La triste irrelevancia de la Iglesia

La Iglesia tenía una voz fuerte y se hacía respetar, defendía valores y principios, mientras que ahora solo se preocupa por el dinero del IRPF y sus bienes inmobiliarios

FOTO: Jesús Hellín Europa Press

La Iglesia Católica ha desaparecido del escenario público. No está y, por utilizar un tópico, no se la espera. Es una situación tan sorprendente como lamentable, porque no se trata de que se convierta en un activo político, sino que deje sentir su voz. Lo entiendo, porque es una posición que les resulta cómoda. Forma parte del paisaje como una pieza irrelevante del atrezo. Le gusta acoger a la izquierda radical en sus obras sociales y en sus medios de comunicación como si tuviera que pagar un peaje para que no la molesten. Los prelados cobardes son un grave problema. No hay duda de que se sienten más cómodos con los ateos y los agnósticos que con los creyentes. Hace un tiempo, la Iglesia tenía una notable presencia pública. Las reuniones de la Conferencia Episcopal eran recogidas por los medios de comunicación, mientras que ahora pasan desapercibidas. Sus líderes se limitan a dejar que pase el tiempo con una indolencia decadente, como si fueran unos aristócratas ingleses arruinados que observan el paso de su vida en un palacio veneciano o en una villa en la Riviera Francesa de la que serán desahuciados en cualquier momento.

La Iglesia tenía una voz fuerte y se hacía respetar, defendía valores y principios, mientras que ahora solo se preocupa por el dinero del IRPF y sus bienes inmobiliarios. Es un tembloroso Shylock, el famoso personaje de la obra «El mercader de Venecia» de Shakespeare, que teme perder sus bienes. Lo único que les importa es la cuenta de ingresos y gastos, pero sobre todo disponer de dinero. Han desaparecido los teólogos, los historiadores y los juristas, porque es el triunfo de los ecónomos. Ahora mandan los contables. La Iglesia no tiene liderazgo social y moral, porque ya no tiene líderes en su seno. Les resulta más cómodo fundirse en el paisaje y no decir más que obviedades. Nadie sabe quién es el presidente de la Conferencia Episcopal y el cardenal arzobispo de Madrid vive instalado en el silencio. No hay duda de que son hombres buenos y bien intencionados, pero les falta carácter y liderazgo. Se rodean de pelotas, sonríen y apoyan a los ateos y son esclavos de los presupuestos. Han olvidado que la Iglesia de Jesucristo no es la del silencio, la mediocridad y la cobardía.

Francisco Marhuenda es catedrático de Derecho Público e Historia de las Instituciones (UNIE).