¿Por qué la Antártida es el único continente que nunca ha sido colonizado?

Pese a haber sido objetivo de múltiples ambiciones internacionales, el continente más frío del planeta nunca ha sido ni será colonizado

A lo largo de la Historia, desde las colonizaciones griegas en Ispanya hasta los últimos años de colonialismo europeo en el continente africano, la colonización ha sido el método más efectivo en términos económicos para realizar una conquista. Todos los continentes han sido víctimas de la ocupación colonial en un momento u otro. ¿Todos? ¡No! Un helado continente poblado por irreductibles pingüinos resiste, todavía y como siempre, al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de científicos internacionales en los reducidos campamentos de 29 potencias...

Basta de juegos. La historia que rodea al continente helado es mucho más cruenta y desesperada que la de los romanos en la Galia. El lector considerará normal que un continente yermo como es la Antártida, sometido durante el invierno a temperaturas que alcanzan los 70 grados bajo cero, nunca debió ser de interés para las grandes potencias mundiales. Pero la realidad es bien distinta.

La hora de los descubrimientos

Galopemos al año 1598, cuando las embarcaciones todavía estaban compuestas por crujientes tablones de madera y el escorbuto era un mal común entre las tripulaciones. No existían los métodos de navegación con que disponemos ahora, ni siquiera había logrado cartografiarse la totalidad de nuestro mundo. Esta es una época de sorpresas terrenales, misterios más allá del horizonte y, sobre todo, un afán caracterizado por el honor que conllevaba cualquier nuevo descubrimiento para los libros geográficos de Europa.

Tras el cruce exitoso de la expedición de Magallanes por el estrecho que lleva su mismo nombre, al sur de Argentina, el mundo concedió que aquí se encontraba el final del continente americano, y nadie imaginaba que existiría un quinto continente desconocido. Cada país buscaba el método más rápido y económico para encontrar una ruta que llevase de Europa a las especias de Asia, siempre procurando evitar aguas gobernadas por potencias rivales. La primera expedición en busca de esta ruta, en este caso para los holandeses, que vislumbró los primeros detalles de la Antártida, fue una comandada por el navegante neerlandés Jacob Mahu. Según relatan las crónicas del viaje, divisaron al sur “tierras montañosas cubiertas de nieve”. Él todavía lo desconocía, pero se había topado con el territorio que los antiguos llamaban Terra Australis Ignota.

Imagine el lector el entusiasmo con que fue recibida esta noticia, que más allá del sur existían nuevas tierras por explorar. En caso de imaginar algún tipo de emoción, se equivocaría. No importó a nadie. El mundo andaba demasiado ocupado en sus guerras y sus colonizaciones en América y sus búsquedas de rutas nuevas. Por eso no sería hasta casi un siglo después, en 1773, cuando el conocido navegante inglés James Cook rodeó el Círculo Polar Ártico y demostró que este enorme espacio de hielo (todavía se desconocía que existía tierra bajo el mismo) estaba aislado de cualquier otro continente. Hasta entonces, navegantes de la categoría de Gabriel de Castilla habían divisado tierras antárticas en diferentes expediciones, pero nunca se les había otorgado la importancia suficiente como para explorarlas.

Nuevo continente, nuevas riquezas

Existen diversas teorías sobre quién fue el primer hombre en poner el pie en la Antártida. Algunos historiadores afirman que fueron cazadores de focas y balleneros durante la primera mitad del siglo XIX. Otros, más románticos, señalan al estadounidense John Davis como percusor de tamaña hazaña, o al británico Andrew McFarlane, en 1822 y 1820 respectivamente.

En cualquier caso, una vez puesto el pie en el continente fue posible recoger muestras del mismo, minerales y algas, rocas y algún animal, demostrando así que lo que pisaban no era un enorme pedazo del hielo como ocurre en el Polo Norte, sino un continente propiamente dicho, con tierra a raudales bajo ese mismo hielo. Aquí sí que comenzó la excitación que hasta entonces no encontrábamos. ¡Un continente nuevo! ¡Tan cerca, a pocos kilómetros de Argentina! Esto abría la puerta a numerosas oportunidades, a saber: la colonización del territorio sin importar que fuera desértico para demostrar nuestro poder a terceras potencias, exprimir toda la riqueza que posea, construir nuevos héroes nacionales que lleven a cabo estas audacias, arrasar en términos propagandísticos...

Diferentes expediciones, ya fueran de índole nacional o privado, se lanzaron de cabeza al continente recién descubierto. Solo fue un fiasco conocer que los cazadores de focas habían dedicado las últimas décadas a desvalijar las zonas costeras, en una silenciosa campaña de exterminio que nunca dijeron para evitar dar a conocer sus intereses a empresas contrarias. En la isla Livingstone, cerca del área continental, se han encontrado asentamientos arqueológicos de estos mismos cazadores, anteriores a cualquier expedición seria a la Antártida; más de 500 expediciones con fines cazadores se contabilizaron a lo largo del siglo XIX, hasta que llegado 1830 las poblaciones de focas y leones marinos estaban casi extintas, e hizo falta buscar nuevos territorios de caza.

Disputas territoriales y carreras por la gloria

Se abrió la veda. Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, todas las grandes potencias de finales del siglo XIX querían hacerse con una porción de esta tierra vacía. Por gloria y por honor, por llenar periódicos. Todavía se desconocían, aunque sí se comenzaban a imaginar, los amplios conocimientos científicos que traería la Antártida.

Pero ya conocemos el método con que tomar un territorio para cualquier patria. Es imprescindible plantar la bandera correspondiente en el mismo, pronunciar las palabras apropiadas, “Yo, Fulano Detal, planto esta bandera y declaro los territorios de Estolandia bajo la corona de...” y regresar victorioso al hogar. Las sociedades geográficas impulsaron un buen número de estas expediciones dirigidas a alcanzar el Polo Sur, también no pocos entes privados en busca de fortuna. El clímax de esta ambiciosa situación llegó cuando el Congreso Internacional de Geografía, celebrado en 1895, determinó como máxima prioridad la exploración de la Antártida.

Allá que fueron los exploradores, imprimiendo con letras de hielo sus nombres para la Historia. Otto Nordenskjöld exploró la costa oriental de la península Antártica, Jean-Baptiste Charcot realizó importantes descubrimientos geológicos y zoológicos, William Bruce llevó a cabo una buena porción de interesantes exploraciones. Pero dos nombres sobresalen entre estos hombres cargados de valor. Son el noruego Roald Amundsen, primer ser humano en llegar al Polo Sur geográfico y regresar con vida, en 1911, y el célebre explorador británico Robert Falcon Scott. Este último alcanzó el Polo Sur 34 días más tarde que el noruego, tras una encarnizada carrera que terminó por costarles la vida a él y a todo su equipo.

El reparto que no fue reparto

Cuatrocientos años de descubrimientos y exploraciones, vidas arriesgadas, hazañas, culminaron en el reconocimiento geográfico completo del continente. Estados Unidos, que hasta entonces se había mantenido apartado de la fiebre antártica, realizó importantes expediciones aéreas para fotografiar el continente, y en el año 1946 lanzó la Operación Highjump, donde 5.000 hombres, entre científicos y militares, desembarcaron en su tierra helada para asentar un precedente que les permitiese participar en las reclamaciones territoriales.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el campo de juego en la Antártida se desenvolvía tal que así. Chile y Argentina presentaron reclamaciones territoriales por ser los estados más próximos al continente helado. Siguiendo el mismo razonamiento, Australia y Nueva Zelanda copiaron su idea. Inglaterra y Noruega, ambas pioneras de su exploración, presentaron a su vez sendas reclamaciones. Francia también. El problema en este fufú de reclamaciones pasaba por que el continente tiene un límite físico (evidentemente), y los territorios reclamados por Chile, Inglaterra y Argentina se superponían los unos a los otros. Por otro lado, el mundo se encontraba sumido en una tensa Guerra Fría y la Unión Soviética observaba cada movimiento con ojillos de lobo y cierto temor por quedarse fuera del reparto.

Siguiendo la trayectoria de la raza humana a lo largo de la Historia, uno pensaría que a esta situación le siguieron conflictos militares, explosiones, desembarcos secretos. Pero por una vez, breve aunque hermosa, la raza humana dejó a un lado su ambición y buscó el bien común al conocer el potencial científico que poseía la Antártida. Durante la celebración del Año Geofísico Internacional en 1957, Estados Unidos fomentó el Tratado Antártico, mediante el cual cada país firmante se comprometía a utilizar el continente de forma pacífica, basándose en la cooperación científica internacional pero sin necesidad de renegar de sus reclamaciones. Aunque los territorios reclamados nunca serían concedidos, tampoco se exigía retirar las reclamaciones, consiguiendo así un clima de estabilidad ideal.

Un total de 54 países han firmado ya este tratado (España lo hizo en 1998), configurando un sistema legal único en el continente y conocido como el Sistema del Tratado Antártico. Quedan prohibidas maniobras militares de ningún tipo ni pruebas nucleares, y los países implicados tienen completa libertad para examinar los equipos de otras naciones y determinar que así sea. La cooperación internacional es absoluta, ningún país ostenta más poder que otros de menor calado, hasta el punto de que el primer satélite lanzado al espacio, el soviético Sputnik, fue en realidad un proyecto de colaboración entre todas las potencias implicadas en el tratado. La explotación minera del continente está vetada si no se hace con fines científicos.

Suma y siguen las buenas noticias del Tratado Antártico, ese momento de lucidez entre naciones que llevó a convertir la Antártida en el único continente libre de colonizaciones y ambiciones. Se merece un hurra por nosotros.