y la mayoría también, no vuelve «al terreno».

Día tres. Imposible conciliar el sueño. Hay una persona claramente enajenada, desnuda, sin un brazo, que no para de chillar en la noche. Se encuentra en la caseta de al lado en el portón, posición fetal, inmóvil, con la vista perdida. Escuchamos versiones sobre cómo llegó allí. Hay movimiento, nos congregan, van a liberar a un paramilitar del Frente Pacífico, retenido desde hace cinco días cuando escapaba de su agrupación. Viajamos con ellos en lancha hasta otra aldea, se cala el motor en el camino pero finalmente, lo arrancan. Se respira nerviosismo durante el trayecto. Es un desertor, lo que conlleva la pena de muerte si lo encuentran sus compañeros. El preso oculta la mirada, tiene miedo porque su familia podría quedar señalada. «Me quiero ir para la tierrita pero está toda llena de autodefensas», comenta. Un colega fotógrafo llama a la Cruz Roja para que lo acompañen hasta un lugar seguro, pero nadie aparece. Los guerrilleros se despiden de él, «suerte», le dicen con la mano tendida. Su destino está sellado. De noche «la cerveza póker» y el guaro antioqueño –aguardiente– riegan la verbena. Algunas arepas de queso y chicharrón para acompañar con el trago. Juegan al billar. Los niños nos persiguen desde hace días, sobre todo cuando nos bañamos en el río. Todos son delgados pero con la tripa hinchada. Su sonrisa es constante. Se encariñan con el extranjero. Una de ellas nos sorprende en mitad de la noche. Un ruido y la luz de la linterna, que ilumina su rostro en la oscuridad. ¡Menudo susto!. No esgrime palabra, solo asiente. En nuestros brazos se desmaya con los ojos en blanco. La sacamos corriendo en busca de su madre. Nunca sabremos si fue un caso de desnutrición, fiebre u otra causa. Ahora se escucha salsa a todo volumen, otro día más de vigilia sin causa.

Día cuatro. Continúan las maniobras. En una explanada descargan su artillería. Les seguimos por caminos intransitables de puentes angostos, de troncos delgados que tiemblan sobre nuestros pies. Un guerrillero nos aguanta la cámara. Al final llegamos a una explanada donde «yace» una bola redonda repleta de 10 kg de explosivos. Parece una bomba de plastilina. Presenciamos una «clase» sobre cómo preparar armamento «artesanal». A su derecha una especie de mortero, rudimentario; un tubo de hierro sostenido por un par de troncos apuntando en dirección desconocida. Con los machetes ajustan la carcasas. El instructor dirige la jugada. Mete la metralla, enciende la mecha, y a correr. «El cráter» que genera da muestra de su efectividad. Los alumnos toman nota de la lección.

Todo tiene «nombres belicistas» en la guerrilla. Los secuestrados son presos políticos, la extorsión, impuesto revolucionario, las víctimas, daños colaterales. «Los paramilitares y el Ejército, no muestran piedad. Es una guerra», señalan. El ELN, tras el desarme de las FARC, es la guerrilla más numerosa en el continente, con más de 1.200 combatientes en activo. Se encuentran inmersos desde 2015 en un proceso de Paz que hasta ahora, no parece llegar a buen puerto. Transitan una ruta ya labrada por las FARC. Sus ideales son los mismos: acabar con la desigualdad y el reparto de tierras en un país injusto. Desarrollo rural. Basta con mirar alrededor para ver por qué empuñaron sus armas, pero hay líneas rojas intransitables que hace tiempo cruzaron: denuncias sobre abusos y asesinatos de indígenas, secuestros...

Desde que finalizó el cese al fuego, el ELN ha cometido varios atentados a instalaciones y comisarías. Esta semana se adjudicaron dos ataques, uno cometido en el municipio de Soledad Atlántico con cinco agentes heridos y otro en Barranquilla, donde murieron cinco policías. También ha seguido secuestrando, la última víctima es un contratista de Ecopetrol. Cuatro personas permanecen retenidas por el ELN. Según estadísticas de la ONG Fundación País Libre, 6.729 personas fueron secuestradas por el ELN entre 1985 y 2015; de ellas, 148 habrían muerto en cautiverio. También han protagonizado grandes matanzas. Por ejemplo, en 1998, en Machuca, región de Segovia (Antioquia), volaron un oleoducto causando la muerte de 84 civiles, calcinados, y más de 30 resultaron heridos. En 2016, la Fiscalía General de Colombia acusó al ELN de 15.896 delitos, cometidos en las últimas tres décadas: 930 reclutamientos ilícitos, 5.391 homicidios y 2.989 desplazamientos forzados. La lista continua, es larga.

En el caso de las FARC, los únicos beneficiados del proceso de paz por ahora, están siendo los líderes, quienes brindan en la sombra por un futuro en el Congreso y los indultos. Por su parte, el ELN quiere aprender de lo que califican como «errores de las anteriores negociaciones». Pero el tiempo se agota. El reloj de arena corre. Pereira, del ELN, sentencia: «Lo único que queremos es una paz duradera, que resuelva los problemas que originó esta guerra. Si no perderíamos medio siglo de lucha».

Por su parte el actual mandatario y premio Nobel de La Paz, Juan Manuel Santos, ya ha mostrado su disposición para alargar el alto al fuego. El presidente quiere apuntarse otro tanto antes de las elecciones de mayo, en las que el uribismo –partido del Senador Álvaro Uribe–, podría volver con fuerza. Mientras, en los más profundo de la jungla, Ylenia vuelven a formar y empuñar las armas. Otro gallo canta de fondo. Ajusta la boina roja con el rostro del comandante Che Guevara a su compañera Yeini, y piensa: ¿Qué clase habrá hoy?, ¿aparecerá el Ejército para hostigarnos?, ¿cómo estará mi hijo?, ¿habrá batalla? ,¿cuál será el rancho? Un día más en el ELN. Suenan tambores de guerra en un conflicto que no tendrá final a corto plazo.

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