Viajes

El turismo sexual en Camboya tiene tres culpables

Bastan cuatro horas y dos ojos para destapar el escandaloso turismo sexual que rige en Camboya. Esta es una descripción sin un ápice de imaginación, real sin condimentos, de las primeras horas que pasé en Nom Pen y lo que pude llegar a ver apenas sin buscar.

Roberto

Nom Pen, octubre del 2019. Ya he salido del aeropuerto internacional y tras regatear con cuatro o cinco conductores de tuk tuk, he encontrado a uno que está dispuesto a llevarme a mi alojamiento por un precio razonable. Es un tipo no demasiado alto, de sonrisa amable y ojos despiertos, con el pelo negro pulcramente cortado a cepillo y repeinado con gomina. A partir de ahora le llamaremos Roberto.

Por el camino pregunto a Roberto sobre la situación política más reciente en el país y lo que piensa él al respecto. Aunque he leído unos cuantos textos para prepararme sobre el tema, siempre viene bien conocer la opinión de cuantos locales encuentre uno en su recorrido por cada rincón del mundo. Así podré obtener una visión periférica, desde dentro y desde fuera, de la situación social en cualquier región que visite. Preguntando a los locales. Roberto no aparta la mirada de la carretera pero se queja. Dice que hay mucha pobreza, más de la que les gustaría, y que el gobierno se preocupa más por satisfacer a los turistas que a sus propios ciudadanos. Que vive en un país en el que el bienestar de los suyos ha sido relegado a un segundo plano, para que mochileros y viajeros de todos los colores encuentren en Camboya el remanso de fiesta y diversión que andan buscando lejos de casa. Hace pocos años, me confía torciendo la boca, comenzaron a abrirse unos locales donde sirven pizza con marihuana, Happy Pizza que lo llaman por aquí, y el negocio ha derivado en una facilidad asombrosa para conseguir marihuana que fumar. Su consumo recreativo es prácticamente legal.

¿Y cocaína?, pregunto, casi grito para hacerme oír sobre el estruendo del tuk tuk de Roberto. Pero cocaína hay poca, es demasiado cara. La mayoría de los turistas que la buscan acaban estafados y comprando harina. Seguimos hablando de eso y esto otro, y ya quedan pocos minutos para llegar al hotel cuando Roberto se traiciona. Mientras pasamos por una pequeña callejuela donde no hace falta alzar la voz, me pregunta por lo bajo si busco diversión esta noche. Dice que puede conseguirme la droga que yo quiera, opio también, o incluso una chica guapa con la que pasar unas horas de placer. Una chica guapa, repite. Las chicas camboyanas son las más bonitas de toda Asia. Y lo dice así, muy bajito, como cubriendo con el orgullo por sus mujeres el deshonor que supone ofrecérselas a los extraños.

¡Roberto, qué decepción más grande! Mientras me narrabas las desgracias de tu pueblo ya maquinabas alguna manera de proseguirlas y llevarte tu pedazo de pastel. Pero no conozco lo suficiente a Roberto como para juzgarle a él ni sus circunstancias, ni si el dinero que cobrará por este viaje conmigo bastará para mantener a su familia. Entonces me limito a rechazar educadamente su oferta y esperar a que lleguemos al hotel. Le pago, me despido de él para siempre y dejo las maletas en la habitación antes de dar un paseo por las orillas del río Mekong. Todavía queda luz de sol y a los bordes del agua se sientan padres con sus hijos procurando pescar la cena, mujeres harapientas rebuscan en el río por si encuentran cualquier objeto de valor. Los monjes budistas caminando reposadamente se confunden con los vendedores ambulantes de chucherías y frutos secos. Está vivo Nom Pen, dibujado con las trazas de miseria y humanidad que lo hacen cada día un poco más real.

Un paseo a las orillas del Mekong

Y ahora, mientras camino esperando a que el atardecer se consuma, ya tintado de tonos ámbar y violeta, me sumerjo en el mundo de cifras que describen la situación del turismo sexual en Camboya. Tres de ellas bastan para hacernos una idea: El 22% de los turistas que acuden a Camboya lo hacen con fines sexuales. Más de 300.000 personas son prostituidas en la zona del Mekong, que incluye a Camboya. Y de esos cientos de miles de trabajadores sexuales, un tercio tiene entre 12 y 17 años de edad. Claro que soy incrédulo por naturaleza y no creo del todo estas cifras espeluznantes, considero imposible que haya tantas personas crueles que se beneficien de esta situación. Por eso quiero verlo con mis propios ojos aquí, en la capital camboyana, para crear mi opinión basada en las realidades que ven mis ojos, y no un artículo que escribió vaya usted a saber quién y con Dios sabe con qué fuentes de información. Por eso paseo ahora, con los ojos bien abiertos.

Exprimo la luz hasta su último minuto, hasta que solo quedan vivas las luces estridentes de los bares a las orillas del río, pero no consigo ver una sola prueba que aclare mis dudas. Decido que es hora de volver al hotel y cuando ya me quedan unos pocos metros para llegar a la entrada, pensando aliviado que el mundo no es tan terrible al fin y al cabo - pese a que otra parte de mí me recuerda los horrores diarios de África -, una voz dulce se interpone en mi camino. ¡Hey, beautiful!, exclama. Freno y miro alrededor. ¿Es a mí? La voz se aclara y repite su llamada. ¡Hey, beautiful, hey you!

Ya la había visto en el primer vistazo, es solo que no pensé que la voz sería suya. Pero su sonrisa insinuante es innegable, y al girar la cabeza me encuentro de frente con sus ojos divertidos. ¿Are you talking to me?, pregunto, señalándome el pecho. Sí, me está hablando a mí, pero ahora que ha conseguido captar mi atención no necesita decir una palabra más. Sabe hacer bien su trabajo. Sin levantarse del banco en que está sentada, la muchacha que me grita se aparta la camiseta con soltura y me enseña su pecho desnudo para que pueda echarle una buena ojeada. La curiosidad me vence y abro bien los ojos para buscarlo. Es solo que no tiene pecho, no un pecho de mujer, al menos, de mujer crecida y dueña de su cuerpo. Esta chica sentada en el banco, todavía sonriendo, con la mano sucia enseñándome el pecho que todavía no le ha crecido, es una niña alta y flaca que no llegará a los quince años. El corazón se me detiene un segundo antes de redoblar su furioso latido. No sé muy bien cómo debería reaccionar ante esta situación. Murmuro que no, gracias, aparto la mirada y termino el trayecto hasta llegar a mi hotel.

Los hombres malos visten camisas de flores

Me ducho y vuelvo a la calle para buscar una terraza donde sirvan una cena sabrosa. No puedo apartar de mi cabeza a la niña de banco, y pienso que quizás sea buena idea volver a ella y darle unos billetes para ahorrarle trabajar esta noche. Vuelvo al banco y la busco por los alrededores. Ya no está, he llegado tarde. Algún depredador habrá sucumbido a sus torpes encantos.

Sintiéndome tan mal conmigo mismo como hacía años que no ocurría, por ser tan lento en mi proceder, tan cobarde a la hora de huir de aquella niña, busco un restaurante para cenar mientras cambian en torno a mí los detalles de la calle. Y es que con la llegada de la noche, la ciudad ha transmutado en una nueva. Los puestos de frutas han cerrado, los niños y sus padres lograron pescar algo y ya están en sus casas, sentados a la mesa, y todos los atisbos de tranquila humanidad que se reflejaban en el río desaparecen para dejar espacio a una nueva especie. Hombres europeos de pelo blanco y vistiendo camisas de flores se sientan solos o por parejas en las terrazas que dan a la calle del río, beben cerveza y escrutan atentamente a las transeúntes.

Puedo reconocer su mirada fácilmente. Están cazando. Buscan presas en esta tierra fértil para llevárselas a la boca sin miedo de las consecuencias. Algunos ya han conseguido su presa, junto a ellos se sientan pequeñas mujeres - los niños no tienen el dudoso privilegio de sentarse a beber algo antes de la masacre moral, con ellos uno va directo a la habitación - y ellos son muy ruidosos en sus carcajadas si los amigos les acompañan. Todos visten camisas de flores, como si en la calle estuviese ocurriendo una enorme y estruendosa fiesta mientras los altavoces de cada terraza rugen su música, entremezclándose los unos con los otros.

No hace falta ser un lince para sumar dos y dos y darse cuenta de que son cuatro. En Camboya no hay suficientes negocios para atraer a semejante masa de cincuentones occidentales. Pero hay tantos hombres occidentales. Y no visten de negro como los malos de las películas para ser reconocidos fácilmente, nada de eso. Ríen sentados en mesas cerca de familias inglesas o españolas que han acudido al país en busca de un turismo más sensato, brindan sus cervezas, muestran a todo el que quiera oírles su felicidad. Saben que aquí están a salvo porque les protege un gobierno obsesionado por aumentar el turismo. Mire por donde mire saltan sus camisas de flores. Mire donde mire, desde hoy hasta que salga del Sudeste Asiático los veré en casi cada parada, y aunque sus cabellos blancos se confundan con algunos más oscuros en Tailandia, siempre andan buscando mujeres de diez, veinte, treinta años menos que ellos.

Este es el turismo sexual en Camboya, tan evidente y desgarrado. Y nadie, ni usted, ni yo, ni su gobierno, ni ningún otro organismo internacional que tenga el poder para crear un cambio, moverá un dedo para quitarles la camisa a estos desalmados. Y es por eso que ellos brindan y sonríen tanto.