De coyunturales maneras

El argumento del sanchismo a todos los problemas que nos asedian es que algún día se pasarán, aunque no sabemos muy bien cómo.

Un hombre con sus perros pasea por el anillo verde de la ciudad de Vitoria que amanecía cubierta de nieve tras las nevadas caídas durante la noche
Un hombre con sus perros pasea por el anillo verde de la ciudad de Vitoria que amanecía cubierta de nieve tras las nevadas caídas durante la noche FOTO: L. Rico EFE

Se viene abril, siempre entre las cruces de las tumbas, y las peinetas y zarcillos para ir a la feria. Abril es un mes que contiene en sí mismo toda la muerte y también toda la vida: flores, incienso, bombardeos y resurrecciones. Sevilla ha echado a andar el camino vital de la primavera, que empieza en la chicotá interminable de La Esperanza Macarena cuando sube la Cuesta del Bacalao y termina en el Real de la Feria con los brazos al aire y las solapas del traje perdidas de albero.

Recuerdo la noche en que le pedí que se casara conmigo. Estábamos apoyados en la barandilla de la caseta de Gitanillo, 99 y para prometernos teníamos que levantar la voz y acercarnos los labios al oído pues se oían juntas todas las sevillanas, que es como suena el latido del Universo. Me dijo que sí; a ver qué me iba a decir bajo un cielo de estrellas de papel y bombillas.

Ando tomando notas sobre amores, floración y manzanilla de Sanlúcar en medio de esta borrasca que no sé cómo se llama, pero que tendrá un nombre. Una nevada en abril es el invierno entrando en Kiev. Disparan desde las esquinas francotiradores de hielo y hay reporteros de las televisiones congelados en la cuneta del puerto de Altube. Nevar en abril supone una invasión intolerable de un invierno que viene a helarnos el corazón son sus hileras de bolsas de cadáveres en Irpin, su diésel a dos euros el litro y sus lineales vacíos.

El Gobierno espera que todo este desastre sea coyuntural. La cosa es que hace tiempo que lo dice, con lo que la coyuntura se alarga. Recuerdo el día en que Nadia Calviño comenzó a hablar de la subida de los precios de la energía y dijo que esperaba -nótese el verbo esperar- que fuera «algo coyuntural». Hablaba un poco a ojo como el fraile del tiempo. Ya entonces me pareció evidente que si el Gobierno auguraba que algo iba a durar poco, era señal de que perduraría y aquí estamos meses después, desayunando el café con diésel.

La palabra de moda del sanchismo es «coyuntural». Sánchez va por ahí de coyunturales maneras con ese swing suyo que ahora es coyuntural. El vértigo de la coyuntura consiste en que la única solución a los problemas que nos asedian es que se pasen, como el tiempo pasa. Moncloa abre así el refugio anímico de que todo pasará algún día, aunque no sabemos cuándo será ese día. Félix Bolaños cree que será pronto; otra mala señal.

Todo es cuestión de plantearse una escala. Hace 4.500 millones de años, la Tierra era una bola preñada de fuego con océanos de magma incandescente y ahora fíjate qué preciosa se ve la Sierra de Gredos. Los pájaros que hoy se posan en el árbol que hay frente a mi ventana no existían hace cien millones de años. España irá bien; si se fijan solo hay esperar. Esta semana apunté en el cuaderno que, en realidad, si uno se da el margen suficiente, la muerte pondrá fin a todas las cuitas. Cuando uno se va al otro barrio, le resbala el precio del carburante. Todo esto terminará por darnos igual algún día. No hay mal que cien millones de años dure, ni cuerpo que lo aguante.