Guzmán el Bueno, en Chamberí, partida en dos

Esta arteria principal del barrio vive el confinamiento separada por dos metros de calzada

Pocas horas antes del confinamiento, que comienza hoy, los vecinos de Chamberí, en especial de la calle Guzmán el Bueno, pasean o se sientan en las terrazas sin pedir, pero les viene de serie desde el viernes, un cóctel amargo al mezclarse la resignación, el enfado y la sensación de que la clase política no sabe ni por donde les da el aire. Como dicen: «Nos ha tocado». Se refieren al cierre perimetral después de que hace catorce días se superan 500 nuevos casos por cada 100.000 habitantes.

Quizá lo que más les desconcierte es que Guzmán en Bueno se ha partido en dos: la parte que tiene que lidiar con las restricciones por la pandemia y la que ha sido indultada. La frontera está en Fernando el Católico, apenas dos metros de calzada que ahora parecen un océano, ya que la travesía psicológica ya está haciendo pupa.

Enel resquicio en el que a que los ciudadanos les han embridado las riendas de su devenir en los próximos días se perciben unas dosis de desazón y de rebeldía pasiva. A su edad, Rosendo –que está tomando el aperitivo con su esposa, sus hijas y su nieta– tiene un desapego ante los políticos de aupa. «Estoy en desacuerdo con las medidas del Gobierno porque lo han hecho mal desde el principio. No tienen criterio; o sí, los intereses partidistas, pero no piensan en el ciudadano», comenta. Una de sus hijas se acercó ayer «para verlos antes de las restricciones porque a saben cuantos días duran». Cuando tuvo lugar esta charla, aún no se sabía que el Gobierno imponía un estado de alarma con toque de queda incluido.

A Alberto, el dueño del Bar Leonés, le llueve sobre mojado. Las pérdidas ya las cifra en un 70 por ciento «e irán subiendo porque estamos en la ''zona mala''. Se han cargado la hostelería en tres días mientras que la policía miran para otro lado ante los botellones caseros... Esos son los insensatos, los que están jugando con el futuro de todos». Hay otra situación que le está tocando la moral: el sueldo de los políticos, «ya se lo podían haber bajado un 30 por ciento, aunque sea por solidaridad». Y se suma otro problema: «Soy el propietario y me he tenido que hacer un salvoconducto para venir a trabajar cuando vivo a tres manzanas. Es de traca». A pesar de los contratiempos apoya la medida «porque creo que es buena para todos», pero lo dice con escepticismo o quizá como quien si haber hecho nada delictivo espera su sentencia económica con esta frontera sanitaria.

Decisiones que marean

A Sheila, de 26 años, y a Lara, 20, esta situación les ha pillado con el despiste a modo de adorno indeseado. Pero para ellas, y les ocurre lo mismo a muchos, «estas medidas nos están mareando todo el rato. El confinamiento tendría que ser más general porque es muy ambiguo». Las aplicaciones que llevan en sus móviles se convierten en sus brújulas para orientarse «porque así miramos las zonas por las que podemos pasear y las calles alternativas para no entrar en esta zona». En ese justo momento da un poco igual porque están en el epicentro de la zona que hoy estará confinada.

Un chico transita con la tranquilidad de que hoy será un día como el de ayer, aunque hay una precisión que puede ser que se le haya escapado: baja Guzmán el Bueno con paso ligero porque ha quedado con una amiga a la que no podrá ver al menos durante quince días. Tiene claro que «las cosas no se están haciendo bien desde el principio y no creo que sea por mala intención, para nada, pero no está acertando nadie. Creo que las medidas no están siendo las correctas».

Se cruza Fernando el Católico y se va a la «zona libre» de Guzmán el Bueno. El paisaje, y el paisanaje no tiene nada que ver. Son como dos mundos que conviven en el mismo planeta pero se miran con nostalgia: los vecinos «que ya nos veremos», frase a modo de consuelo; las terrazas de los bares a los que hay que pedir la vez, excursionistas de Madrid que deciden alejarse de sus barrios de origen para turistear y demás transeuntes y dueños de bares que barruntan que esta división les va a dar más de un dolor de cabeza. Así lo cuenta Álvaro, el propietario del bar Marchamoó, que, con la terraza llena avista el temporal. «Tengo muchos clientes en la otra parte de Guzmán el Bueno que no van a poder venir». Después se le aviva el temperamento porque, al no poder recorrer Guzmán el Bueno de trecho a trecho, en su vida cotidiana, para ir al centro de Madrid «tendré que hacer un rodeo enorme». Tiene la convicción de que en la primera restricción como solo se señalo a los «llamados barrios pobres, ahora somos nosotros, como Pozuelo y otras zonas para no oír esas críticas».

Arancha está instalada en el realismo, en lo que de verdad le va a cambiar la vida desde hoy. Su suegra –la que recoge a sus hijos en el colegio y pone parches a la intendencia familiar– vive en la zona confinada. «Sinceramente, no creo que se pueda controlar que los que vivimos en esta calle, sea zona restringida o no», apunta. Dicho esto, que su suegra no pueda ir al colegio para llevarles a casa «nos afecta mucho porque no sabemos cómo podemos arreglarlo. El centro escolar está en zona libre, pero ella no y nosotros no podemos. Parece una tontería pero es cambiar tu vida e improvisar».