Poliedros

Andrés no se opera porque no le da la gana. Dice que la arruga es bella y mira con fiereza a la cámara

Cristina L. Schlichting

Cada rincón del universo oculta sorpresas incontables, pero las personas, más. Los microscopios desenfundan el rostro de las bacterias y los telescopios nos asoman al abismo del universo, pero la amistad revela talentos ocultos de seres que habíamos reducido con arquetipos. Siempre me fascinó que Gustavo Villapalos, inovidable rector de la Complutense, bucease con botella en los fondos del Cabo de Gata. O que Isabel San Sebastián, la gran escritora y periodista, cante rancheras estupendas. Ahora me emociona que Juan Carlos Girauta, que fuera portavoz parlamentario de Ciudadanos, se haya dejado melena para debutar en el teatro con un personaje del siglo de oro. Pensando en una misma, no conviene decir «de este agua no beberé» o «este cura no es mi padre». La vida hace giros vertiginosos e inopinados, que dejan ridículas las montañas rusas de las ferias. Me ha divertido descubrir que Pepe Domingo Castaño estudió para fraile, pero lo dejó y desinfló así las expectativas de sus padres. O que Miguel Ríos cantaba con gusto el Adeste Fideles cuando formaba parte del coro parroquial de su Granada natal. A Andrés García-Carro nada le hacía imaginar, cuando estudiaba Derecho, que viajaría a la Argentina y montaría allí un restaurante de éxito. Tampoco que sería agregado cultural en la embajada. Es verdad que siempre fue guapo y que el pelo largo y abundante, el estilo personal y cierto atrevimiento en el vestir hicieron que llamase la atención a lo largo de las décadas. Se ponía abrigos de pelo largo cuando en España sólo lo hacían las señoras y aún hoy carece de empacho para lucir camisas de raso de colores brillantes, gafas enormes de montura audaz, pañuelos estridentes al cuello o jerseys imposibles. A una de sus nietas, redactora en una revista francesa de moda, se le ocurrió hacerle una fotos y subirlas a Instagram, sin tener en cuenta que frisaba los 90 años. El resultado fue rotundo y rápido como un reguero de pólvora encendido. Las personas quedaron fascinadas por su porte, fans enfervorecidos vertían requiebros –en ocasiones nada inocentes–. Cuarenta mil seguidores de la red social (donde figura con un nombre atrevido, «The spanish king», el rey español), imitaban las combinaciones de su ropa, preguntaban las marcas de las prendas, empezaron a generar beneficios de la publicidad de las empresas que apostaban por Andrés. El «king» se ha convertido en modelo de éxito. Hace vídeos, posa en las revistas, interpreta películas, saca partido de los largos puros que con inocencia se fumaba de siempre, sin saber que era el colmo de lo chic. Andrés no se opera porque no le da la gana. Dice que la arruga es bella y mira con fiereza a la cámara. Tampoco se desnuda. Sólo de cintura para arriba.