Literatura

Elsa Drucaroff: “El patriarcado no genera sino dolor en hombres y en mujeres”

La escritora argentina presenta en Madrid su primer libro de cuentos, “Checkpoint”. Habla con este diario sobre la generación estrella de la literatura de Argentina, el relato como género literario y el feminismo como herramienta para lograr un mundo mejor

Elsa Drucaroff es un volcán. Todo en ella parecen ser certezas. Sus cuentos son también tajantes y llenos de sorpresas. La autora argentina visitó Madrid para presentar "Checkpoint", su primer libro de cuentos después de cuatro novelas y varios ensayos. Le apasionan la política, el feminismo y la escritura. De todo eso habló con nosotros.

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La política y la corrupción están presentes en muchos de los relatos de "Checkpoint". ¿Cómo ve el regreso político de Cristina Fernández de Kirchner como vicepresidenta de su país?

–La corrupción en mi país es estructural, no la inventó el Kirchnerismo. Yo he sido siempre una observadora crítica de los procesos políticos y, respecto del kirchnerismo, he elogiado muchas cosas cuando consideré que tenía que hacerlo y he criticado otras. Cristina Krichner regresa como vicepresidenta de la nación en un sistema profundamente presidencialista, que no es como el sistema español. El presidente tiene un poder enorme, mientras que el vicepresidente tiene un poder estratégico, en cuanto que dirige los debates en el Senado. Estamos en el fondo del pozo; el país en cuatro años fue vaciado y endeudado de una manera impresionante. Estamos muy cerca de una situación catastrófica similar a la de 2001. No hay reservas en el Banco Central, hay una hiperinflación contenida, hay hambre y miseria en la calle como solo se había visto cerca del estallido de 2001. Peor no podemos estar. ¿Qué va a hacer Alberto Fernández? Evidentemente, mejor que el macrismo va a ser. Más no puedo decir.

Usted ha sido predecesora de una generación de escritores argentinos –Samanta Schweblin, Mariana Enríquez o Andrés Neuman, por ejemplo– que ya desde hace unos años goza de mucho reconocimiento internacional, ¿nos puede señalar algunos rasgos comunes de ese boom creativo en la Argentina?

–Es difícil decirlo porque son muy diferentes. Sí hay algo que yo vi como marca, aunque ya no sé hasta dónde sigue vigente. Creo que tanto en la narrativa de Andrés Neuman como en algunos cuentos de Samantha Schewblin, y en muchas partes de la obra de Enríquez, se pueden leer las marcas de un trauma por la memoria de una represión tremenda, ilegal y asesina que asoló a las jóvenes generaciones que llegaron antes que ellos y que ellos no conocieron. En Argentina no solo hubo 30.000 desaparecidos, sino que también hubo secuestros de niños. Todavía hoy hay varios cientos de niños que fueron arrancados de sus padres, que crecieron como fantasmas sin saber quiénes eran.

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Buena parte de la literatura de Schweblin está poblada de presencias inexplicables, de una sensación de inseguridad de los hijos; no creo que ella se haya propuesto hablar de esto a nivel consciente, pero aparece ese imaginario de hijos dañados, desaparecidos, sin que exista por ello un elemento político explícito. En cambio, en Mariana Enríquez sí; su imaginario de terror está atravesado por los problemas de la desigualdad social y por el trauma del pasado político argentino. Andrés Neuman, por su parte, es un escritor de dos orillas, como le gusta decir a él. Y en “Una vez Argentina”, donde recuerda su infancia y adolescencia en el país, hay escenas muy fuertes donde se puede leer esa culpa de ser joven. Ese es un rasgo que determina bastante lo que se escribió en la primera década del 2000 y en la del 90 entre la nueva generación de escritores y escritoras argentinos. Indirectamente o no, el trauma por los 30.000 desaparecidos se puede leer.

Es su primer libro de cuentos, usted que suma cuatro novelas, numerosos ensayos y que ha estudiado el relato breve de su país en profundidad. ¿Qué diferencias, sorpresas o dificultades encontró en la escritura breve?

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–La escritura breve tiene exigencias muy distintas de la novela. Lo que pide el cuento, al menos el tipo de cuento que a mí me interesa hacer, es un avance hacia un núcleo único, mucho más tenso. Si hay historias secundarias o ramificaciones tienen que ser integradas en un punto de tensión final. Y, además, el cuento pide un remate, que está bien que sea una sorpresa o una revelación. El final de la novela no necesariamente pide revelación. Mis novelas terminan cuando la historia se terminó de contar, mientras que el cuento termina con la tensión de una sorpresa final.

¿Hay en el libro algo de nostalgia por épocas pasadas o de intención de revistar ciertos momentos políticos? Pienso en el primer cuento, "Anteúltima cita".

–Coincido no tanto con la palabra nostalgia, como con la palabra revisitar. Muchos de mis cuentos revisan hechos históricos argentinos e intentan repensarlos. La nostalgia conlleva un lamento por lo perdido, y ese no es un sentimiento que esté en mis cuentos. Lo que sí está es una mirada crítica hacia el pasado. Este es un momento muy complicado para la sociedad globalizada y tecnológica. Es un momento del puro presente, donde un tuit se superpone a otro, un escándalo se superpone a otro. Lo último que pasó habita las redes durante dos días y al tercero, nadie se acuerda. No hay tiempo. No hay lugar ni espacio para pararse, mirar atrás y preguntarse qué fue lo que pasó. Ese qué pasó es una instancia de pensamiento crítico fundamental para seguir adelante. Porque el pasado no es un valor en sí mismo, volver al pasado es inútil, imposible; vivir en el pasado es improductivo y negador, no sirve. Lo que sí sirve es volver a pensar el pasado.

Otro tema recurrente en los relatos es el de la sexualidad femenina. Esa manera de vernos a las mujeres exclusivamente como objeto de deseo o como madres, a la que hace referencia, ¿qué repercusiones tiene en la sociedad? Me refiero no solo a cómo nos afecta a nosotras, sino a los beneficios sociales, políticos y económicos que puede traer un cambio del orden establecido.

–Para que la mujer sea un objeto hay un precio terrible: el hombre es el único que tiene derecho a ser sujeto. Eso puede ser visto como un privilegio, pero también produce una enorme soledad. Tener que insistir todo el tiempo en que uno es fuerte, no llora, que uno la tiene y la tiene grande, es un trabajo enorme, doloroso. Ser varón es una carga muy pesada y lo es porque el amor no es algo que solo necesitamos las mujeres. Por el otro lado, a las mujeres se nos define como a las que no tenemos. Los varones tienen pene y nosotras tenemos, supuesta y absurdamente, un agujero. ¡Ningún agujero! Una genitalidad definida como agujero construye mujeres que para sentir que son algo tienen o que masculinizarse o que objetualizarse, es decir, ponerse en una situación que es constitutivamente humillante. Sostenerles a los hombres la ficción de que ellos son seres completos y nosotras agujereadas genera un nivel de resentimiento que, a la hora de la verdad, degenera en venganzas subrepticias de parte de las mujeres. Por ejemplo, en su poder como madres, el único lugar donde nos dejan ser personas y tener alguna decisión. Así, mientras tenga un hijo, mi hijo va a ser mi instrumento para torturar a un hombre. Estas son situaciones que el patriarcado genera. El patriarcado no genera sino dolor en hombres y mujeres. El cambio de posiciones en los géneros va a beneficiar y beneficia, cuando se logra, a toda la humanidad.

Por otra parte, nosotras hemos desarrollado –porque la cultura nos ha puesto en ese lugar– la inteligencia de los afectos, y esa inteligencia tiene un montón de saberes de los que hasta la política se podría nutrir. Por ejemplo, el poder que una madre tiene sobre un hijo y cómo lo utiliza. En la teoría política se tiene el poder porque otra persona no lo tiene. Son posiciones que te pueden arrebatar, por ejemplo, con un golpe de estado (estas ideas no son mías, son de la extraordinaria filósofa italiana Luisa Muraro). Entonces, una madre va a usar su poder para volver a su hijo tan poderoso como ella. Para poder hacer esto, la madre se plantea como una figura de autoridad, no de poder. Esta forma de poder cambiaría el mundo. La autoridad es más legítima, democrática e interesante que el poder. Hemos visto a mucha gente que tiene el poder, pero no la autoridad. Como Maduro. O Macri. Las mujeres tenemos que empoderarnos de esa autoridad y ser capaces de transmitirla en otras situaciones. Salir a decir: "No solo somos sujetos cuando somos madres".

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