Ortega roba a Morante Sevilla y Juampedro la tarde

Juan cortó el único trofeo del festejo condicionado por el mal juego de la corrida y el sublime toreo de capa

Juan Ortega, en un cadencioso derechazo, en Sevilla, donde corta un trofeo al sexto
Juan Ortega, en un cadencioso derechazo, en Sevilla, donde corta un trofeo al sexto FOTO: Kiko Hurtado

A Morante le dieron donde más duele: en ese toreo a la verónica en el que él es capaz de hundirse y arrebujarse hasta los infiernos. Pero no fue el caso. Sevilla crujió como si doliera, por otro. De la tierra también. Hervía la sangre. Se fundió a la verónica Juan Ortega en un estallido de emociones porque las verónicas fueron fogonazos, tan lentas como encajadas. ¿Aquí a qué hemos venido? Pues eso... Se sublimó en los delantales y cuando llegó la media a la cadera, cintura rota, la Maestranza era suya y Morante preparado para quitar. Entonces se abrió a la verónica, fuegos artificiales por dentro y por fuera fueron lo que ocurrió. Cuatro o cinco verónicas tal vez y una media a pies juntos que revolotea. Aún hoy, entre Sevilla y La Puebla.

Tuvo nobleza después el toro de Juan Pedro y el fuste justo, y menos. La faena de Juan fue despaciosa, vertical, tranquila y bonita. Y la espada roma. El espectáculo lo habíamos vivido antes.

Morante, en una tremenda chicuelina que da al sexto en la Maestranza de Sevilla
Morante, en una tremenda chicuelina que da al sexto en la Maestranza de Sevilla FOTO: Kiko Hurtado

Morante perdió pie en el saludo de capa y se quedó a merced del tercer toro. A pesar de que se repuso salió Lili a hacerle el quite y el toreo de capa se esfumó entre la nada, como la faena de muleta, por mucho que Morante quisiera. Que quiso. Al Juampedro le costaba mundo y medio repetir y en esos tiempos se consumió la faena de Morante y la ilusión de la gente, todavía expectante.

Fracaso cantado

Lo del primero había estado cantado desde el principio. El toro estaba con lo justo y el toreo era un imposible. Ver a Morante por ahí era como un espejismo de lo que debía ser y no era.

Lo del cuarto siguió un curso deprimente con otro toro de Juan Pedro vacío. Nada tenía y nada quería. Lo mismo le dio que fuera la tarde del mano a mano Morante/ Ortega. Se le fue la faena entre la nada.

Y no mejoró la cosa con el quinto que salió rebañando los burladeros pero no por abajo, sino queriendo quitar cabezas y correteando al más puro estilo del rodeo. ¡Qué cosas! La historia es que se devolvió y el sobrero que salió no tuvo mayores alegrías que constatar que igual que a Morante le habían dado donde más le dolía con ese brillante toreo de Ortega con el capote, a nosotros nos habían hecho lo mismo con una corrida condenada al fracaso que nos metió en el día de la marmota, toro a toro, cumpliendo condena.

El sexto, bendito, tuvo alegrías contadas, pero alegrías, las justas para poder contar a modo de crónica y titulares que Ortega se llevó la tarde. Morante, tan disgustado por ese quinto, no quiso ni saludar la ovación, pero salió a quitar por chicuelinas como si no hubiera mañana. El cierre de media resultó glorioso. Replicó Ortega a la verónica y Sevilla recuperaba memoria y sentido al dinero gastado. El toro se movió con franqueza en la muleta del diestro, que le dejó un trasteo colmado de torería, cadencia, suavidad y un elevado sentido estético. Lo sublime había ocurrido en ambos bandos, capa en mano.