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Manzanares vuelve al corazón de Sevilla

El alicantino corta el único trofeo de la tarde al buen quinto en el tradicional Domingo de Resurrección de Sevilla

  • Manzanares, en un derechazo al quinto toro de la tarde al que cortó una oreja en Sevilla / Foto: Manuel Olmedo
    Manzanares, en un derechazo al quinto toro de la tarde al que cortó una oreja en Sevilla / Foto: Manuel Olmedo /

    Efe

Tiempo de lectura 4 min.

21 de abril de 2019. 22:20h

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Patricia Navarro Sevilla. 21/4/2019

No hizo falta esperar. Fue en el primer desmayado. Justo a la media vuelta de aquel brindis de Juli a Vargas Llosa que ocupaba una barrera muy cerquita de la Puerta del Príncipe con Isabel Preysler, cuando la memoria nos atrapó de lleno como un pellizco a medio camino entre la barriga y el corazón, como una aparición a media noche... esos andares, esa muleta templada con la intención de desmayarse, como aquel toreo descomunal que hizo ante “Orgullito”, el toro de Garcigrande que de tan bueno volvió al campo a padrear. Hacía un año. Así funciona la memoria, más o menos, al volver al lugar de los hechos. No fue este primero aquel toro que nos hizo gozar, pero Julián quiso hacerlo todo desde la parsimonia y la relajación, a la nobleza y la calidad del toro le faltó ese punto de querer ir más de seguido a la muleta, pero la faena tuvo buen son, pero de más a menos, y con final certero. Apuntó más emociones las del cuarto, pero duraron poco. El toro se vino abajo pronto y embestía un punto por dentro, sobre todo en el final del muletazo, cruzándose en la salida de la suerte. Como la espuma de cerveza se fue la ilusión de la faena cuesta abajo. Resolvió con rapidez con la espada.

Tremendas fueron las chicuelinas de Manzanares al segundo, de mano bajo y muy toreadas. Otra película. Y la larga de remate. Iba medio toreo en él. Hizo Roca el quite que le correspondía y prendió la llama, con más intención que tino. Se movía el toro después, pero con la urgencia de querer irse, a la huida. Y en esas intentó faena el alicantino, aunque no consiguió empastarla y por fuera. Estocadón, eso sí. Un silencio anodino nos inundó en la primera parte de la faena al quinto. Fue la antesala de la emoción. Así vino. Para quedarse. Manzanares fue encontrándose con el toro, que tuvo muy buena condición. Y poco a poco ocurrieron las cosas, despacito, templado y con un empaque descomunal que acabó por firmar el acta oficial de reencuentro de Manzanares con Sevilla. Esa cadencia que subía los decibelios de la plaza en décimas de segundo, multiplicados por la belleza de los remates, ya fueran esos pase de pecho que llegaban a la hombrera, verdad de la buena o un cambio de mano, marca de la casa. Se perfiló para entrar a matar y en la misma yema dejó una estocada recibiendo. Una explosión en el tendido y un trofeo unánime, que tuvo peso. Manzanares y Sevilla. Otra vez. Buen compañero de aventuras había sido el toro de Victoriano del Río.

Roca Rey había pasado con una discreción inaudita con el tercero de la tarde, bronco y de corto recorrido, y ahí quedó la faena, sin acabar de rebasar la frontera que separa el ruedo del público. Y sin espada. El sexto tuvo tanta nobleza como sosería y tampoco acababa de despegar la faena del diestro peruano. Pero esta vez forzó la máquina hasta el límite. Y el límite fue dejar que el toro le pusiera los pitones en la cadera, a un lado y a otro, aguantar las manoletinas amenazantes y dejar a la gente sin oxígeno. Más valor no cabía. Con el esfuerzo hecho, amarró la estocada, tardó en caer el toro y la cosa se disipó. Lo había peleado, pero Manzanares había vuelto antes al corazón de Sevilla. Y las cosas del corazón así son.

Ficha del festejo

Sevilla. Domingo de Resurrección. Se lidiaron toros de Victoriano del Río. 1º, noble y de calidad, pero de poco fuste; 2º, con movilidad pero rajado; 3º, bronco y de corto recorrido; 4º, de poco fondo; 5º, bueno; 6º, noble y sosote. Lleno de no hay billetes.

El Juli, de rioja y oro, estocada, descabello (saludos); media trasera (silencio).

José María Manzanares, de azul marino y oro, buena estocada, aviso (silencio); estocada (oreja).

Roca Rey, de gris y plata, tres pinchazos, estocada (silencio); aviso, estocada (palmas).

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