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Geopolítica en el Caribe

  • Geopolítica en el Caribe

Tiempo de lectura 4 min.

03 de febrero de 2019. 03:16h

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Rafael Calduch Cervera- .  3/2/2019

Tras el pronunciamiento de Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela, los acontecimientos se han precipitado provocando un enfrentamiento político y social con la dictadura del presidente Nicolás Maduro, que muchos auguran que será definitivo para el régimen chavista pero que todavía se vislumbra imprevisible en su evolución e incierto en sus resultados. A diferencia de las crisis políticas anteriores, esta vez el inmediato reconocimiento internacional del nuevo presidente por los gobiernos de EE UU, Canadá, Colombia, Brasil, Argentina, Chile, Perú y Ecuador, ha situado esta rebelión popular en el escenario de la geopolítica global.

A la amenaza lanzada por Donald Trump que no descartaba una intervención militar, le sucedió la advertencia de Moscú sobre las graves consecuencias de semejante iniciativa norteamericana junto con un apoyo diplomático explícito al presidente Maduro por parte de Rusia y China. En este contexto internacional, el Gobierno español junto los miembros e instituciones europeas se limitaron a reclamar la convocatoria de unas auténticas elecciones libres y democráticas, como única fórmula política para salir de la crisis evitando la temida escalada de violencia.

Esta posición inicial de la Unión Europea y de España caracterizada por la prudencia, fue inmediatamente descalificada en las redes sociales por todos aquellos ciudadanos del mundo que deseaban el fin inmediato de la dictadura y del sufrimiento del pueblo venezolano.

Sin embargo, estas voces honestas muy pronto se vieron sofocadas mediáticamente por la batalla propagandística, nacional e internacional, desatada por los seguidores de cada parte que lejos de facilitar la salida de la crisis la ha prolongado y complicado. Por ello, siendo rigurosos conviene reconocer que aunque la crisis venezolana se ha internacionalizado, su resolución no vendrá decisivamente del exterior sino de la evolución política interna.

En efecto, durante las dos últimas décadas se han producido en el mundo el suficiente número de rebeliones populares contra las dictaduras para que podamos extraer algunas lecciones aprendidas.

En primer lugar el éxito o fracaso de las rebeliones populares depende principalmente de la correlación de fuerzas políticas y sociales a favor o en contra de las dictaduras en el seno de cada país. En dicha correlación resulta decisiva la posición que adoptan las Fuerzas Armadas ya que pueden facilitar la caída del dictador, como en los casos de Túnez o Egipto, pero también pueden protegerlo y mantenerlo, como en los casos de Nicaragua, Libia, Yemen o Siria, incluso al precio de provocar guerras civiles.

En segundo término, el derrocamiento o continuidad de las dictaduras tras los levantamientos populares, suele ir acompañado de una violencia represiva que puede terminar generando otra de naturaleza reactiva, cuya duración, extensión y consecuencias nadie es capaz de prever y controlar. Este es un factor que los gobiernos de terceros países deberían ponderar con suma prudencia a la hora de brindar apoyos, decidir sanciones internacionales o, en el límite, realizar intervenciones militares de imprevisibles resultados políticos pero de seguros efectos destructivos para la población.

En el caso de Venezuela, la decisión de una intervención militar extranjera, abierta o encubierta, provocaría una respuesta violenta por parte de las Fuerzas Armadas y las milicias chavistas, probablemente con apoyo exterior, que arriesgaría precipitar al país a una guerra, contribuyendo internamente a una deslegitimación política del presidente Guaidó y las fuerzas opositoras. Las experiencias de Siria, Irak en 2003 o Afganistán resultan aleccionadoras.

En este contexto, el reconocimiento del presidente Guaidó por parte del Parlamento Europeo, al que se sumarán este lunes los del Gobierno español, Reino Unido; Francia y Alemania, sin duda incrementará la presión internacional sobre Nicolás Maduro.

No obstante, todas estas iniciativas europeas resultarán insuficientes si no se logra que la mayoría de las tropas y las bases populares del chavismo se desvinculen definitivamente del dictador y de las élites que le apoyan.

Incluso cuando se alcance la expulsión de los actuales dirigentes maduristas del poder, el presidente Guaidó, tendrá por delante un ardua y delicada tarea política de recomposición de las lealtades ciudadanas a las instituciones estatales, lo que exigirá mucho más que la celebración de unas elecciones libres. Todo ello sin olvidar el costoso proceso de recuperación económica y social, no exento de riesgos de involución.

Cuando llegue ese momento, si es que se alcanza, podremos comprobar hasta donde se involucran esas potencias internacionales, comenzando por Estados Unidos, que ahora se postulan como las más fieles defensoras de la democracia en Venezuela. Tal vez ese sea el momento en que España y el resto de la Unión Europea puedan acreditar con su eficaz ayuda al pueblo venezolano, que sus precauciones diplomáticas actuales no eran debilidad sino prudente sensatez y que sus convicciones democráticas no se miden por las soflamas demagógicas o las declaraciones oportunistas.

Catedrático de Relaciones Internacionales en la UCM

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