El cielo según Jaime Ostos

Decía mi padre que cuando se va un torero, se rompe un espejo en el que mirarse

Fotografía de archivo, tomada el 4 de agosto de 1999, del torero Jaime Ostos
Fotografía de archivo, tomada el 4 de agosto de 1999, del torero Jaime Ostos FOTO: GUSTAVO CUEVAS EFE

En los próximos días, sus familiares enterrarán a Jaime Ostos, que murió en Tarazona en 1963 –la primera vez– por la cogida del toro «Nevado». Esa mañana, mataron un zorro en la carretera con el coche, lo que le desagradó «enormemente», por ser Jaime Ostos un torero muy supersticioso, como es natural. Toreaban El Viti, Caracol y él mismo, que contaba la historia en el anecdotario taurino de Luis Nieto Manjón. «Durante la lidia, hubo un señor que me estaba incordiando, diciéndome cosas desagradables, y cuál fue mi sorpresa cuando miré hacia la barrera para saber quién era y observé a un hombre al que, en lugar de la cara, le vi el esqueleto de la calavera. Eso me impresionó». A raíz de aquello, tomó la muleta con la izquierda y, debido a un golpe de viento, el engaño se le enrolló al cuerpo y el toro le dio la cornada. Intentó quitarse el corbatín para hacerse un torniquete, pero no pudo, y cayó a la arena. «Lo único que recuerdo –narraba– es que floté en un mundo de nubes de diferentes colores que jamás he visto en la realidad, ni en pintura, ni en el campo, ni en el cielo. Unos colores fosforescentes, muy vivos, mezclados con una luz muy fuerte». Ese era el cielo según Jaime Ostos.

No le anestesiaron, así que escuchaba llorar a la cuadrilla y de alguna manera, asistía a su mitológica muerte. Como no había sangre, el público se descolgó de los tendidos para donarla. Contaba que le pusieron diez litros. «Tenía la nariz perfilada, la pupila dilatada. Estuve muerto tres días». Y al tercer día, resucitó, a medias, pues de esas uno no vuelve completamente y por eso, cuando yo era niño, recuerdo a mi abuela en la mesa camilla hablando de Jaime Ostos siempre en pasado: «Qué guapo era Jaime Ostos. Era el torero más guapo», decía, como si ya no estuviera. Entiendo ahora que le estaba viendo el esqueleto de la calavera como al tipo de la barrera, voz de cuchillo oxidado y roto, el pelo prendido sobre la cumbre de su cabeza casi flotando como las nubes de diferentes colores de Tarazona. El otro día, la doctora Grajal envió a los amigos una foto de ellos dos en la popa de un barco en Colombia. Lo del matrimonio con la Grajal tiene mucha miga, pues un torero y una doctora agarrados del brazo componen una pareja de dioses enfrentados, una cosa «couché» y a la vez fundacional de esta civilización que se empeña en acercarse a la muerte para huir de ella.

Decía mi padre que cuando se va un torero, se rompe un espejo en el que mirarse. En realidad, un torero que ya no torea vive de prestado, desposeído de todo lo que no sea pasado y recuerdos, ¡pero qué pasado y qué recuerdos! Tanto se llegan a la otra orilla de la vida y después se vuelven que se les queda ese aire como de fantasma con vestido de torear viejo en lugar de sábana, alamares apagados, hombrera descosida, corbatín en el muslo y lamparón de sangre ya negra por donde la herida. El torero vivo es un héroe que no nos merecemos, por eso la sociedad de hoy no lo acepta y no lo entiende porque nada entiende, no sabe dónde ponerlo y lo arrastra injustamente por la sección de corazón donde, salvo corazón, hay de todo. Decía Antonio Díaz que nuestros abuelos enterraron a Manolete, nuestros padres a Paquirri, nuestros hijos al Youtuber Ibai. Nosotros enterraremos esta semana a Jaime Ostos, que murió en Tarazona el 17 de julio de 1963.

DEP, maestro.