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Morante y Diego, a pesar de la dictadura de la banda

Urdiales da una vuelta al ruedo después de una bonita y bien estructurada faena y Morante sorprende con una labor de hondo trazo al cuarto bajo el silencio de la música

  •  El diestro Diego Urdiales durante la faena al segundo toro de su lote en la octava corrida de abono de la Feria de Abril de Sevilla / Efe
    El diestro Diego Urdiales durante la faena al segundo toro de su lote en la octava corrida de abono de la Feria de Abril de Sevilla / Efe

Tiempo de lectura 4 min.

06 de mayo de 2019. 23:06h

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Patricia Navarro Sevilla. 6/5/2019

Ficha del festejo:

La Maestranza (Sevilla). Octava de abono. Se lidiaron toros Juan Pedro Domecq. 1º, noble pero parado; 2º, tan noble como flojo; 3º, noble, de buen ritmo, pero muy a menos; 4º, sobrero de media arrancada; 5º, complicado y áspero; 6º, bueno. Lleno de «No hay billetes».

Morante de la Puebla, de azul pavo y oro, pinchazo, estocada caída (silencio); aviso, dos pinchazos, estocada, descabello (saludos).

Diego Urdiales, de gris y oro, estocada baja, descabello (vuelta al ruedo); pinchazo, media, aviso, tres descabellos (silencio).

Manzanares, de azul noche y oro, tres pinchazos, estocada (silencio); pinchazo, estocada (ovación).

Lo bueno de Morante es que la espera es corta. Nada más salir el toro ya se le espera con desesperación. En el compás, a la media vuelta de una verónica puede venir el toreo más deslumbrante y convencerte de que con cinco, cuatro o incluso tres lances la entrada está amortizada. Son las cosas del alma. No se puede llegar a entender si antes no te has expuesto a ello. Y había ocurrido recientemente, con lo que la memoria multiplicaba el interés. Se estaban todavía yendo sus verónicas de seda de hace días, de hace horas, de hace siglos. Por lunes de farolillos se templó de nuevo, meció las muñecas más allá del cuerpo y el toreo fue bonito. Y así los lances y arrebujada la media, como si estrujara... Lo malo de Morante es que no es fácil que haya faena más allá de un puñado de muletazos que grabarte en la retina. Y así ocurrió. El caballo le cobró el peaje y el toro se paró. La torería de Morante deambuló por la plaza. Nada más.

Pero el arrebato del sevillano vino a quitarnos razones en el cuarto y se salió de sí mismo, de su propio esquema y hasta de su propia probabilidad y apostó con el toro desde el comienzo de muleta como si se le fuera la vida. O igual se le iba. A saber. Hay cosas que no sabe nadie. Multiplicó el pan y los peces con las medias arrancadas del toro, sin probaturas y sin hacer perder el tiempo. Hubo verdad y fuerza en la manera de expresar el toreo en la plaza, en el cite, en el embroque, pasándose al Juampedro por la barriga. Era su toreo música callada, a pesar del silencio de la banda. Echó el resto. Y cuando pareció que estaba todo hecho, quería más. La espada no remató, pero aquello había sido para el deleite.

Urdiales llegaba a Sevilla después de siglo y medio y de haber triunfado en muchas plazas a lo grande. Su gente le siguió hasta aquí. Se notaba en el ambiente. Bonito lo hizo Diego con la capa, suave, fácil lo difícil. Muleta en mano el toro perdió las manos casi al mismo compás que Urdiales comenzaba a componer. Sonaba a faena imposible, pero hubo que esperar. Fue a fuego lento y para paladares exquisitos, requirió su tiempo, uno y otro, para que el temple se fusionara con la yema de los dedos y aquello fluyera, porque lo cierto es que al buen ritmo del Juampedro le faltaba fuerza para empujar detrás del engaño. Diego le cogió los tiempos perfectos, cadencia y exquisitez en el trazo, que quería pasar inadvertido ante el silencio sepulcral de la banda. Ni estaba, y al parecer ni se le esperaba. Pulseó la faena de bonita factura y se le fue la espada abajo en el primer envite. Dio una vuelta al ruedo. Complicaciones sacó el quinto, muy áspero, revoltoso e incierto. Urdiales hizo una faena de torero bueno, haciendo muchas concesiones al toro y pasando por alto todas aquellas que ponían cada muletazo en vilo. Parecía más una faena de campo, de tú a tú, de medirse que la escenografía de la plaza, donde le costó conectar con el público y se alargó en exceso.

El tercero, que fue a parar a las manos de Manzanares, tomó el engaño con mucha largura y claridad en los albores. Se abría una barbaridad y quería ir hasta el final. En dos series nos lo enseñó el de Alicante, centrado con el toro, pero pronto el Juampedro fue a menos, más corto, sin querer avanzar en la muleta. La espada, cosa rarísima, no le fue. Atascada de lleno.

Ovacionado se fue Chocolate tras el tercio de varas del sexto y Duarte con los palos. Fue toro bueno. Se llevó el lote de nuevo. No perdió el tiempo con el toro y quiso buscarle las vueltas desde el principio con más o menos brillantez. Y así fue el trasteo, basado más en la largura de los pases que en la profundidad. Redundando en la rareza a la espada de Manzanares le faltó filo y a la banda de música enterarse de lo que había pasado en el ruedo.

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