
Tribuna
El honor de Pérez de los Cobos
Para muchos de sus jefes, compañeros y subordinados, Don Diego ha sido un ejemplo en el cumplimiento de su deber

En el comprensible afán por alcanzar significativas metas en la vida, el ser humano suele encontrarse en situaciones donde emerge la conocida dicotomía entre los propios principios y el camino del éxito. Cada cual la resuelve a su manera, no siendo pocos quienes aparcan sus principios para tener expedito el camino del éxito o del beneficio personal, aunque es dudoso valorar como verdadero éxito a alguna meta alcanzada a costa de sacrificar los propios principios.
La reiterada negativa del ministro Marlaska a ascender a general al coronel de la Guardia Civil Don Diego Pérez de los Cobos, es un claro ejemplo de tensión entre principios y éxito profesional. En este caso, sus principios y valores le han costado el ascenso a general. Las ocho sentencias a favor de Don Diego contra el Ministerio del Interior, debería hacer reflexionar a sus responsables sobre si su actuación no sólo ha sido contraria a Derecho, sino también algo más.
Es bien sabido que la delgada línea existente entre discrecionalidad y arbitrariedad administrativas, es sobrepasada con despectiva impunidad por parte de los poderes públicos con una frecuencia mucho más alta de la que resultaría admisible. Una democracia digna de tal nombre no debería permitir esos espacios de impune arbitrariedad. Es sobradamente conocido que el coronel Pérez de los Cobos tiene acreditadas, de manera sobresaliente, las cualidades exigibles para su ascenso a general y solo la negativa política, nunca explicada, ha vetado ese merecido ascenso. Por ello, no resulta aventurado manifestar que, en este caso, la arbitrariedad parece evidente e injustificada. Ha constituido un ejercicio caprichoso del poder que se aleja del principio de buena administración que el artículo 103 de la Constitución y el 41 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE exigen a los poderes públicos en España y en la Unión Europea.
Frente a tanta arbitrariedad emerge la figura honorable del coronel Don Diego Pérez de los Cobos. El honor, junto con el valor, son dos virtudes imprescindibles para cualquier militar. Son innumerables las citas al honor desde muy antiguo y en todos los ejércitos del mundo las que se hacen en las Ordenanzas y en otras normativas castrenses. En España, desde el muy conocido y exigente artículo 12 de las de Carlos III «el oficial cuyo propio honor y espíritu no le estimulen a obrar siempre bien, vale muy poco para el servicio». En la Guardia Civil, en el actual artículo 22 de su Código de Conducta, pero de antigua tradición: «el honor es la principal divisa».
Sin embargo, el concepto de honor es polisémico y, en ocasiones, ciertamente ambiguo. Del honor cabe decir, lo que expresaba San Agustín respecto del tiempo: «Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé, pero si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé». En efecto, el honor y más concretamente el honor militar, es decir, el concepto de honor aplicado a la milicia, no es un concepto unívoco y universalmente aceptado, existiendo variadas acepciones del mismo. Sin perjuicio de citas poéticas como la de Calderón, al advertir la milicia como «religión de hombres honrados», en la España Constitucional actual la acepción de honor más adecuada podría ser –y por ese sentido parece decantarse el Tribunal Supremo– equivalente al «estricto cumplimiento del deber», que en condiciones normales no debe engendrar ningún problema a quien así actúa, sino todo lo contrario, resultando sancionable no hacerlo. Sin embargo, hay situaciones en la vida profesional de un militar en el que el cumplimiento del deber se hace extremadamente complicado, peligroso, o incluso, con riesgo de acarrear graves consecuencias personales. En esas excepcionales circunstancias, ese cumplimiento estricto del deber se convierte en un acto ciertamente honorable y, por ello, en ciertos casos se conceden «honores». En el caso opuesto sería una «deshonra». En efecto, no parece existir acción más honrosa de un militar que el cumplimiento del deber, sobre todo en situaciones excepcionales.
Para muchos de sus jefes, compañeros y subordinados, Don Diego ha sido un ejemplo en el cumplimiento de su deber e incluso así se ha pronunciado alguna sentencia, por lo que la honorabilidad del coronel Pérez de los Cobos está fuera de toda duda, habiendo sido un ejemplo a seguir por todo aquel que vista un uniforme militar. Eso le ha costado un calvario judicial, un sufrimiento personal y familiar y, además, se le ha privado injustamente de un merecidísimo ascenso a general que a cualquier militar le produciría una enorme decepción. Pero nadie ha dicho que el honor y la honorabilidad sean gratuitos. Antes al contrario, el honor es extremadamente oneroso, de ahí su mérito, y quizás por ello, honor y onerosidad provengan de la misma palabra latina «onus»: carga o gravamen.
Lamentablemente, una vez más, ha quedado acreditado que el honor, el verdadero honor, como el de Don Diego Pérez de los Cobos, tiene un altísimo coste.
Tomás Torres Peral.Comandante de Caballería. Academia de las Ciencias y Artes Militares.
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