La parroquia de los mil cayucos

El sacerdote de la Lampedusa española arrima el hombro ante el tsunami humanitario que sufre el puerto de Arguineguín: «No son seres humanos de segunda categoría»

Cuando a Adrián le comunicaron que su nuevo destino sería Arguineguín, no se imaginaba la que se le venía encima. Al tomar posesión en septiembre, ya miraba de reojo al puerto porque agosto había desembarcado con más pateras de lo habitual. Bastante tenía el nuevo cura del pueblo con salir al paso del cierre del banco de alimentos de la localidad. No se achantó. Codo con codo con el Ayuntamiento, se puso manos a la obra para afrontar esta grave crisis, abriendo las puertas de la parroquia para dar respuesta a las colas del hambre, sin ser consciente de que el auténtico tsunami humanitario crecía por momentos a apenas unos metros del templo, en el muelle. «Llevamos mucho tiempo viviéndolo como un goteo constante, pero ahora estamos en el pico. Estamos sufriendo lo que pasó en Lampedusa a pequeña escala. Solo espero que no se nos recuerde en un futuro por haber convertido nuestro mar en un cementerio como ha sucedido con la isla italiana, sino por el granito de arena que estamos aportando para acoger a estos hermanos», sentencia el recién estrenado párroco de Nuestra Señora de los Dolores y Santa Águeda, Adrián Sosa Nuez.

«Cada dos por tres estoy por allí, para tantear cómo van evolucionando los acontecimientos», explica, a la vez que detalla que está en permanente contacto con la policía y la Cruz Roja para abrir vías de colaboración. «Acercarte por allí te permite ver cómo está todo desbordado. Resulta inevitable que te contagies de incertidumbre y no acabes de ver cómo se puede salir de esta», explica el sacerdote de 34 años, que lleva cinco ordenado. Y llega hasta donde le dejan. Al igual que sus feligreses se ve con las manos atadas: «En el puerto no aceptan ni voluntarios de Cáritas ni alimentos por el protocolo covid», lamenta este teólogo y escritor curtido como capellán en varios hospitales de la isla. En su día a día, Adrián responde a las emergencias migratorias a la vez que continúa atendiendo a otros tres núcleos urbanos del sur de Gran Canaria: Cercados de Espino, El Pajar y Barranquillo.

En Arguineguín se palpa la tensión. La falta de reacción política y el runrún callejero que estigmatiza al que viene de fuera hizo el resto para que estallara el polvorín en forma de manifestación contra los migrantes. «En cuanto te mueves un poco, notas enseguida que hay dos posturas claras en la gente: el rechazo y la acogida». Hubo reacción días más tarde, con una movilización para reivindicar los derechos y un trato digno de quienes están hacinados. Y la abanderó la Iglesia canaria, de la mano de otras entidades sociales. Allí estaba Adrián. No como un Quijote, sino como parte del equipo del Secretariado de Migraciones. Y es que las dos diócesis insulares se están volcando de arriba abajo poniendo a disposición instalaciones, abogados a las puertas de los hoteles para asesorar a los desplazados y colaborando con otras entidades sociales. Todo esto, con el respaldo de los obispos locales y de la Conferencia Episcopal, que al cierre de la Asamblea Plenaria denunciaron que «España y la UE no pueden crear guetos insulares».

En estos días, su labor se concentra en el acompañamiento de quienes merodean por el puerto, en ponerse a disposición de las autoridades y en sacar adelante a aquellos que ya llegaron hace años en cayuco a Arguineguín y a quienes la pandemia ha castigado con severidad. Como en el resto de España, las peticiones de auxilio también se han multiplicado en la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores y Santa Águeda. «El 80 por ciento de las personas a las que ayudamos son magrebíes, como los que están viniendo en estas últimas barcas», explica el presbítero, que distribuye en colaboracióncon servicios sociales los recursos que disponen: tarjetas para el supermercado, ayuda al transporte, lavandería, ropero… «Y, sobre todo, escucha».

Al echar la vista atrás en estas semanas de vértigo, surge una palabra al valorar a la clase política: descoordinación. «Se plasmó cuando se dejó libres a dos centenares de migrantes, abandonándolo a su suerte». De unos días para acá, ve cómo, al menos, se les está tratando «como personas». A la espera de ver en qué condiciones se les acoge en las nuevas carpas en Barranco Seco, aprecia que se les haya buscado un techo en los hoteles. «Pero no basta con esto, hay que abrir otras puertas». Es ahí cuando el cura echa mano de la «Fratelli tutti», la nueva encíclica del Papa que bucea en la cuestión migratoria desde sus cuatro verbos de cabecera: acoger, proteger, promover e integrar. «Estaba firmada antes de que esto se convirtiera en un volcán, pero parece que Francisco la escribió expresamente para nosotros. No estaría de más que los que mandan aplicaran sus propuestas».

Estas reflexiones las traslada a sus homilías, que se han convertido en catequesis de concienciación: «Le pregunto a quienes están en los bancos cómo reaccionaríamos si fuéramos cualquier de nosotros los que viajamos en los cayucos o fuera un familiar nuestro. Nadie como los canarios sabe lo que significa hacerte las maletas e irte con lo puesto a otro país». Así, no duda en afirmar que «la tierra no es de nadie, es de todos y los que estamos en un territorio es porque llegamos primero, pero eso no nos da derecho a pensar que el que llega más tarde es un ser humano de segunda categoría». En la agenda ya tiene marcada una vigilia de adviento arciprestal para rezar por quienes han perdido la vida en el Atlántico y los que continúan en el puerto.

Mientras pasea por el puerto, en medio de la emergencia sanitaria que avista, Adrián da vueltas a la cabeza para calibrar cómo y cuándo reabrir el banco de alimentos que ahora se torna más necesario que nunca. «Conseguirlo nos permitiría focalizar nuestros esfuerzos en la promoción de la persona a través de otros proyectos como el acceso a viviendas de alquiler, porque lo que tenemos claro desde Cáritas es que no nos podemos quedar en el asistencialismo de urgencia, sino que tenemos que poner medios para las personas salgan adelante y construyan su futuro», reflexiona el párroco del pueblo de los mil cayucos.