Ir más allá con Cristo

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de Santa Ángela de la Cruz, Madrid

Ir más allá con Cristo
Ir más allá con Cristo FOTO: José Javier Míguez Rego

Lectio divina de este domingo XXIV del tiempo

«En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo…» (Marcos 8,27-35). Para preguntar a sus discípulos acerca de lo esencial, el Maestro los lleva más allá del centro social y religioso de su pueblo. Les conduce hasta el punto más septentrional de su ministerio, y con ello les sitúa hasta donde quiere que alcance su mensaje: siempre más allá. Desde entonces, el evangelio nos irá mostrando cómo Jesús avanza en un camino decidido y preciso que va desde lo más terreno hasta lo más celeste, tal como quiere ofrecer a toda la humanidad. Así revela que en la vida alcanzamos las grandes respuestas ampliando nuestras perspectivas, marcando desapego y distancia  para contemplar las cosas con amplitud, y así volver a ellas con el alma ensanchada. Él ya tenía respondida la gran pregunta de toda persona acerca de su propia identidad, pues la expresa de niño a María y José, cuando les dice que debía estar en la casa de su Padre, y se confirma en el momento radiante y estremecedor de su bautismo, cuando es el mismo Padre quien le reconoce como su hijo amado y manda a todos a escucharle. Por eso cuando pregunta a sus discípulos sobre su identidad está claro que no tenía necesidad de que los hombres le dieran una respuesta acerca de sí, sino que nos mueve a preguntarnos quién es él para que comprendamos quiénes somos nosotros. Por eso adentra a sus discípulos en una hondura cada vez más profunda sobre su misterio: «Unos dicen que eres Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas…». Entonces les inquiere acerca de quién dicen ellos mismos que es él. Cuando Pedro responde el primero que es el esperado Mesías, Jesús les prohíbe adelantar a otros ese anuncio de verdad, y más bien comienza a explicarles con toda claridad cómo se realizará su mesianismo: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Así les hace comprender el quicio de su misión. Dios no ha enviado un mesías arrollador y violento, como tantos esperaban, sino el que tomará el último lugar y vencerá la injusticia del mundo desarmándola en sus propios dominios, a través de un amor que no teme la prueba, sino que la supera por su misma fuerza, que todo lo vence, porque todo asume, perdona, purifica y reconcilia.

La doble pregunta de Jesús a sus discípulos llega hasta nosotros hoy. ¿Quién dice la gente que es él? Escuchemos sus pareceres, sí, pero vayamos más allá. Remontémonos desde lo opinable hasta la sólida verdad, y a esta llegamos por un encuentro vívido y personal, irrefutable en su contundencia y evidente por la transformación que obra. Desde ahí, respondamos entonces: ¿Quién digo yo que es este Jesús? ¿Es un mero personaje de la historia o la Persona que cambia y conduce mi historia? ¿Es el mesías que me resuelve los problemas o el que me enseña a asumirlos en su sentido más alto y decisivo? Este es el punto central: ¿Cómo espero que venga la respuesta a mis grandes necesidades? ¿Acaso caída del cielo o haciéndome asumir y transformar esta tierra? ¿Centro mi esperanza en lo fácil e inmediato o en lo que se fragua en calor de amor sacrificado, que no escatima por labrar lo que vale? Porque el camino de Cristo para ir siempre más allá pasa por su mucho padecer, ofrecerse en la cruz y así abrir el cielo a esta tierra que le anhela.

–¿Por qué cuando uno quiere algo tiene que esforzarse tanto para alcanzarlo? –Pregunté cuando era niño a un viejo sacerdote.

–Porque así demuestras que no solo lo quieres, sino que en verdad lo amas –Me respondió– Si entiendes esto, entonces podrás seguir a Jesús.