Amazonía

Ramón Tamames
Ramón TamamesGonzalo PerezLa Razón

Nos llegan noticias de Brasil: la deforestación en la Amazonía se ha disparado, alcanzando el récord en los últimos doce años, con 11.088 km2 en el año 2020; equivalentes a la provincia de Valencia. El máximo de hace doce años fue en 2004, con 27.742 km2, supuso casi Galicia entera, y no mucho menor que Bélgica u Holanda.

El proceso de destrucción de la selva amazónica empieza con lo que se llama la “derruba”, esto es, el corte de la cubierta vegetal, para inmediatamente, una vez secada, proceder a su total incendio. Con la subsiguiente plantación de forrajeras para la ganadería, y posteriormente para caña de azúcar, o siembra de soja. Todo un proceso que arrolla planicies inmensas; llevándose por delante, de una u otra forma, a los pobladores de la zona, tantas veces indígenas, que viven del bosque.

Con la llegada del Presidente Bolsonaro, los anteriores intentos de frenar la destrucción del bosque amazónico han saltado por los aires, y la Fundación del Indio, de la que dependen –se supone que para su protección— nada menos que 241 pueblos originarios, ha quedado virtualmente a merced de madereros, mineros y demás destructores del hábitat originario. Que podría estar dejando de ser la mayor fábrica de oxígeno y el principal sumidero de gases de efecto invernadero. La Amazonía no es una cuestión simplemente brasileña, sino de todo el mundo, en tiempos de calentamiento global y cambio climático. Por eso, sin perjuicio de preservar los intereses verdaderos de los más de 200 millones de brasileiros, tendría que haber alguna inspiración de carácter mundial, de las Naciones Unidas, para preservar tan enorme extensión de riqueza. Que, por cierto, recorrió por primera vez, navegando por el Amazonas, Francisco de Orellana en 1542. Por ello mismo, también nos toca a los españoles pensar en todo ello.