Alí, Fani y Óscar: las desconocidas reivindicaciones del Orgullo LGTBI+

Un refugiado y dos cristianos del colectivo relatan sus historias

Asociacion de Gays Cristianos
Asociacion de Gays Cristianos FOTO: David Jar David Jar

¿Cuál es el primer signo de civilización? Este es un tema que se ha debatido hasta la saciedad. Sin embargo, la conclusión tal vez más extendida es la propuesta por la antropóloga Margaret Mead y es tan –aparentemente– sencilla como el hallazgo de un fémur fracturado y sanado. En una época en la que los humanos eran presa fácil para los depredadores, alguien se encargó de trasladar a lugar seguro, curar y alimentar al herido hasta lograr su recuperación. Las personas nos necesitamos unas a otras. Y, por esta regla de tres, tal vez la primera muestra de pérdida de humanidad sea privar a otro del refugio, de la seguridad que proporciona una red de apoyo. Más aún, si este abandono se produce por motivos tan arbitrarios como la condición sexual. Tejer nuevas redes de seguridad se hace fundamental en estos casos, y es lo que han logrado organizaciones como Crismhom (Cristianos de Madrid Homosexuales) o Kifkif. La primera, la única asociación LGTBI+ que tiene su sede en el barrio de Chueca, es refugio para aquellos que buscan vivir su fe de forma integrada con su identidad sexual, sin prejuicios, «viviendo el mensaje de Jesús, que es puro amor». Kifkif, por su parte, se dedica a prestar asistencia a aquellos que han tenido que salir de su país tras ser perseguidos por su sexualidad, y que buscan en España asilo político.

Crismhom es una comunidad ecuménica. Es decir, si bien es de mayoría católica –ya que es la confesión más extendida en España–, también mantienen sus puertas abiertas a protestantes, evangélicos, mormones, e, incluso, personas que tienen fe pero no se adscriben a ninguna confesión. Cada jueves hacen una oración en la que todos se reúnen. «Mucha de la gente que nos conoce es porque pasa por la calle», dicen desde la organización, convencidos de que no son ellos, sino Dios, quienes deciden donde estar. «El local es la donación de una mujer que, en lugar de poner un bar y sacarle rendimiento económico, pensó que nuestra labor de escucha y acompañamiento podía hacer mucho bien», señalan. «Hay personas que llegan muy heridas». Del mismo modo llegan a Kifkif después de haber pasado por distintos países en busca de una vida sin persecución. «Dejan atrás a sus familias, a sus amigos, y no solo de esos 70 países en los que la homosexualidad está penada», apunta la organización. Son otros muchos, de hecho, en los que el abandono al colectivo lo ejerce la propia sociedad.

Alí, de Venezuela a Madrid en busca de «una vida normal»

Cuando Alí P., de 31 años, por fin logró su cita para tramitar el estatuto de refugiado en nuestro país, se encontró con un muro de hormigón. «El funcionario me dijo que nada de lo que llevaba servía», dice a LA RAZÓN. «Ni siquiera quería poner que soy homosexual, cuando una de las causas de asilo es la persecución por pertenecer al colectivo LGTBI+», añade. Llegó a Madrid hace apenas dos meses, y en Kifkif ha encontrado todo el asesoramiento necesario para argumentar que, efectivamente, tiene derecho a solicitar asilo en España. Madrid se ha convertido en su hogar en este tiempo. Ese hogar en el que busca, simplemente, «tener una vida normal».

Natural de Caracas, Venezuela, Alí es consciente de que su país no suele aparecer en el imaginario colectivo como uno de los más peligrosos para ser LGTBI+, ya que no está criminalizado, pero lo cierto es que tampoco está protegido. «No vengo de un continente fácil para ser gay, por mucho que digan que la situación ha cambiado», asegura. «Mírame, en América Latina llamo muchísimo la atención, y eso te lleva a vivir episodios de violencia y discriminación ante los que la policía no hace nada tampoco porque no les interesa atender una denuncia por agresión homofóbica», explica. «Venezuela es un país que tiene muchísimos problemas que trata de solucionar, así que lo que nos ocurra a nosotros no es una prioridad, como tampoco lo es educar contra la homofobia», añade Alí. Sin embargo, en España, y en Madrid concretamente, siente «que hay más garantías», que es «más seguro estar y vivir». Pero no deja de ser complicado. «Yo nací en Venezuela, allí me crié, allí tengo a mi familia, a mis amigos y mi trabajo como entrenador personal», dice. «Aquí estoy solo, ¿quién puede pensar que he abandonado todo eso por capricho?», añade. Si lo ha hecho es por un motivo vital: la seguridad, para poder tener «una vida más estable y que te reconozcan con respeto y dignidad».

Entrevista a un refugiado venezolano LGTBI en Madrid.
Entrevista a un refugiado venezolano LGTBI en Madrid. FOTO: Jesús G. Feria La Razon

Situaciones como la de Alí la comparten también las personas transexuales. «Yo diría que, sobre todo las chicas trans, en mi país lo tienen mucho peor, porque cuando las agreden no tienen ningún tipo de garantías, así que les puede pasar cualquier cosa y para las autoridades nunca va a ser importante», asegura Alí. La asociación, de hecho, ha estado haciendo los últimos meses mucha incidencia en lo referente a la ley Trans. «Muchas personas llegan aquí perseguidas por su identidad de género, algo que en sus países no se reconoce, por lo que es imposible que presenten ningún tipo de informe que acredite su identidad», subraya la organización.

Esto se suma, además, a un proceso para recibir el estatus de refugiado que no es nada sencillo. «Solamente para que te den la cita pueden tardar meses, y después tienes que pasar una entrevista personal que puede demorarse otro tanto tiempo», explica Alí. Sin embargo, en todo este proceso las personas tienen que trabajar para subsistir, algo que se tercia complicado sin residencia ni permiso de trabajo. «Ya me ha pasado que he trabajado y no me han pagado, pero, por ahora, es lo que hay», lamenta Alí.

Fani y Óscar: vivir la fe desde la diversidad

Oscar es homosexual, católico y uno de los socios fundadores de Crismhom, entidad que nació hace 16 años. Nació en Alicante, en el seno de una familia cristiana. En su ciudad natal ya había tenido contacto con otros grupos formados por cristianos LGTBI+, por lo que, al llegar a Madrid, echaba de menos un lugar al que la gente pudiera acercarse para reencontrarse con la fe desde su realidad personal, que fuera un espacio seguro para ser ellos mismos. Fani llegó un poco después. Tuvo un primer contacto tras una charla que dio la asociación en la Universidad Autónoma de Madrid, pero no fue hasta un año después, tras un encuentro de diversidad sexual interreligiosa en el que participó que acabó por vincularse al grupo. Ella es bisexual, también de familia católica y practicante. «Llevaba muchos años de búsqueda», explica, «de un espacio donde se viviera la fe desde la diversidad, y aquí lo he encontrado».

Pero Fani ha encontrado mucho más en Crismhom. Allí conoció a su marido, quien llegó a la comunidad acompañando a su mejor amigo, que es homosexual. «Compartir con tu pareja el ideal de reivindicar los derechos de las personas es un regalo», dice. Cuatro años después de conocerse se casaron, y hoy tienen dos hijos. A Martín, su hijo mayor, de cinco años, «el arcoíris le encanta, y ya tiene su bandera pequeñita para participar con nosotros en la manifestación del Orgullo».

«En Crismhom mostramos que el amor de Dios no tiene excepciones. Jesús habló de amor y solidaridad, de acompañar y aceptar a las personas», señala Óscar, apoyándose, además, en que «hay muchísimos estudios bíblicos muy serios que demuestran que la Biblia no condena la realidad LGTBI+, sino que esto procede de interpretaciones posteriores». Sin embargo, desde Crismhom no buscan entrar en debates desde la violencia, sino desde el amor. «Creemos que hablar desde la pedagogía y la tranquilidad, en lugar desde la rabia, da resultados mucho mejores», señala, aunque sin olvidar «la firmeza de estar convencidos de quienes somos y del amor de Dios».

Fani, por su parte, considera que en los últimos años ha habido una evolución clara tanto en la aceptación del colectivo a sus miembros con fe, como de la Iglesia a la comunidad LGTBI+. «Aún queda mucho por hacer, pero la mirada ha cambiado, y creo que los cristianos LGTBI+ hemos contribuido a abrir esta visión», apunta, «hasta el punto de que incluso algunos sacerdotes van dando el paso, y se acercan a nosotros para saber cómo proceder con esta realidad en sus parroquias». «La gente necesita referentes», añade Óscar. «Muchas personas ni siquiera saben que existe este grupo, y cuando llegan lo hacen con heridas muy grandes por el rechazo dentro de su propia familia o por instituciones religiosas». Por eso en Crismhom han puesto en marcha la iniciativa «El amigo que escucha», que se dedica a acoger y escuchar a aquellas personas LGTBI que lo necesiten. También hay un grupo de familias, las cuales «tienen sus parroquias, y esto ayuda no solo a que vean que Dios ama a sus hijos, sino que lo visibilizan y dan ese testimonio con sus propias vidas».