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Trump abre un nuevo frente en la guerra comercial con China

El valor del impuesto se ha incrementado de un 10% a un 25%

  • Donald Trump durante una rueda de prensa
    Donald Trump durante una rueda de prensa /

    EFE

Tiempo de lectura 4 min.

11 de mayo de 2019. 01:23h

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Julio Valdeón 10/5/2019

«Hemos estado comprometidos en una relación injusta con China durante mucho tiempo. Han renunciado a los compromisos que asumieron ante la OMC, particularmente en relación con la propiedad intelectual». Las palabras de Carly Fiorina, ex CEO de Hewlett-Packard y ex aspirante en las primarias republicanas de 2016, han sido reproducidas por Donald Trump en su cuenta de Twitter. Certifican por si hubiera dudas la actitud de la Casa Blanca ante la creciente amenaza de guerra comercial con China. Sí, mientras en Washington permanecían reunidos el vicepresidente chino, Liu He, con el secretario del Tesoro de EE UU, Steven Mnuchin, y el representante comercial del país, Robert Lighthizer.

Ciertamente, desde Pekín han respondido ya con una mezcla característica de frustración y cautela. Numerosos medios chinos han publicado esta semana un mensaje, anónimo, dirigido a la Casa Blanca. «Si quieres hablar, podemos hablar. Si quieres luchar, lucharemos». Más adelante, se añade que «estamos preparados para luchar». Pero su promesa se superpone a la evidencia de que ayer entraron en vigor los nuevos aranceles a las exportaciones chinas. Un espectacular 25% a productos valorados en más de 200.000 millones de dólares. En realidad se trata de una jugada con truco: no se aplicó a productos que ya estuvieran en tránsito; faltan varios días, puede que semanas, para que los primeros lleguen a los puertos estadounidenses. Justo el tiempo que los negociadores esperan que sirva para clarificar las cosas y evitar lo que, entonces sí, tiene todo el aspecto de escalar hasta transformarse en una auténtica guerra fría económica. Quizás por ello Trump dijo ayer que no tiene prisa por cerrar el acuerdo. Pero la batalla de nervios, y la sensación de que los dos actores están dispuestos a bailar hasta quedar colgados junto al abismo, pendientes de ver quién parpadea antes y quién cede, crece por momentos.

No ayuda la tendencia del presidente Trump a tuitear y a borrar sus propios comentarios en redes sociales. Una práctica criticada por numerosos expertos legales, que temen que la Casa Blanca no guarde registro histórico de unos comunicados que tienen carácter oficial, y que ayer mismo le llevó a escribir que «las conversaciones con China continúan de una manera muy agradable: no hay ninguna necesidad de apresurarse, ya que China está pagando aranceles a Estados Unidos del 25% por 250.000 millones de dólares en bienes y productos... ¡Solo siéntense y observen! Mientras tanto, China no debería renegociar los acuerdos con Estados Unidos en el último minuto. Esta no es la Administración de Obama, o la Administración de Sleepy Joe [por Joe Biden, al que apoda Joe El Dormilón], quienes dejaron que China se saliera con la suya con sus “crímenes”».

Minutos después procedía a borrar éste y otros comentarios relativos a China. Por supuesto se refería a los crecientes rumores respecto a las negociaciones, que al parecer habrían sufrido un súbito parón el viernes de la semana pasada, cuando el Gobierno chino ordenó a sus negociadores subir sus exigencias en aspectos clave y teóricamente ya discutidos, empezando por los problemas derivados de la propiedad intelectual y siguiendo por sus prácticas monetarias. En opinión de Washington las autoridades chinas habrían leído demasiado en unos tuits de Donald Trump, tomando por muestras de debilidad lo que no eran sino mensajes en clave a la Reserva Federal. Por supuesto China cuenta con varios elementos a su favor, empezando por la evidencia de que se trata del principal propietario de la deuda pública estadounidense. Sin olvidar la inmensa ventaja que le confiere tratarse de una dictadura, capaz de redirigir el rumbo económico con unas prerrogativas impensables en el libre mercado.

Por supuesto que los dos países cuentan con inmensas sinergias, que el peso de las empresas estadounidenses en territorio chino resulta inmenso, pero China dispone de la ventaja adicional de contar con una red de clientes global que incluye, para empezar, al resto de potencias económicas orientales, mucho más dependientes de las decisiones de Pekín y sus intereses que del rumbo que pueda adoptar EE UU. Aunque no cabe duda de que las primeras perjudicadas de la guerra que viene, en realidad ya sufren desde hace un año, serán las grandes factorías y exportadores chinos. Ellos, más que nadie, necesitan desesperadamente el acuerdo o perderán un mercado clave. Muchos se verán obligados a cerrar.

Hu Xijin, editor del periódico estatal «Global Times», escribió ayer que «el mercado bursátil de China cerró el viernes a las 3 a.m., hora de Estados Unidos, con un índice SSE que aumentó un 3,1%. Esto engloba ya las horas en las que entraron en vigor las nuevas tarifas, lo que demuestra que el mercado de China ha resistido en gran medida la ola inicial del impacto psicológico provocado por los aranceles de Trump». «Es el turno del mercado estadounidense a continuación», añadía, pero este caía al cierre de esta edición. «China insiste en algunos puntos: la parte estadounidense debe eliminar todas las tarifas adicionales y las compras que pide EE UU deben de estar en línea con la realidad.Creo que la insistencia es razonable». Puede que lo sea, pero en Washington no piensan ceder. Trump será muchas cosas, pero pocos como él hicieron carrera, precisamente, a partir del gusto por negociaciones en el alambre.

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