La Familia Real en Santiago
Como siempre, el Rey estuvo a la altura del escenario y de la función
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No le quedaba al Rey más remedio que hacer un gran discurso en la ofrenda al Apóstol de este año de 2021. Aunque es de suponer que la obligación no habrá estado exenta de cierta alegría. Por la celebración en sí, después empezando a salir ya del espanto del covid, y por la reunión de la Familia Real en la maravillosa Catedral de Santiago de Compostela. También, por la presencia de la Princesa de Asturias, que habrá recibido la bendición del Santo Apóstol ahora que emprende una etapa nueva y muy importante de su vida. Resulta imposible imaginar una imagen más moderna, más atractiva y más ajustada a lo que España es que la que dio la Familia Real en Santiago. Cualquier puesta en escena republicana palidece, o bien por exceso de austeridad o bien por sobreactuación, como si el republicanismo siempre tuviera que esforzarse por fingir algo que no llegará a ser jamás. No hay, ni se inventará nunca, ninguna forma de Estado más natural y más sencilla de entender que la monarquía.

Y cuando el monarca y la Casa Real responden con tanta sencillez y tanta humanidad a esa función –por otro lado tan compleja–, se alcanza algo extremadamente raro, una forma de perfección. Es lo que pudimos contemplar este domingo, con esa mezcla –también inigualable– de tradición y de modernidad que sólo la Monarquía es capaz de plasmar. Una continuidad de siglos encarnada en todo el esplendor de la juventud, la belleza y la vida… Nunca agradeceremos bastante, por otra parte, que la Casa Real española siga ligada a una tradición católica como la que se renovó el domingo. Hay ahí un reconocimiento de que el poder político, y lo que este representa, está subordinado a fines más altos, y también una invitación a la sociedad a no olvidar estos, sean cuales sean: un hecho que, en contra de lo que predica el laicismo y su empeño secularizador, hace más fácil la convivencia y la tolerancia.

Como siempre, el Rey estuvo a la altura del escenario y de la función. La unidad y la permanencia de España fue, como era de esperar, uno de los hilos conductores de toda la ofrenda. Unidad y permanencia que son la condición básica de cualquier pluralismo. Y es que España, a pesar de todo lo que los nacionalismos y sus aliados han hecho para acabar con esa realidad, es una sociedad plural y una a la vez: no la parodia de un imperio más o menos austrohúngaro mal remendado y destinado a acabar atomizado en identidades fanatizadas, sino un país abierto y acogedor, sin más condiciones que las de la Ley, para todos los que viven aquí, vengan de donde vengan. Esa es la España real que Don Felipe recordó con la evocación de lo que denominó la «cultura jacobea», que es la de la construcción de la idea de Europa en el rincón más remoto de la antigua Cristiandad y el más occidental de España, en la segunda Jerusalén ante la que cualquiera, convertido en peregrino por un día, percibe la luz más hermosa de la Ciudad –o de la España– eternas.