Amor en la guerra

El grito del reencuentro se ha quedado resonando en el aire. Alguien tuvo la precaución de grabar aquel primer abrazo

ZAPORIYIA, 04/04/2022.- Una niña saluda desde un autobús en el que ha llegado a Zaporiyia. Esta ciudad del centro este de Ucrania se ha convertido en el lugar al que llegan la mayor parte de personas que huyen de Mariúpol y las localidades cercanas controladas por el ejercito ruso. EFE/Manuel Bruque
ZAPORIYIA, 04/04/2022.- Una niña saluda desde un autobús en el que ha llegado a Zaporiyia. Esta ciudad del centro este de Ucrania se ha convertido en el lugar al que llegan la mayor parte de personas que huyen de Mariúpol y las localidades cercanas controladas por el ejercito ruso. EFE/Manuel Bruque FOTO: Manuel Bruque EFE

Menudo grito, como de animal en pánico, como de fiera histérica. Los oyentes se quedaron perplejos. La carta había llegado en cirílico, por las redes sociales y, la verdad, Tatiana ya no sabía ucraniano, lo había olvidado. Desde que había sido adoptada por una familia catalana, había podido dejar atrás la tenebrosa infancia. Por otro lado ¿sería verdadera la misiva? El traductor de google decía que su hermana la estaba buscando, pero a las alertas de ayuda responde mucho loco, mucho timador. Al ritmo de las letras extrañas se le fue refrescando el tiempo compartido con Angélica. La compañía y el cariño en los largos días solas, mientras la madre ejercía por la calle, ambas abandonadas por sus respectivos padres. ¡El dolor y el miedo trazan lazos tan hondos! Mendigaban comida en casa de los vecinos y se abrazaban en la oscuridad. Hasta que la abuela no se hizo cargo, aquella casa fue la desolación. Sin orden, sin limpieza, sin afecto. Con el tiempo, Angélica tuvo suerte. Una hermana de su padre, una tía, la reclamó. Cuando la abuela murió, Tatiana apenas tenía seis años y quedó completamente sola. Naturalmente, fue a parar a un orfanato. «El día que llegué a Gerona era un 31 de diciembre. Me desperté pensando que soñaba». En España encontró calor y futuro. Pasaron veinte largos años. ¿De veras Angélica se acordaba? Tatiana nunca había abandonado la idea de regresar a Nueva Odessa a buscarla, recurrir a los programas de la tele, encontrarla. Primero intercambiaron tímidas cartas en inglés. Luego llegaron las fotos y los vídeos y la carita, extrañamente familiar a pesar de la distancia y el tiempo. Los gestos familiares, la voz, los rasgos. El pelo de un rubio idéntico al suyo, y tan liso. Había recuperado una hermana que, aunque de lejos, reflejaba un lazo fraterno y reconstruía un poco la desolada negrura en que había sepultado su pasado. Y, de repente guerra en Europa, Ucrania atacada. Las bombas en las noticias, los movimientos de tropas se encarnaban directamente como una amenaza contra Angélica. Las llamadas telefónicas se hicieron de nuevo desoladoras, trazaban un arco que se cruzaba en el cielo con los proyectiles. La familia española de Tatiana abrió los brazos a la hermana, pero Angélica temía el viaje, las violaciones por los caminos, los asesinatos de la gente inocente. Al cabo, con el arreciar de la crueldad rusa, se decidió e hizo las maletas. Mejor el exilio. Primero el autobús hasta Polonia, luego el avión. El grito del reencuentro se ha quedado resonando en el aire. Alguien tuvo la precaución de grabar aquel primer abrazo, que este pasado sábado resonaba en Cope. Lo que el sufrimiento separó, por el dolor se ha unido.