Vivir con enfermedad mental en una pandemia

LA RAZÓN recoge el testimonio de personas que se enfrentan a una lucha diaria aún más complicada debido a la Covid

Hoy se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, uno de los puntos vitales de nuestro sistema sanitario, pero que no siempre recibe el cuidado y la atención que merece. La epidemia de Covid-19 ha recordado la importancia que debe darse a estas patologías, porque el virus ha desencadenado problemas nuevos y ha agravado otros ya existentes. Sin embargo, según una encuesta realizada en 130 países por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la atención a la salud mental se ha reducido durante estos meses en un 93%.

Nel González Zapico, presidente de la confederación Salud Mental España, asegura a LA RAZÓN que, con el estado de alarma y el confinamiento «nos vimos en una situación inédita, y después de la sorpresa inicial se vio que en personas que sufrían algún trastorno de salud mental sus síntomas se agravaron». En general, considera que la situación actual «nos desborda a todos, nos sorprende y nos desorienta. Nadie nos enseñó que esto podía ocurrir, somos seres humanos con rutinas» y muchas personas sienten que la epidemia les ha supuesto «una pérdida de libertad, de autonomía». En aras del bien común aceptamos «unas normas de comportamiento para que no haya más víctimas, pero eso tiene consecuencias, a veces más leves, otras más importantes», entre las que se encuentran «desasosiego, estrés, ansiedad, trastornos del sueño o problemas económicos».

En estas circunstancias, Nel González reclama que «la atención a la salud mental y al bienestar de la población debe ser una prioridad política, porque «ahora hay que atender mucho dolor, duelos, personas mayores que se ven solas...», y esta situación «va a generar una debacle en la salud mental».Pero también es una cuestión económica: «Por cada euro invertido en esta materia hay un retorno al sistema de entre cuatro a cinco», y recuerda que, para 2030 «las bajas por depresión y otros trastornos serán la primera causa de discapacidad mundial».

En primera persona

Alfonsi Gallardo sabe lo que es enfrentarse a las enfermedades mentales en primera línea. Desde hace tres años se encarga del cuidado de su madre, que tiene una demencia leve, y de un hermano con discapacidad intelectual y esquizofrenia. Cuando declararon el confinamiento en marzo se fue a vivir a su casa, donde permaneció 40 días. «Me encerré con ellos, mi madre es una persona de riesgo porque tiene una insuficiencia respiratoria, no permití que fuera ayuda a domicilio porque les ponía en peligro». Reconoce que ha sido duro: «llega un momento en que es insoportable estar en casa con personas así». Alfonsi señala que los dos echan mucho en falta las actividades que han dejado de hacer, como ir a terapia en el caso de su madre, «le afecta, no tiene ganas de hacer nada», o practicar deporte o hacer alguna excursión en el caso de su hermano, que le eran muy beneficiosas «porque baja el ritmo y no se brota tanto, es más llevadero».

En ambos casos necesitarían «hablar con otras personas, socializar, por lo que al final demandan más atención todavía». Alfonsi tiene que atender su propia casa, y desde que acabó el confinamiento los días que no está con ellos «noto más seria, más distante a mi madre», y «a mi hermano siempre le duele el estómago», por lo que al volver a su casa ella lo hace «con sensación de abandono, me crea tristeza, aunque he aprendido a sobrevivir con ello». En este sentido, se lamenta de que «el coronavirus es malo para todos, pero no nos afecta por igual», por ejemplo, en el caso del confinamiento, entiende que era una medida necesaria, «pero trajo consigo un trastorno psicológico más acentuado que el que ya tenían», y pudieron sobrellevarlo «gracias a la medicación, imagínate una persona no tratada», señala Alfonsi. Además, quiere que agradezcamos públicamente la labor del Centro de Salud Mental de Puente de Vallecas y a la Asociación Alusamen, «que están haciendo lo mejor dentro de sus posibilidades».

Sonia San Antonio padece esclerosis múltiple desde el año 2000 y cayó en una depresión. Durante el confinamiento perdió su empleo. «Estuve encerrada sin salir los tres primeros meses. No he recibido apoyo por parte de nadie. Me lo negaron hasta para alimentos o productos de higiene». Por ese motivo se sintió «abandonada»: «Mandé correos a varias ONG, pero nunca me ayudaron. Me he sentido fatal». Sonia vive de alquiler en una habitación, «el resto de los inquilinos hicieron piña, me quedé aislada. Y sin poder ver a mi familia, a mi nieta», recuerda. «Mi problema se agravó, estaba desesperada. Fueron momentos duros, me daba igual seguir. Por parte de mi psiquiatra considero que estaba abandonada», porque la llamaba una vez al mes. Además, se lamenta de que la atención «por teléfono no es igual. Cuando voy a consulta estoy una hora». Empezó a ir a una asociación «porque me ayuda mucho. Hay talleres, asisto a uno de creación literaria y he colaborado como monitora en uno de cocina». La asociación la llamaba casi cada día, «me ayudaron una vez económicamente. Pese a todo, me vi excluida de la sociedad». Después de la cuarentena ha pasado del temor a salir a la calle a no poder hacerlo por miedo. «Quería estar en mi nido. He retomado el trabajo, no queda más remedio, mi pensión no da para más», sostiene.

El problema de depresión y Trastorno obsesivo compulsivo (TOC) que padece Pedro Rodríguez desde casi la infancia tampoco ha salido indemne de la epidemia. En estos momentos está confinado en casa junto a su esposa porque ha contraido la Covid, y aunque el miedo a contagiarse ha desaparecido, sigue temiendo «por mis hijos y mi nieto». «Esto lo vivo como una guerra en la que hay balas perdidas, que no sabes si te van a dar o no, y que no puedes combatir de ninguna forma». La circunstancia actual «te produce mucha angustia, se agravan tus síntomas».

Pedro ha ido sobrellevando estos años su enfermedad gracias a la medicación, aunque al jubilarse «caí en picado y me diagnosticaron depresión doble (sucede en pacientes que han estado gran parte de su vida con bajo estado de ánimo). Ha sido ingresado en tres ocasiones, y la última crisis la tuvo en el confinamiento: «Me afectó, caí en picado. Y la sensación de asfixia aumenta con la mascarilla». Lo que más lamenta es no poder ver a sus familiares, por ese motivo concluye nuestra charla con un deseo: «Espero que descubran pronto una vacuna».

Servicios que salvan vidas

Pedro Martín-Barrajón, jefe de sala del servicio de atención psicológica telefónica puesto en marcha por el Ministerio de Sanidad durante el estado de alarma para hacer frente a las personas con dificultades derivadas de la COVID-19, recuerda que en el confinamiento recibieron «15.000 llamadas, con una media de entre tres y cinco con riesgo de suicidio» y, gracias a la actuación de sus 47 profesionales, ninguna de las personas llegó a consumarlo. Los psicólogos, especializados en diferentes campos, trabajaron los sietes días de la semana (a veces con un gran alarde ingenio) para ayudar a todos aquellos que llamaban solicitando ayuda profesional: jóvenes, ancianos, profesionales sanitarios y de las fuerzas y cuerpos de seguridad, personas que atravesaban un duelo y no pudieron despedirse de sus seres queridos... Fue un servicio muy novedoso, asegura Martín-Barrajón: «El único precedente que había era en Madrid tras los atentados del 11-M» (de media recibían 230 llamadas al día), por los diversas problemáticas que trataban y porque «nos pasaban a todos, éramos intervinientes y víctimas a la vez, porque nadie está a salvo del virus».

Problemas actuales

La coordinadora del Grupo de Intervenciones Psicológicas en situaciones de pandemia del Colegio Oficial de Psicología de Madrid, Ruth Pérez, declara que en este momento “trabajamos online, la gente tiene miedo, sobre todo los mayores. No quieren ir al despacho (ni embarazadas, o personas con enfermedades previas)”. El colegio de Psicólogos ha preparado una plataforma para hacer las sesiones telemáticas. La demanda de atención profesional «ha crecido mucho, sobre todo entre mayores de 65, están muy solos y tienen miedo», señala. «Bajo estado de ánimo, depresión, ansiedad muy elevada (el teletrabajo da mucha porque no se descansa, estamos todo el día); agorafobia, TOC, hipocondrias... se han visto empeoradas por el síndrome estacional con la llegada del otoño, es una mezcla explosiva. Hay mucho miedo a un segundo confinamiento, sobre todo en ancianos, que ya no van en metro o al cine, solo a pasear, y si nos vuelven a confinar no habría esa posibilidad», recuerda.