Adiós Carbón

Hace pocos días cerraron siete de las once centrales termoeléctricas de carbón que todavía funcionaban en España. Un paso más en las previsiones de la transición ecológica, previstas a escala mundial y europea, por el Acuerdo de París de 2015. Se acaba así toda una etapa de nuestra historia económica, la de una revolución industrial que llegó a España con retraso; y que, en parte, tuvo su energía principal en el carbón asturiano, donde a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX, se creó toda una industria minera, con un proletariado orgulloso, y a veces revolucionario. Donde nació, inicialmente, el sindicalismo más contundente del SOMA de UGT; y después las propias Comisiones Obreras, en la célebre mina de La Camocha. Durante mucho tiempo se discutió sobre el proteccionismo del carbón español: asturiano para la hulla, leonés para la antracita, y lignito en Aragón. Hasta que, en 1962, como una consecuencia del Plan de Estabilización, con sus liberalizaciones de la importación de casi todo, hubo que estatificar las minas de hulla asturianas más importantes en la empresa nacional HUNOSA; dentro del Instituto Nacional de Industria. Con fuertes pérdidas económicas, cubiertas por el presupuesto, y con sucesivos planes de sustitución del carbón por otras industrias; a impulsos de la Unión Europea de ir cerrando las minas en pérdida.

Luego vino ya el golpe definitivo a la leyenda del carbón, que todavía persiste en países como EE.UU., China, Colombia, Australia, o la propia Polonia en Europa. Con el propósito de ir descarbonizando la sociedad a base de recortar las emisiones de gases de efecto invernadero (carbón, petróleo y gas), en todas sus manifestaciones productivas. Para dar paso a las energías renovables, que se concilian con la naturaleza: eólica con el viento, termosolar y fotovoltaica con el sol, maremotriz con el mar, etc. Sin más nostalgias de las indispensables, y con ayuda a los afectados, el adiós al carbón es un paso importante para nuestra salud y el planeta.