Rogativas fallidas
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Algo le ha debido pasar al secretario de Estado de la Seguridad Social que le han fallado sus rogativas para sostener la cuenta de las pensiones. Hará un par de semanas declaró que, allí en su oficina, «rezamos para que no se desvíe la inflación». Pero debieron hacerlo con poca fe o sin las suficientes bendiciones porque la inflación se ha desviado y ello le va a costar al Estado 128 millones de euros este año y unos 500 el que viene. El caso es que esos dineros no los tiene el Gobierno, y tampoco tiene suficiente para las pagas extra de los jubilados, con lo que a la ministra de Trabajo no le queda más remedio que pedir un préstamo de 13.000 millones que, va de suyo, pagaremos todos los españoles en suma y sigue que se añade a otros dispendios proyectados por el doctor Sánchez. El caso es que la señora Magdalena Valerio dijo hace tiempo que, si no podía pagar, se «tendría que ir a una misión intergaláctica», aunque sin precisar si para solicitar un crédito en Alfa Centauro –que al fin y al cabo está cerca, a unos cuatro años luz– o si para aproximar a Dios las rogativas de Octavio Granado.

Esto de las rogativas daba antes mejor resultado. Aún recuerdo, durante mi adolescencia, que de vez en cuando, sobre todo si había sequía, los obispos salían en procesión por las calles, acompañados del pueblo, para rogar una lluvia sanadora de las cosechas y previsora del hambre. Las malas lenguas decían entonces que los prelados consultaban al Instituto Nacional de Meteorología antes de convocar a los fieles, pero yo nunca lo he creído porque, en aquella época, sus predicciones fallaban mucho. Algunos recordarán cuando Eugenio Martín Rubio, el hombre del tiempo en la televisión, tuvo que afeitarse el bigote después de que perdiera su apuesta de lluvia para el día siguiente, basada en la observación de que había nevado en Moscú y el avión de Nueva York a Madrid había tardado menos de seis horas en hacer el trayecto.

Claro que para rogativas serias teníamos, en aquellos años felices, las de la Cruzada de Oración del padre Peyton, que predicaba eso de «la familia que reza unida, permanece unida». Debía ser verdad porque ahí estaba yo en el rezo familiar con mi abuela, por las tardes, en su casa de Vitoria. Luego lo dejamos, aunque siempre quedó un rescoldo de armonía. A lo mejor, a Sánchez, Valerio y Granado les vendría bien algo de esto. O tal vez fuera mejor que emplearan la racionalidad humana en vez de entregarse solo a la Providencia Divina.