Cicatrices

Putin ha hecho suya una vieja máxima: «a los imperios les incomodan los vecinos que pueden constituir una amenaza para su seguridad; lo mejor –entienden– es absorberlos»

Luis Alejandre

Un comprometido y valiente Josep Borrell, nuestro Alto Representante para la Política Exterior Europea, se refirió recientemente a las «cicatrices que la Historia ha dejado grabadas en la piel de la tierra» refiriéndose al drama de Ucrania, en el que se mezclan ambiciones imperiales, despechos, materias primas, gas, salidas al mar, etnias, religiones, tratados y pactos, muy por encima de preocupaciones por las personas, sus vidas, sus derechos, sus libertades.

Ciertamente la Historia nos ofrece todo tipo de ejemplos, tanto para lo bueno como para lo malo. Pero hay una constante que se repite a lo largo de los siglos: las paces firmadas en falso, bien por venganzas de los vencedores, bien por imposición de ideologías políticas, bien por miedos o inseguridades, siempre se reavivan como fuego soterrado, a poco que sople el viento.

Nadie duda que la Segunda Guerra Mundial comenzó el mismo día que en Versalles (1919) se firmaba el tratado que ponía fin a la Primera, pero que en la práctica significó un intento de desmembrar a Alemania. En algo menos de 20 años el país herido se levantaba –y buscaba venganza– contra todo lo que representó la firma de aquella paz impuesta. ¡Demasiadas cicatrices quedaban por suturar! Más hábiles habían sido un siglo antes, quienes habían liquidado en el Congreso de Viena (1813-1814) el fracasado imperio de Napoleón. Austria, Prusia, Rusia y el Reino Unido las potencias vencedoras intentaron no humillar a Francia. Europa conoció entonces un siglo sin grandes guerras. Lo pienso también, cuando analizo la imposición del pasillo de Dancing o la ocupación por parte de Rusia de un puerto histórico prusiano como Köenisberg, que constituye hoy una peligrosa cicatriz al estar unido a Bielorrusia solo por el frágil corredor de Suwalki, situado entre dos países OTAN, Lituania y Polonia. Pienso insisto, en las consecuencias de nuestra Guerra de Sucesión, que dejó dos cicatrices consolidadas en los Tratados de Utrech (1713): Gibraltar y Menorca. La balear menor se recuperó por la fuerza de las armas en 1781-1782; pero Gibraltar sigue ahí, atenuadas posibles crisis a día de hoy. Pero durante la Segunda Guerra Mundial pudo ser objetivo, reivindicación, moneda de cambio y pudimos meternos de lleno en un conflicto mundial de consecuencias aterradoras, cuando aun no nos habíamos repuesto de nuestra propia Guerra Civil. Poco hemos profundizado en la relación entre los dos conflictos: los mismos días en que Alemania recuperaba los Sudetes, el Ejército Republicano iniciaba la ofensiva del Ebro, la mayor batalla de desgaste que sufrimos.

Acabada la Guerra Fría, faltó una política inteligente para atraer a Rusia por lo menos a una relación de compromiso, imaginando –poniéndonos en su piel– como sentía el desmembramiento de la URSS tras la reunificación alemana en 1990, la entrada de Polonia, Hungría y la Republica Checa en la OTAN en 1999 y Eslovaquia, Eslovenia, Rumanía, Bulgaria y las tres repúblicas bálticas en 2004. Hoy de los 30 miembros de la Alianza, 14 proceden de aquel Pacto de Varsovia. Reitero lo que ya he manifestado repetidas veces: no justifico la invasión de Ucrania que creo sinceramente es un «crimen de agresión» como expone en estas páginas reiteradamente el Comandante Torres Peral, recordando cómo pueden terminar estas aventuras como en Nuremberg en 1946.

Putin ha hecho suya una vieja máxima: «a los imperios les incomodan los vecinos que pueden constituir una amenaza para su seguridad; lo mejor –entienden– es absorberlos». De ahí su política de las últimas décadas: en 2008 arrancó un trozo de Georgia vetando amenazante su entrada en la OTAN: en 2014 alentando una sublevación en Kiev, aprovechó para recuperar Crimea, la histórica península que Kruschef, nacido en Ucrania, había «regalado» en 1954 sin imaginar lo que en 1990 se iba a desmembrar. Aquella base, sede del «Ejército Blanco» en la Guerra de 1854-1855, sitiada repetidas veces en los conflictos con Turquía, conquistada por Alemania en la Segunda Guerra Mundial, la estaba utilizando no obstante la Marina Rusa en régimen de alquiler, que debió finalizar en 2042. Hoy, consolidada por su interpretación del «derecho de conquista», busca unirla por tierra al Dombás.

Pero hay otro hecho que le incomoda de sus vecinos. Lo resume en una sabia reflexión, Gandhi: «la violencia es el miedo a los ideales de los demás». Es decir que reacciona ante el posible contagio de unas sociedades vecinas en las que domina la democracia, el respeto a los derechos humanos, la libertad. Este es su verdadero miedo, porque esto sería socavar los cimientos de una sociedad comunista que controla con mano de hierro. Y del miedo nunca se esperan reacciones ponderadas.

Este es el peligro: que en lugar de suturar las cicatrices, las infecte.