La política, en verdadero estado de alarma

Aquí lo que se estila es una política del agasajo. Una retórica hecha para contentar a la pequeña parroquia del partido, a los míos, y que a los tuyos los zurzan

Una política que es incapaz de ponerse de acuerdo no es política ni es nada. Entre los pepés y los psoes han convertido Madrid en un sainete de difícil explicación. Habrá románticos, siempre los hay, de uno y otro partido que argumentarán razones y apuntarán frases de retrueque para disculpar motivos, reacciones, causas y demás solfas, pero lo cierto es que vivimos en un país desgarrado de ideología y con un sectarismo muy celtibérico, que más que hablar de nuestras luces subraya nuestros atrasos. Aquí algunos siempre han entendido la política a lo goyesco, o sea, como un duelo de garrotazos. Es lo que nos va. Al de enfrente no se le da ni agua y que le vayan reventando. Lo que tenemos más que una conversación democrática es una pintura negra que da muy mal pálpito. Que toda conversación política acabe dirimiéndose por vía judicial o en sus aledaños próximos, las peticiones constantes de dimisión y esa hojarasca de amenazas de mociones de censura, además de cansar pone de relieve el deterioro del parlamentarismo que nos rige y la falta de recursos dialécticos de los que llevan las riendas de los gobiernos y gobernajes que tenemos.

Aquí lo que se estila es una política del agasajo. Una retórica hecha para contentar a la pequeña parroquia del partido, a los míos, y que a los tuyos los zurzan. Quizá porque existen algunos a los que se les ha achicado la clientela y andan preocupados. A falta de programa, o sea, de talento, para qué andarnos con chiquitas, tiran de espectáculo verbal y ditirambos declarativos para asentar a los fieles que les queden y no se les marchen de Pascua por otros pazos ideológicos. Eso de perseguir el bien común y la ambición legítima de querer pasar a las páginas de la historia como estadista suena a Marx y otros decimonónicos de la teoría. Tiene ironía que en estos tiempos de escaso roperío intelectual, y cuando algunos tratan de justificar su presencia exhibiendo el decálogo de faltas de la Transición, asome este minué de desentendimientos y peleas nada ejemplares y didácticas y que, aparte de muy folclóricas y muy nuestras, raya en lo vergonzante.

Lo curioso es que en esta segunda ola de crisis sanitaria-político-social lo que menos importa son los enfermos y los médicos, de los que no se acuerda ni la Santa Trinidad. Y cuando se hace es en un glosario de cifras para atizar de razones o sinrazones a los otros, sea quienes sean. Entre los que piensan únicamente en salir de la ciudad y las trifulcas televisadas, resulta que los afectados, en román paladino, los que están ingresados y los que los cuidan, se han quedado de lado y nadie habla de ellos. El paisaje resulta desalentador y va dando alas a mucha abstención.