Conoce a Santa Elena, la emperatriz que eligió los lugares santos en Jerusalén

Desgranamos la historia de la emperatriz romana que designó el emplazamiento del Santo Sepulcro y descubrió los restos de la Vera Cruz.

Sacerdotes cristianos ortodoxos rezan en el interior de la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén
Sacerdotes cristianos ortodoxos rezan en el interior de la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén

Nace una nueva religión

Constantinopla, siglo IV. El emperador Constantino I abraza definitivamente la religión cristiana y desecha a los viejos dioses, Júpiter, Venus, Heracles, y una nueva etapa religiosa comienza en occidente. Tras el Concilio de Nicea en el 325, los obispos cristianos estipulan la veracidad de los cuatro evangelios que hoy conocemos, reniegan de los conocidos como “evangelios apócrifos” y marcan los primeros dogmas romanos acerca de la religión de Cristo. Se está creando una nueva religión, lentamente. El cristianismo ya no se trata de un culto propio de las clases bajas cuando la suntuosa familia imperial romana también lo sirve, y esto obliga a ciertos cambios en su doctrina.

Constantino, que pese a su fe teme hacer el ridículo abrazando una falsa religión, exige a los obispos que aporten toda la veracidad posible a las historias sobre Jesucristo, y le aporten ese toque protocolario que hasta entonces no había tenido. Podría decirse que el Concilio de Nicea fue la creación de la Iglesia tal y como hoy la conocemos. Así se eligen los evangelios, se escribe la oración del Credo y se estipulan veinte cánones, veinte leyes inquebrantables dentro del seno cristiano. El anticuado símbolo del pez que los cristianos habían utilizado hasta entonces es dejado a un lado para abrazar una nueva simbología, la de la cruz donde Cristo fue crucificado.

Santa Elena busca las pruebas de Cristo

¿Cuál era la última etapa necesaria para cumplir esta transformación? Constantino lo tenía claro: hacían falta pruebas físicas de la existencia de Cristo para aguantar la frágil fe de los hombres. Pruebas que sólo podían encontrarse en la ciudad sagrada de Jerusalén. Fue entonces cuando Constantino decidió mandar a su piadosa madre, Elena de Constantinopla o Santa Elena, una señora que ya rondaba los ochenta años, a Jerusalén para encontrar la cruz de Cristo. La prueba física e irrefutable de la religión verdadera.

Vista aérea de la Vieja Cuidad de Jerusalén

Santa Elena era una mujer extremadamente piadosa. Fue la primera emperatriz romana en convertirse al cristianismo, azuzando a su vez la conversión de su hijo, y era conocida entre vagabundos y mendigos por sus actos de caridad. Estudiosa de la doctrina cristiana y de voluntad inquebrantable, parecía la persona más indicada para realizar esta complicada búsqueda.

Tras su llegada a Jerusalén, interrogó exhaustivamente a los sabios judíos para conocer la localización exacta del Gólgota, el monte Calvario donde según dicen los Evangelios, Jesucristo fue crucificado. Las escrituras simplemente indican el nombre del monte, nunca su localización exacta, y los nombres son escurridizos en la amplitud del tiempo, nacen, mueren, les devoran otros nuevos, y trescientos años después de la muerte de Cristo no existía monte alguno que se levantase bajo semejante nombre. Una vez le señalaron el lugar exacto, comenzó la búsqueda de la cruz, constituyendo uno de los primeros trabajos arqueológicos de la historia. Buscó, día y noche, con todo el fervor que a la santa mujer correspondía. Todos los esfuerzos fueron inútiles. Meses después, Santa Elena decidió cejar en su empeño por encontrar la cruz y ordenó derribar el templo dedicado a Venus que Adriano había construido dos siglos antes, en la cumbre misma del monte. Su intención era construir una iglesia que marcase el lugar del Santo Sepulcro.

El descubrimiento de la Vera Cruz

Vista exterior del Santo Sepulcro en Jerusalén. FOTO: Martini Pur pixabay

¿Pero Jesucristo murió o fue sepultado en el Calvario? Según indican los Evangelios, tanto la crucifixión como la sepultura de Cristo fueron efectuadas en el monte Calvario o sus cercanías, y al no encontrar la emperatriz ningún rastro de la cruz, preocupada por que su viaje hubiese sido en vano, decidió erigir la iglesia que hoy conocemos como el Santo Sepulcro antes de regresar a Constantinopla. Fue entonces cuando la suerte comenzó a sonreírle. A los pocos días se le informó de que tres cruces habían sido descubiertas en el lugar donde se había levantado el templo de Venus y rápidamente se dispusieron a probar su veracidad. Claro que por aquél entonces no existía la prueba del carbono-14, así que tuvieron que recurrir a los métodos de la época: acercaron a un enfermo a la primera cruz, y al empeorar su salud, la indicaron como la del mal ladrón; al acercarlo a la segunda, el enfermo mejoró levemente hasta estar como al principio, y pensaron que sería la cruz del buen ladrón; pero al tocar el enfermo la tercera cruz, sanó milagrosamente, y Santa Elena dictaminó que solo aquella era la verdadera cruz de Cristo.

Los descubrimientos se sucedieron a vertiginosa velocidad. Se dice que además de la Vera Cruz, Santa Elena encontró los clavos de Cristo (los cuales entregaría a su hijo para que le protegiesen en cada batalla), la tablilla de la cruz donde venía escrito el lema: Jesús el Nazareno, Rey de los Judíos (INRI), un pedazo de la Santa Túnica que vistió durante su crucifixión, la Escalera Santa por la que se dice que ascendió para ser juzgado y un fragmento de la cuna de Jesús. Y el Santo Sepulcro, por descontado.

Su regreso triunfal a Constantinopla supuso una gran alegría para su hijo Constantino. No solo había rescatado un pedazo de la Vera Cruz, conformando este símbolo físico tan importante para sustentar la nueva religión, sino que sus descubrimientos habían ido más allá, hasta el punto de aportar todas estas pruebas extraordinarias y aparentemente irrefutables.

No basta conocer el qué cuando visitamos un lugar, es imprescindible conocer también el por qué en su mayor medida. Y a la pregunta, ¿por qué se visita aquella colina y se venera esta escalera, y no cualquier otra?, la respuesta se esconde en la devota Santa Elena de Constantinopla. Ella señaló los Santos Lugares de Jerusalén siguiendo lo escrito por los Evangelios y la tradición oral de los sabios hebreos. Pero en la actualidad, muchos siglos después de esas pruebas que quiso aportar Constantino, depende de la fe, y nada más, creer que estos lugares fueran los correctos.