Cultura

«Divinas palabras»: Los hombres como los lobos

Un instante de la representación dirigida por José Carlos Plaza
Un instante de la representación dirigida por José Carlos PlazamarcosGpunto

Autor: Ramón María del Valle-Inclán. Director: José Carlos Plaza. Intérpretes: María Adánez, Consuelo Trujillo, Javier Bermejo... Teatro María Guerrero, Madrid. Hasta el 13 de enero.

No cabe poner tachas o enmiendas a la lectura que pueda hacer, y que ha hecho, un director con la experiencia de José Carlos Plaza de un texto que conoce tan bien como es «Divinas palabras» (incluso la ha llevado a la ópera, con libreto de Nieva y con Domingo a la cabeza del reparto). No obstante, tengo la sensación de que esta obra, la monte quien la monte hoy en día, y por más que nos pongamos de acuerdo a la hora de señalar sus numerosas virtudes literarias, ha perdido un poco su capacidad para llamar la atención e interpelar al público más joven o menos curtido, en contra de lo que sé muy bien que piensa la mayoría de directores. Tal vez, tenga que ver en ello la dificultad para empatizar con unos personajes y unos conflictos que tienen su importancia, sobre todo, como necesarias partes de un todo más abstracto, como símbolos de una reflexión más general acerca del oneroso peso de la tradición y de cómo la falta de educación y conocimiento determina trágicamente a los más miserables –un tema que ya preocupaba mucho en la literatura realista anterior a Valle–. En este sentido, ese cuadro general y devastador del grotesco mundo que pinta el autor gallego puede ser apreciado cuando la obra, como es el caso, está bien montada; pero es difícil que el agrado al contemplarlo se convierta en emoción o entusiasmo a lo largo de la representación, porque toda la interacción dramática se antoja en la mayoría de las escenas, a los ojos de un espectador moderno, como un mero pretexto para una exhibición puramente literaria que se percibe sobre el papel tanto o más que en las tablas. Ni la cohesión dramatúrgica, ni el oportuno ritmo que ha dado Plaza a todo el desarrollo, ni la precisa intensidad que aportan los actores a algunos momentos clave, ni la interesante ambientación de aroma brechtiano en la escenografía de Paco Leal consiguen, como digo, que esa amenidad, innegable por otro lado, se convierta en auténtico regocijo.

Lo mejor

El buen ritmo de una función que tiende por su propia naturaleza literaria a ralentizarse

Lo peor

La estética de «pirata del Caribe» que se ha querido dar, en concreto, al personaje de Mari Gaila