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Insolidario, el peor insulto

Si se es solidario –defínalo cada cual como quiera–, se podrán perdonar otros pecados, quien sabe si peores que la insolidaridad. Es una virtud contemporánea, aunque difícil de medir

Voluntarios cooperación
Voluntarios cooperaciónJosé Maluenda

Puede que en los tiempos actuales en los que se ha reclamado anteponer los intereses colectivos a los personales, ser calificado de «insolidario» sea el peor insulto. Es una palabra relativamente nueva en nuestro vocabulario, o por lo menos en esa acepción todavía no escrita de persona que ayuda desinteresadamente a los demás. Sin embargo, el diccionario de la RAE, en su edición de 2014 y última, mantiene la definición procedente del derecho –«modo de derecho u obligación in solidum»–, ya que se trata de un término que expresa la «corrección política» máxima, muy de los tiempos actuales, que lo puede abarcar todo –y nada– y que ahora es un certificado de garantía de compromiso corporativo.

Ahí está el sello «friendly» que las empresas deben ganarse, como esas petroleras que anuncian «contaminación cero» con letras verdes. Una persona que le compra el pan y la fruta a un vecino porque por su edad es una persona de riesgo por el Covid-19 llamarla «solidaria» parece que la homologa con lo que se exige ahora, aunque no tenga en cuenta un compromiso mucho más atávico y anónimo: ser buen vecino. Por contra, nos faltan datos para saber si una persona solidaria es automáticamente un buen vecino.

Estos días hemos visto como, junto al desarrollo del coronavirus se ha extendido en paralelo el virus de la solidaridad. Pero, según los patrones exigidos por Charities Aid Foundation (creada en 1924 en el Reino Unido y especializada en asesorar y canalizar ayudas de empresas y personas; desde 2004 cuenta con el Charities Bank) la solidaridad sólo puede medirse por tres exigencias: las donaciones económicas, el tiempo dedicado al voluntariado y el tiempo empleado en ayudar a los demás.

El ranking es muy similar al de la inversión de los estados en ayuda a la cooperación y el desarrollo, en el que España ocupa un lugar modesto si lo comparamos con la hipersolidaridad nórdica, incluso holandesa –que durante la actual epidemia no está siendo un ejemplo–, por no hablar de Luxemburgo, que es más conocido como paraíso fiscal que por su generosidad y aporte del 1% del PIB. No es ayuda todo lo que parece solidaridad. Y al revés.