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Las Eritas, por qué los Montoya nacieron malos

Habla el poblado gitano de Huelva al que los Montoya llegaron en los 90 repudiados de Badajoz y que mancharon de sangre: «Si nos cruzábamos con Bernardo nos poníamos a rezar».

  • Las Eritas, viviendas de protección oficial donde llegaron los Montoya a sembrar el terror. Los vecinos aseguran que la familia de Bernardo le escondió allí durante una orden de alejamiento. Foto: C. Pastrano
    Las Eritas, viviendas de protección oficial donde llegaron los Montoya a sembrar el terror. Los vecinos aseguran que la familia de Bernardo le escondió allí durante una orden de alejamiento. Foto: C. Pastrano

Tiempo de lectura 5 min.

23 de diciembre de 2018. 20:55h

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Laura L. Álvarez El Campillo. 23/12/2018

A los 12 ya llevaban navaja en el bolsillo pero es que dos años antes ya se habían atrevido a prender fuego a una clase del colegio Divino Salvador, donde más que a estudiar, iban a enredar y a buscar pelea con los chiquillos. Bernardo y Luciano Montoya, que vinieron a este mundo en octubre del 68, son gemelos en apariencia y conducta. «Cómo no me voy a acordar de ellos, si eran el mismo demonio», dice un señor ya bien mayor de su barrio. En Cortegana, un pueblito de Huelva de casi 5.000 habitantes que vive «del corcho y del gocho», todos conocen a estos hermanos originarios de Barcelona pero que llegaron muy pequeños y pisando así de fuerte a este pueblo. Y, entonces, se acabó la paz en este precioso rincón de la sierra de Aracena.

Lejos de toparte con la famosa «ley del silencio» que suele imperar en las barriadas gitanas al hablar de las andanzas del cualquier miembro de su «tribu», en Las Eritas, la zona gitana del pueblo –viviendas sociales que fueron copadas por dos clanes: los Montoya y los Aguilera–, están deseando contarle al mundo quiénes son estos dos tipos que han ido sembrando el miedo desde bien críos. No tendrían más de ocho años cuando se instalaron aquí con sus padres Isabel (ya fallecida) y Manuel dejando en Lloret de Mar a gran parte de la extensa familia. Primero en la calle Mendo, luego en la calle Chanza y en los 90, cuando entregaron estos pisos de protección oficial, en Las Eritas. «Fue llegar ellos al pueblo y empezamos a cerrar la puerta de las casas, igual que hice cuando me enteré que salió de la cárcel», recuerda una vecina del barrio Chanza mientras fríe pestiños de miel.

Cuenta que los Montoya llegaron a Barcelona repudiados de Badajoz, de donde realmente son originarios y de donde el abuelo de los hermanos (padre de Manuel Montoya) también estuvo implicado en un delito de sangre. Aunque de alguna de las hermanas Montoya dicen que vive de trapichear con droga, Manuel, el padre de estas dos «joyas», siempre ha vivido de la venta de caballos o de alquilarlos para romerías. «Cuando vienen ahora para las Navidades la familia de Barcelona no te puedes hacer una idea. Esos sí que se ven de otro nivel. Llegan con coches de lujo, llenos de oro y relojes de millón de pesetas», dice un «Aguilera», que advierte de que «como entre ellos se han casado mezclados tienen una pequeña tara al andar, así como los caballos». Pero por mucho oro que vieran llegar de Barcelona, los que daban miedo siempre fueron los gemelos. «Con once años yo vi cómo le arreó un botellazo a una mujer que le sacaría 20 años. Ya vi la estirpe que eran. A Dios gracias que han pasado tantos años dentro», dice una familiar de la última víctima de Bernardo: una anciana de más de 90 años ahora a la que tiró al suelo para robarle el bolso. Fue la condena que cumplió antes de salir el pasado mes de octubre. «Tenía una orden de alejamiento de ella y, como ves, la ha incumplido porque ha estado aquí en casa de su hermana y de su padre antes y después de que desapareciera la chica. Que no digan ahora que ya no tiene familia, que bien que le han escondido», advierte. El miedo hacia los Montoya es el denominador común a cada mujer que preguntes. «Yo siempre evité mirarle cuando me lo cruzaba por la calle y aun así tú notabas su mirada». «Si coincidíamos en algún sitio se me ponían los pelos de punta: me ponía mala, nerviosita perdida». «En cuanto nos enteramos de que había vuelto a salir de la cárcel estábamos ya intranquilas, rezando para no cruzártelo por ahí». Todo esto dicen sobre Bernardo, el violador y asesino de Laura Luelmo. Y eso que ha pasado la mitad de su vida en la cárcel. Con los hombres parece que se comportaba distinto: «A mí me respetaba porque yo no me achantaba, no puedes arrugarte con un mierda así. Me pedía mil duros y yo sabía que era para pillar. Se los fiaba pero en cuanto daba por ahí algún palo me lo devolvía», cuenta un ex toxicómano sobre el asesino de Laura, que también «estuvo enganchado al caballo» (heroína) en sus años mozos, cuando iba con su melena negra rizada creyéndose intocable. «Solía ir a por las payas, claro, sabe que si toca a una gitana lo cuelgan en la plaza del pueblo», asegura una «paya» de Las Eritas, que recuerda cómo también intentó agredir sexualmente «a una muchacha pariente que traía la leche. Ahí cerca del cuartel la cogió pero la tía le echó dos huevos y le dio un buen porrazo».

Pero la primera mujer maltratada por Bernardo fue su esposa, madre de sus dos hijos. África, apodada «La Enferma», logró separarse de este monstruo que la maltrataba a pesar de que no estaba bien visto en su familia gitana. Hoy no quiere saber nada de él y vive junto con sus hijos (que tuvo con Bernardo) en Palos de la Frontera, a dos horas de Cortegana.

Por su parte Luciano, ahora más delgado y menos canoso que su gemelo, también se separó pero ahora ha vuelto con su mujer. Durante sus permisos va a Calañas, donde vive una hija y donde esta semana celebraban con una gran fiesta sus días libres (ya ha vuelto a la cárcel de Ocaña) aunque ya se conocía el crimen de Laura y la detención de su hermano al respecto. Él también se metió siempre en historias violentas «pero era menos de ir a por las muchachas», comentan. Luciano también es un asesino. Fue condenado por acuchillar hasta la muerte en el año 2000 a Maricarmen, una chica de 35 años que cuando murió dejó dos niñas muy pequeñas. Hoy, Patricia y Beatriz ya son dos veinteañeras que viven en Aracena. Su abuela (madre de la fallecida) no superó la muerte y vivió medicada contra una fuerte depresión hasta hace alrededor de un año, cuando acabó quitándose la vida cuando estaba ingresada en el hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva. Parece que lo que hacía uno lo tenía que hacer el otro porque un año antes de la muerte de Mari Carmen, Bernardo había hecho lo propio con Cecilia, una anciana de 85 años, cinco años antes. Se metió a robar en su casa, ella le pilló, él la agredió, la señora denunció y él fue a matarla directo en cuanto le soltaron del cuartel. «Aquella vez casi les echamos del pueblo. Se lió muy gorda en el pueblo pero les teníamos que haber prendido fuego. Luego nos tacharon de racistas pero mira como de otros sitios les han conseguido echar. Aquí somos el único pueblo donde no hemos hecho concentración por lo de Laura. Es del miedo que se les tiene, no porque no lo sintamos».

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