Viajar a las zonas rojas: una visita al Haití más profundo

Aviso a navegantes: no es un viaje de amor y lujo

Pocos valientes (o dementes) no temen a la muerte. Yo tengo incluso días en los que descubro que la muerte me da una pereza horrible, quiero decir, es demasiado aparatoso, y dicen los médicos que en ocasiones resulta de lo más complicado. Vivir parece más sencillo. Mucho más divertido y colorido. Pero por alguna razón extraña, nosotros los torpes humanos gustamos de zigzaguear y esquivar por los pelos a la muerte, día tras día. Por poner un ejemplo, yo soy un fumador empedernido y estos últimos meses he cogido varios kilos. Me gusta viajar a países que el Ministerio de Asuntos Exteriores define como peligrosos y a los que recomienda no viajar, me zambullo en estos sitios.

En la boca del cañón

Tengo que decirte que el momento más intenso de mi vida ocurrió en Puerto Príncipe, cuando un militar desarrapado me encañonó con su AK-47 en las mejillas. El hierro estaba tibio por el sol del mediodía y los ojos del militar parecían saltarse de las órbitas, estaba dispuesto a disparar si le daba la excusa, y yo que tengo bastante carácter se la estaba dando. El contexto era una discusión de tráfico. Él quería que Miguel, mi compañero cubano, avanzase unos metros para desatascar la carretera, congestionada por el barro y los camiones y los viandantes y los coches abandonados; Miguel intentaba explicar que había demasiados transeúntes en plena calzada. Luego el militar comenzó a gritar y yo también grité. No es la mejor manera de solucionar un conflicto pero llevábamos un día espantoso. Todos perdemos los estribos alguna vez, aunque sea una vez en la vida.

Aunque sea la última. Imagínate. Morirte por una discusión de tráfico en Haití. Y lo mejor de todo es que teníamos un todoterreno de la ONU brasileña a nuestro lado, con los militares mirando plácidamente por la ventanilla sin intervenir. Al fin y al cabo, ellos estaban allí para mantener la estabilidad del gobierno haitiano (hablamos del 2015), no para salvar el pellejo a un español malhumorado que parece haber olvidado donde está.

Personas intentan cruzar una calle inundada tras el paso del huracán Matthew en Leogane (Haití)
Personas intentan cruzar una calle inundada tras el paso del huracán Matthew en Leogane (Haití)

Si estoy escribiendo esto será porque salí de aquella, es evidente, y te confieso que el corazón me latía con una velocidad embriagadora mientras Miguel daba volantazos entre los peatones para escapar de la ira del militar. La adrenalina invade el cuerpo en ocasiones de este estilo, como lo haría al lanzarnos en paracaídas, solo que en este caso el suelo agrandándose bajo nuestro pecho es un agujero oscuro con una bala al fondo. Las manos me temblaban descontroladas pero de mi pecho saltaban aullidos de alegría.

Nunca estuve tan vivo como ese día.

Esta es la razón que nos lleva a lanzarnos en paracaídas y visitar países que el MAEC califica de peligrosos. Es una curiosidad, solo implícita en el ser humano, que nos llama a descubrir los límites de la vida. Observamos con los pies tambaleando el borde del acantilado sin final y sopla una brisa fresca rodeando nuestros pensamientos, y frente al acantilado volvemos la vista. La vida se desarrolla entonces como una inmensa pradera del verde más ensordecedor. Y se multiplica su inigualable belleza.

El jardín de Jean

Más cosas. Paseando por un pueblo al sur haitiano cuyo nombre no diré, conocí a un anciano con los dientes amarillos de tanto mascar y escupir tabaco. Se llamaba Jean. Quiso invitarme a una cerveza a las orillas de la playa y, con un gesto cargado de nostalgia, señaló el mar azul rozando las capas bajas del horizonte.

“Nosotros los haitianos venimos de África”, me aclaró, “y si siguieses navegando recto en aquella dirección la alcanzarías”. Su dedo apuntaba hacia Colombia.

“Está a nada más que 14 kilómetros”, terminó, “y quizás vaya de visita algún día”.

Una pelea de toros organizada en una plantación de bananas en Leogane, Haiti.
Una pelea de toros organizada en una plantación de bananas en Leogane, Haiti.

Ese día casi rompí los sueños de Jean, al indicarle que África no estaba en esa dirección. Y mucho menos tan cerca. Pero Jean era un tipo inteligente, avezado en las artes de la vida, y él sabía bien que no importaba lo que le dijese un chico europeo sobre la tierra de sus ancestros, siempre que él se mantuviese firme en sus ideas. No quiso creerme y me invitó a su casa para tomar otra cerveza.

La casa de Jean se encontraba en lo alto de un monte, rodeada de selva verduzca y con las ramas agachadas por el calor. Tras el patio trasero se extendía una plantación de marihuana que rondaba las diez hectáreas. Quiso ofrecerme un poco de sus hierbas aromáticas pero me negué a aceptarlas: ya sabemos como suelen acabar estos tratos, y dar con los huesos en una cárcel haitiana nunca fue mi ideal de turismo. Pero oye, es una experiencia. Otra más para el saco de vivencias en la zona roja.

La fórmula de la felicidad

Los edificios de Puerto Príncipe todavía cargaban las cicatrices del terremoto ocurrido en el 2010. Sus columnas agrietadas parecían haberse abierto las venas para escapar del dolor. Un compañero de curro (por entonces yo andaba trabajando para una constructora en este país) que manejaba la excavadora me explicó una tarde lo que era el “efecto crep”, como lo llamaban todos los operarios de excavadoras de Puerto Príncipe que debieron ayudar a sacar escombros tras el terremoto: durante el temblor inicial, los pisos superiores se derrumbaban sin que sus habitantes tuviesen tiempo de escapar. Uno a uno se derrumbaban hasta llegar al suelo. Eso es el “efecto crep”.

Me impactaron tanto, esta frialdad para explicar el horror y este horror tan puro y poco habitual en España. Que tenemos nuestros horrores, de eso no cabe duda, pero al menos nos libramos del “efecto crep”.

Varias personas caminan cerca de las ruinas de los locales comerciales de la avenida Desallines, destruidos durante el terremoto del 12 de enero de 2010, en Puerto Príncipe (Haití)
Varias personas caminan cerca de las ruinas de los locales comerciales de la avenida Desallines, destruidos durante el terremoto del 12 de enero de 2010, en Puerto Príncipe (Haití)

Pudo contarme más cosas sobre el terremoto pero no hace falta que te las describa. Sospecho que ya te has hecho una idea. Pero ahora quiero decirte por qué Haití me apasiona realmente, por qué se abrió paso a guantazos por mi corazón hasta acomodarse, mitad enfurruñado y la otra mitad aliviado, en sus capas más profundas.

Se trata de la felicidad de los haitianos. Cada noche en el bar de Doris (una simpática mujer cuyo marido había emigrado a Estados Unidos y del que nunca volvió a saber nada) una turbamulta de felicidad se congregaba para reír y bailar. ¿Cómo es posible?, me preguntaba. De encontrarme yo en una situación igual de dura que la de ellos, es probable que estaría lamentándome por las esquinas, o incluso organizando un Golpe de Estado contra el gobierno del país. Cualquier cosa menos reír y bailar, cualquier cosa. Pero entonces yo no sabía que existían personas más fuertes de lo que yo nunca seré.

En estos lugares en los que el horror ha imperado, la dulce esperanza que caracteriza a todo ser humano reluce con un brillo casi cegador, y la alegría es (créeme lo que te digo) mayor que en cualquier lugar donde reine la tranquilidad. Aquí nadie espera a los buenos momentos para bailar presa de la alegría, porque saben que esos momentos nunca llegarán, y son fuertes, fuertes bailan y fuertes vivirán, porque no importa el bien y el mal si ellos están por encima de estos conceptos para conseguir su felicidad.    

Creo que puedo decirte, ahora sí, la verdadera razón de por qué viajo a países que otros consideran imposibles de visitar. Creo que me he vuelto un adicto a la felicidad. A la felicidad más pura. A la felicidad natural. Donde no importan los deseos para sonreír menos o más. Y poder explicártelo para limpiar ciertas imágenes que puedas tener sobre ellos, y ayudar en lo que esté en mi mano para aumentar unas décimas su felicidad, es excusa suficiente para engancharme a ella.

Es cierto que un hombre (Dios sabrá qué horrores habrá aguantado en su vida, quién seré yo para juzgarlo) me apuntó con su arma, y Jean no tenía un negocio precisamente legal. Pero excluyendo a estos dos, apenas dos de centenares de haitianos amables y sonrientes que conocí durante mi estancia allí, puedo decirte con total seguridad que el haitiano no es una persona violenta ni malvada. Al contrario. Son aquellos que tienen más facilidad para la felicidad y, en consecuencia, para amar.