La apisonadora de la indignidad

No se puede traicionar ni a las víctimas del terrorismo ni a la democracia

FOTO: Eduardo Parra Europa Press

Sabíamos que el Gobierno de Pedro Sánchez era una máquina de propaganda. Esta semana hemos descubierto que esa máquina tiene la forma de una apisonadora que, bajo el loable pretexto de simbolizar la destrucción de un arsenal asesino, se convirtió en el instrumento de blanqueamiento de toda una política de concesiones a los que siempre ayudaron y nunca condenaron la violencia de ETA. Lo descubrimos en el mismo acto en el que el Presidente del Gobierno escamoteó a los españoles parte de la verdad. Porque no cabe duda de que el Estado de Derecho se ha impuesto a ETA. Al menos, a su brazo armado, que son aquellas estructuras criminales y operativas que ellos mismos definían como su aparato militar. Desgraciadamente, con lo que no hemos acabado ni acabaremos nunca es con el dolor de las víctimas, que es, en muchos casos, irreparable. Tampoco hemos acabado con la amenaza que representa para la convivencia, el pluralismo y la libertad que las consignas políticas de ETA sigan presentes en los comportamientos de algunas fuerzas políticas con importante representación institucional, que no lo olvidemos, cuentan con lo que nunca antes contaron: capacidad de influencia en el Gobierno de España, lo que se está traduciendo en el canje semanal de presos por votos parlamentarios. Se trata de cesiones intolerables ante aquellos a los que los demócratas no tenemos que pagarles ningún peaje. Si, con toda la razón, nos negamos a pagarles para que dejaran de matar, es completamente indigno e inmoral retribuirles de cualquier forma por haber dejado de hacerlo. Las víctimas del terrorismo, que pagaron con sus vidas la resistencia de nuestra sociedad, no se lo merecen ni por asomo. España necesita un Gobierno que sea capaz de mirarlas a los ojos. Y eso, implica reconocer que, aunque podamos hablar de la victoria del Estado, su irreparable dolor permanece y permanecerá siempre. Como permanece y permanecerá siempre la deuda de quienes defendemos su papel referencial como el centro de la determinación que siempre nos sirvió de guía en la lucha contra el terrorismo. Las víctimas merecen un respaldo activo, sentido y comprometido, a su memoria y a su dignidad, por parte del Gobierno de la Nación. Ceder al chantaje de sus verdugos es todo lo contrario, porque ellas son el ejemplo y la memoria viva del mayor sacrificio que la sociedad española ha hecho en las últimas décadas por defender la libertad, la democracia, la convivencia y el Estado de Derecho. Los demócratas no les debemos absolutamente nada a los terroristas, ni a quienes les prestaron apoyo, ni a quienes les justifican o ni siquiera les condenan. Lo que hay que poner bajo la apisonadora son los acuerdos con Bildu, tanto los que son públicos como los que son tácitos como los que mantiene ocultos, y, también los que tiene con tantas fuerzas políticas que se muestran complacientes, cuando no enaltecedoras, de los fines que persiguió ETA a través del asesinato, el terror y la extorsión. No se puede traicionar ni a las víctimas del terrorismo ni a la democracia.