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Cinco días sin agua, un aborto y el encuentro de dos hermanos

Una enfermera de la Orden de Malta explica a LA RAZÓN cómo fue la vida abordo

  • Un inmigrante y un voluntario se abrazan tras llegar a tierra
    Un inmigrante y un voluntario se abrazan tras llegar a tierra

Tiempo de lectura 4 min.

18 de junio de 2018. 05:57h

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Laura L. Álvarez 18/6/2018

Tienen sólo 15 y 17 años pero tuvieron la mala fortuna de nacer en Eritrea. Se trata de dos hermanos originarios de este «peculiar» país, conocido como la «Corea del Norte africana» porque a los 17 años están obligados a entrar en el servicio militar pero su único destino real es convertirse en esclavos del Estado de por vida. Torturas, violaciones y esclavitud sexual para las mujeres son algo cotidiano en este rincón del mundo. Por eso estos dos hermanos, a pesar de su corta edad, decidieron huir del horror y probar suerte en Europa. La única opción para ello es a través de las mafias, que son quienes establecen las rutas, cierran los precios y deciden las fechas en las que viajar por tramos a través de toda África para llegar al norte, a las costas del Mediterráneo.

Estos chavales se separaron en su país de origen por causas ajenas a su voluntad, por pura supervivencia, y decidieron que no quedaba otra que probar suerte cada uno por separado, a pesar de su juventud. El destino y esas rutas planificadas por las mafias, que agrupan a varios grupos de inmigrantes para hacer un viaje de una vez, quiso que se volvieran a encontrar, por casualidad, en Libia, punto de partida hacia la ruta marítima. Una vez en aguas del Mediterráneo, tras varios días a la deriva, fueron rescatados por la embarcación «Aquarius» pero aún no sabían todo lo que les quedaba por vivir. Tras la negativa de Malta e Italia de abrir sus puertos, pusieron rumbo a España, una travesía muy dura que ha durado más de una semana y que ha unido más si cabe a estos dos hermanos eritreos.

Otros dos jóvenes sudaneses aguantaron cinco días sin beber agua hasta que fueron rescatados. Luego tuvieron que hacerlo poco a poco para no sufrir daños en su organismo.

Muy dura fue también la experiencia de una chica de 16 años que tuvo un aborto dentro del barco y que, al llegar a puerto, se enteró de que su marido había sido trasladado a Cheste.

Son alguna de las duras historias que llegaron ayer a Valencia a bordo del «Aquarius», una embarcación acostumbrada a las historias dramáticas pero que en estos últimos ocho días ha vivido su punto más álgido. Y es que además de las terribles vivencias de esta gente en sus países de origen hasta el punto de lanzarse al agua sin ningún tipo de garantía de vida, se ha añadido el duro periplo de navegar durante tantos días para gente que (muchos de ellos) ni si quiera habían visto alguna vez el mar.

Y aunque aquí se les trate de dar la atención más adecuada, sanitaria, psicológica y jurídica, afortunadamente en todos estos días ya han tenido a profesionales trabajando con ellos en todo tipo de planos. Un ejemplo de ello son los voluntarios de la Orden de Malta, que han trabajado a bordo para aliviar en todo lo posible el sufrimiento de esta gente. LA RAZÓN ha hablado con Marika Giustiniani, una enfermera italiana de 26 años y de esta Orden que desembarcó en la primera embarcación, el «Dattilo», y que ha vivido con ellos esta dura semana de navegación. A pesar de que habían atracado a las 6:40 horas de la madrugada de ayer en el muelle 1 del puerto de Valencia, a última hora de la tarde aún no habían podido salir de la zona de control, tras pasar controles sanitarios y de pasaportes. Ella embarcó el día 12 y allí llegaron las 274 personas que trasladaría este barco del «Aquarius». Giustiniani asegura que las condiciones de salud que se encontró eran «bastante buenas» aquel día aunque sí hubo que hacer alguna intervención. Durante el día siguiente tuvieron que modificar el trayecto y hacerlo un poco más largo porque las aguas estaban «muy movidas», por lo que bordearon Cerdeña. «No había ninguna enfermedad dificultosa y eso es bueno en sí mismo pero también porque nos ha permitido hablar un poco más con las personas, conocer sus historias y sus sueños», explica. Estos inmigrantes, según la enfermera, tienen «una gran esperanza e ilusión por alcanzar Europa y por poder desarrollar un futuro, que era algo que llegaron a tener dudoso».

A bordo del «Dattilo» venían ayer 60 adolescentes, la mayoría dos hermanos solos o un menor con sus padres. Algo que llamó la atención de esta voluntaria de la Orden de Malta fue que los chavales mayores compartían con los más pequeños sus experiencias sobre cómo lo han ido viviendo todo. «Eso es un signo de unidad y de esperanza», sostiene Giustiniani.

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