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¿Puede EE UU forzar un cambio de régimen en Irán?

El presidente Trump quiere más sanciones contra Teherán y un levantamiento social de los iraníes contra la élite política, pero de momento el régimen no parece haberse debilitado

  • Decenas de efectivos de la Guardia Revolucionaria iraní
    Decenas de efectivos de la Guardia Revolucionaria iraní /

    Efe

Tiempo de lectura 4 min.

08 de abril de 2019. 20:28h

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Goyo G. Maestro 8/4/2019

Los dos mayores enemigos de Irán se sientan habitualmente en la Casa Blanca. Son John Bolton, consejero de Seguridad Nacional de Donald Trump, y Mike Pompeo, secretario de Defensa, dos halcones que tienen al régimen iraní metido entre ceja y ceja. Desde que llegaron al gabinete de Trump han instigado al presidente para potenciar una política más agresiva contra el régimen de los ayatolás.

El último disparo ha tenido como objetivo la Guardia Revolucionaria, designada hoy por EE UU como grupo terrorista. Esta rama de las Fuerzas Armadas iraníes fue creada hace cuatro décadas con la función de proteger al sistema teocrático y cuenta con unos 125.000 efectivos militares, entre fuerzas terrestres, aeroespaciales y navales, según Efe.


Varios analistas han señalado como Israel, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han estado presionando a la Casa Blanca para promover un cambio de régimen en Teherán. La cuestión que muchos analistas plantean es qué precio habría que pagar para alcanzar este objetivo, incluso si ese cambio se hace por vía indirecta y no con un ataque directo sobre el terreno.

Bolton pidió en un artículo en The New York Times en 2015 que Irán fuese bombardeado y advirtió a Teherán que pagará un precio muy caro sus amenazas contra Estados Unidos. En enero de este año se supo que la Casa Blanca había pedido al Pentágono información sobre las opciones para atacar Irán después de dos incidentes en septiembre de 2018, cuando disparos con morteros iraníes se acercaron a instalaciones diplomáticas en Irak.

“Le hemos dicho a la República Islámica de Irán que usar una fuerza exterior de poder para atacar intereses estadounidenses no nos impedirá responder contra ellos”, dijo Pompeo a la CNN en ese momento, dejando claro que era posible una respuesta militar. La escalada verbal entre los mandamases de los países ha dejado de ser excepcional: “Estados Unidos debe saber que la paz con Irán es la madre de todas las paces, y la guerra con Irán es la madre de todas las guerras”, ha señalado el presidente iraní Hasan Rohani.

Antes que atacar a este país con ochenta millones de habitantes y bien pertrechado con fuerzas paramilitares, la administración Trump ha tirado del manual clásico para asfixiar al enemigo. Así, puso en marcha su maquinaria diplomática para acrecentar el aislamiento internacional de Teherán y activar nuevas sanciones comerciales y bancarias.

En este sentido, el gran paso fue la salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear firmado en 2015 por Obama y otras cinco potencias europeas con Irán. Trump consideraba que ese acuerdo no impedía lo suficiente que Irán desarrollara sus “actividades desestabilizadoras” en la región. A raíz de esa medida, el régimen de los ayatolás ha perdido gran parte de los beneficios económicos que dicho tratado llevaba aparejados.

En lo tocante a seguridad, existe un riesgo evidente en el caso de que Irán decidiera finalmente alejarse del pacto nuclear que a duras penas se mantiene vivo por la insistencia europea. En ese caso, los persas retomarían su programa para construir una bomba atómica, lo que supondría un paso de gigante hacia una guerra abierta con Israel, cuyo Gobierno ha remado en el pasado hacia una confrontación militar con Teherán.

Uno de los argumentos que esgrime Estados Unidos contra Irán es la naturaleza misma de este país, considerado un “régimen teocrático”, pero sus detractores aseguran que Arabia Saudí también lo es y se mantiene como uno de los principales aliados de EE UU. También se argumenta sobre la estrategia desestabilizadora iraní en la región, primero en Siria, donde ha dado apoyo al dictador Bachar al Asad con el envío de miles de soldados durante el conflicto, pero también en la guerra de Yemen -apoyando al grupo rebelde chiita Houthi- y en Líbano, sosteniendo al grupo Hizbula, calificado de terrorista por la UE.

Otro de los movimientos americanos para dinamitar Teherán son las sanciones económicas, que han dañado a la élite dirigente pero también a las clases medias. Enfadadas por la crisis económica y las promesas incumplidas, miles de personas iniciaron una ola de protestas a finales de 2017 y principios de 2018 para criticar al Gobierno.

Desde Washington apoyaron ese movimiento civil en las calles con la esperanza de que el malestar creciente pudiera ser el detonante de una embestida contra las autoridades iraníes que hiciera caer al régimen en un futuro. Máxima presión para que el régimen colapse, pero no parece haber dado frutos.

Los riesgos de una caída traumática del régimen teocrático afectarían notablemente a Europa. “Un Irán desestabilizado haría que el Irak derrotado por Estados Unidos fuera Disneylandia comparado con lo que puede suceder en Irán”, ha escrito el profesor y experto en Oriente Medio Juan Cole. “Provocaría un éxodo de cientos de miles de personas, quizá millones, hacia Europa, exacerbando las disputas sobre inmigración en el continente europeo”.

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