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Más de 215 musicales están basados en películas

El estreno de «9 to 5» en el Maldà vuelve a poner de relieve cómo el cine se ha convertido en la principal inspiración para el teatro musical, de «Flashdance» a «Dirty dancing»

  • “Flashdance” ha sido uno de las últimas adaptaciones musicales de una película que hemos podido ver
    “Flashdance” ha sido uno de las últimas adaptaciones musicales de una película que hemos podido ver /

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Barcelona.

Tiempo de lectura 8 min.

10 de junio de 2019. 20:59h

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Carlos Sala.  Barcelona. 10/6/2019

Los que aseguran que vivimos en la edad de oro de la televisión, y que ahora su influencia y calidad es infinitamente mayor que la del cine, pierden de vista un detalle importante, el cine todavía maneja la legitimidad del discurso. El cine ha perdido poder creativo, puede ser, pero ha ganado en captación de prestigio puesto que ha capturado la verdad del relato, la invocación a la vieja imaginación, que es a lo que aspira toda narración. Le ha ocurrido lo mismo que le ocurrió a la literatura en los años 20. Había perdido su relevancia cultural por la irrupción del cine, más imaginativo, nuevo y popular, pero había adquirido hasta monopolizarlo el prestigio del discurso. Sus viejos relatos alcanzaron casi una reverencia popular que hasta entonces no había tenido y por eso el cine se lanzó sobre sus novelas en busca de historias de prestigio, reconocimiento y representación. La televisión, por tanto, puede ser hoy más relevante y creativa que el cine, pero culturalmente no cuenta ni remotamente con su prestigio.

Podríamos decir que vivimos en la era de una aristocracia despojada de su antiguo poder, pero que al mismo tiempo que ha conservado, en su nombre, la proyección multiplicada de dicho poder. El cine, como la aristocracia, se han convertido así en palabras mágicas. La televisión, en este caso, sería como un nuevo rico, ni más ni menos. Hablando de cine, es como el discurso de Obi One Kenobi a Darth Vader en «La guerra de las galaxias» cuando le dice: «mátame y seré mucho más fuerte de lo que puedas imaginar». La televisión puede haber matado al cine, pero sólo para hacerlo más fuerte.

Esta legitimidad, reconocimiento y representatividad del cine se puede ver en multitud de esferas, pero hay una que no engaña y deja claro hasta qué punto la cultura popular sobre todo mira al cine para atraer a la gente. Todavía es el gancho para atraer las mayores recompensas. Nos referimos a los musicales, extravagantes montajes lo suficientemente caros como para necesitar atraer a cuantas más personas mejor. Y esto lo logran con el gancho de una película, no de una serie de televisión. Porque el discurso de prestigio y poder lo tiene el cine.

Pensemos en los Premios Tony que se celebraron el pasado domingo y que valoran los mejores «shows» de Broadway del año. Allí estaban, a parte de algunos montajes originales, nuevas adaptaciones de «Beetlejuice», «Tootsie», incluso uno de los éxitos del teatro de texto de la temporada fue «Network» o «Matar a un ruiseñor», aquí mencionado no por el original de Harper Lee sino por los paralelismos de la obra de teatro con su versión cinematográfica protagonizada por Gregory Peck.

Como vemos, ya no se buscan los cuentos de Damon Runyon para «Guys and Dolls», o las historias de gatos de T. S. Elliot para «Cats» o la vida de Christopher Isherwood para «Cabaret», sino que ahora lo que impera como culturalmente relevante son las películas recientes, ni siquiera se neceista que sean clásicos, sino filmes amados pos las suficientes personas para que su discurso sea atractivo para el mayor número posible de personas. Y esto no sólo ocurre en Broadway, sino que es un fenómeno global.

Esta semana, después de su éxito la pasada temporada en el Teatre Gaudí, el Maldà reestrena la versión musical de la película «9 to 5», aquella comedia de 1980 protagonizada por Jane Fonda, Lily Tomlin y Dolly Parton, gran responsable del proyecto. La compañía Epidèmia Teatre pone frescura, energía y color a esta historia que indaga en la discriminación laboral de la mujer hoy tan de actualidad como hace 40 años. «Queremos ofrecer una mirada nueva y crítica del genero musical y compartir con el público esta historia sobre una desigualdad todavía vigente», sentencia la compañía.

El director del espectáculo es Xavier Morató, que cuenta con Joel Rius como director musical y Marta Borràs, Joan Sáez, Aida Llop, Mireia Lorente-Picó y Anna Marquès en los papeles protagonistas. La trama narra las peripecias de tres mujeres que están hartas del trato que reciben de su jefe y encuentran la fuerza para rebelarse después de fumar marihuana en un descanso del trabajo. «Como dice la canción más famosa del musical, trabajar de nueve a cinco es suficiente para volverse imbécil. Tanto si ya os habéis vuelto o estáis en proceso, este es un musical para vosotros», comenta Morató.

A pesar de ser una comedia, el discurso detrás de la pieza es un claro ¡no! contra la discriminación laboral, ya sea desde la condescendencia paternalista como a la simple negación. La utilización de una vieja película para lograr mayor fuerza al discurso es evidente. Nadie de menos de 40 años recuerda esta película y pocos de más la recordarían más allá de una nota al pie. Sin embargo, el cine ahora tiene ese poder de representatividad de una comunidad o una realidad común.

La lista de películas convertidas en musical en los últimos veinte años es infinita, pero la tendencia se ha multiplicado por mil en los últimos años. En la cartelera barcelonesa acabamos de ver, por ejemplo, «Flashdance», otro hito de los 80 y en las últimas temporadas han pasado por aquí «Sister Act», con Whoopie Golberg asistiendo al estreno o «Dirty Dancing», la película que convirtió a Patrick Swazy en estrella. A pesar de que se puede discutir que sea un fenómeno simple de nostalgia, esta nostalgia encierra la forma en que el cine ha capturado la fuerza del discurso popular. ¿Por qué no hay musicales de «Alf», «Las chicas de oro» o «Luz de luna»?

Hace más de una década, el enésimo intento de convertir a Barcelona en una nueva capital mundial del musical pasó por el estreno internacional de la adaptación teatral de la película «Bagdad Café». En Madrid, lleva años reventando taquillas la versión musical de «El rey león» y también han aparecido versiones de «La bella y la bestia», «Aladdin», «Billy Elliot», «El guardaspaldas», «La familia Addams», aunque el original sean sus tiras cómicas, «Amelie», «El jorobado de Notre Dame», «Big Fish», «Xanadú», «Quiero ser como Beckham», «Priscilla reina del desierto», «El crepúsculo de los dioses», con Andrew Lloyde Webber dejándose de Biblias y poemas de Elliot y apostando por el cine, como luego haría con «School of Rock». En total, se calcula que en los últimos años se han estrenado hasta 215 musicales basados en películas. Y pronto llegarán «Moulin Rouge», «Tina», «El sueño de mi vida», «El color púrpura», «Bull Durham», «El diablo viste de Prada», «Diner», «The flamingo kid», «The preachers wife», etc.

La atracción por la legitimidad del discurso del cine es, por tanto, evidente, y eso convierte al séptimo arte todavía en una expresión cultural más relevante que la televisión. Quizá sea simplemente una cuestión temporal y la televisión, dentro de 20 años, tenga esa omnipotencia en el relato colectivo de la cultura popular. Si eso ocurre, la televisión será entonces la mayor fuerza cultural, sin ninguna duda. Hasta entonces, el cine se ríe en su caja y los compositores, dramaturgos y productores seguirán rebuscando en las filmotecas en busca del viejo éxito del cine para ponerle música. La vida es serial, siempre, la televisión, por tanto, es la copia, pero el cine, el cine es la sublimación, el arte de nuestra representación.

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